Pandemia

La salida de la crisis del coronavirus no será un día en especial

Si la realidad es esta distopía que vivimos, su mera existencia demuestra la posibilidad de las utopías y la necesidad de pensarlas como mandato.

Sábado 23 de Mayo de 2020

Con enorme pudor escribo estas líneas sobre el día después de la pandemia. Asumo que la salida de este estado de cosas no será un día en especial, sino que así como nos sumergimos en el aislamiento, abruptamente pero cambiando paulatinamente nuestras costumbres y aprendiendo a posponer nuestros deseos, de la misma manera llegaremos al abrazo postergado. Si somos tan afortunados como para poder subirnos a algún medio de transporte, inclusive podremos llegar a algún lugar que asociemos a la libertad. Para mí, esto significa caminar por una playa en invierno. Curioso que mi imaginación, para salir del aislamiento, me lleve a una escena de soledad.

Pero como se trata de proponer miradas que vayan más allá del deseo egoísta, vuelvo a autores que emergieron de situaciones igualmente críticas, en otras épocas. Regresaron no para descubrirse más pesimistas pero sí atentos a que la realidad histórica es un proceso, y que por eso no podían bajar la guardia. Debían despertar, salir del letargo, para aprovechar las oportunidades. En uno de los últimos capítulos de Homenaje a Cataluña, George Orwell, que a duras penas había logrado salir de España tras combatir allí como miliciano, anota el contraste entre la realidad que dejaba atrás y la vida en las islas británicas, ajenas por completo al conflicto sangriento entre republicanos y nacionalistas. Allí, no solo que la destrucción no parecía haber llegado, sino más aún: en la bucólica descripción de la campiña inglesa, rumbo a la capital financiera del mundo, Orwell leía una completa ajenidad a los dramas del planeta, de los que premonitoriamente escribió que sus compatriotas asomarían en forma dramática: “Ahí estaba todavía la Inglaterra que había conocido en la infancia, con las flores silvestres ahogando los pasos del ferrocarril, los hondos prados donde pastan y meditan los lustrosos caballos, los lentos arroyos bordeados de sauces, las verdes copas de los olmos (…) y luego el páramo inmenso y pacífico del extrarradio londinense, las barcazas en el río mugriento, las calles conocidas, los carteles que anuncian los partidos de criquet y bodas reales, los hombres con sombrero hongo, las palomas de Trafalgar Square, los autobuses rojos, los policías de azul, todo, todo sumido en el profundo sueño de Inglaterra, del que a veces creo que no despertaremos hasta que nos sobresalten las explosiones de las bombas”.

¿Por qué será que, cuando pienso en el futuro, evoco esta escena, el momento en el que la leí, la perplejidad que me generó? Creo que aunque está situado en un momento que el mundo vivió como un punto de inflexión, la década de 1930, una época dilemática cultural y políticamente, la coda de la cita de Orwell es un llamado de atención: “Lo que no enfrentaron en las trincheras de Madrid”, parece decir, “caerá sobre ustedes con el Blitz”. “Cuando la humanidad se inmunice a este virus, ¿por qué el capitalismo detendría su lógica expansiva y autodestructiva?”, parece preguntarnos. “Despierten”, advierte, “esta pandemia también ha profundizado la fragilidad de los débiles frente a los poderosos”. Despertar, de eso se trata. ¿Hasta qué punto, como las computadoras mediante las que nos conectamos al mundo, estamos hibernando? ¿Alguno de nosotros, en estos días, anotó en alguna lista provisoria la cantidad de veces que la sociedad dijo “nunca más”… y siguió adelante? ¿Cuál es el grado de conciencia que tenemos no solo de lo que estamos viviendo, sino de la necesidad de pensar qué haremos después?

No hace un año que un gurú del sistema hegemónico, Steven Pinker, decía que “el mundo está mejor que nunca y pocos lo saben”, gracias al desarrollo de la razón, la ciencia y el humanismo. Es una idea con la que se puede acordar mientras no se trate de valores abstractos, sino encarnados en futuros imaginados y en formas de acción orientadas a realizarlos. El desarrollo de la razón, la ciencia y el humanismo coexisten con el capitalismo; sirven, eventualmente, para fundamentarlo. Y si hay algo que emergerá de la pandemia es un mundo más desigual, más injusto, con una brecha más descarnadamente abismal entre los países industrializados y “el resto”. Si pensamos en la “razón” y la “ciencia”, por ejemplo, según la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), América latina, por ejemplo, concentra solo el 2% de los científicos que hacen investigación y el 1% de los recursos que se destinan a ella. Son bienes de los que un sector se apropia en desmedro de inmensas mayorías. ¿Qué sucede con el acceso a la tecnología, con internet? Más allá de que cumplamos con la ineludible necesidad de mantener el vínculo pedagógico con nuestras chicas y chicos, las condiciones materiales en que transcurra su escolaridad en pandemia los afectarán de un modo más agudo que antes. Sabemos de las enormes dificultades y diferencias que estas semanas de clases virtuales han puesto en evidencia.

La pandemia no es ni el fracaso ni la victoria del capitalismo. No obstante, en el corto plazo seguirá imperando la lógica del capital. ¿Cómo hacer para que esa situación no sea irreversible? ¿Cómo hacer para que así como en los años noventa se hablaba del fin de la historia, hoy no nos resignemos a que para “evitar el contagio” deberemos vivir de tal o cual manera? Ahora bien, ¿queremos que “cuando todo esto termine” las cosas vuelvan a ser como lo eran antes, por ejemplo, del aislamiento preventivo? ¿Queremos normalizar la vigilancia, aceptar la segmentación social implícita en establecer zonas más riesgosas para el contagio que otras? ¿O reforzaremos aquellos mecanismos que no nos hagan vulnerables, no solo a una eventual pandemia, sino al poder económico?

América latina tiene solo un 2% de los científicos que hacen investigación y un 1% de los recursos que se destinan a ella.

La pandemia, ideológicamente hablando, ha reinstalado a la fuerza nociones de solidaridad y colectividad que requieren de un proyecto político que las materialice. No reivindico el irracionalismo, todo lo contrario. Más que nunca debemos hacer el esfuerzo de despertar y pensar instrumentalmente: la razón y la capacidad crítica son las primeras herramientas para intervenir en la realidad. Ni siquiera sabemos bien qué significa “cuando termine todo esto”, como no sea una acumulación de posposiciones debidas al cumplimiento más elemental de la cuarentena que buscaremos reparar. Eso es una trampa: está claro que sin discusión la salida de la pandemia implica que seguiremos viviendo bajo las mismas reglas sociales que construyeron una creciente marginación, desigualdad y expolio a escala planetaria, con daños ecológicamente irreversibles, que si algo hicieron fue agravar las consecuencias de la expansión del virus. Peor aún: ha creado situaciones sociales de gran debilidad para afrontar estas amenazas. Fragilidades en la estructura de empleo, de generación de ingresos, de inestabilidad de los sistemas económicos y limitaciones para la cooperación entre países.

Entonces, tenemos que preguntarnos, más bien, qué tipo de “después”, y con quiénes, queremos construir. Despertar antes que todo esto termine, para que no nos suceda como a los londinenses que imaginó George Orwell, de regreso de luchar contra el fascismo. Despertar aunque no nos guste lo que vemos, para que la recuperación de la “normalidad” no se parezca, luego de tantas ansias contenidas, a una gigantesca rave en alguna plaza hoy vacía por prevención. Recuperar las calles y la arena pública tendrá que ser mucho más que la posibilidad de volver a caminar al aire libre.

Levanto la vista en la playa imaginaria en la que me encontraba solo al comienzo de estas líneas. Alguien camina en mi dirección. Habrá que intercambiar novedades, recordar lo vivido, compartir ideas, organizarse. Evocaremos, para honrarlos, a quienes se fueron antes que nosotros. Y recuperaremos la capacidad de soñar. Porque si la realidad es esta distopía que vivimos, su mera existencia demuestra la posibilidad de las utopías, y la necesidad de pensarlas, no como un ejercicio autocomplaciente, sino como mandato.

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