La ciudad

Varones trans: "No podés elegir lo que sos, sólo podés elegir mostrarlo"

Santiago y Emiliano rondan los 40. Nacieron mujeres, recorrieron procesos de transición y hoy son hombres, legal y físicamente hablando.

Domingo 12 de Agosto de 2018

"Por primera vez en mi vida me siento alineado", dice Emiliano, con 40 años y tres legalmente como hombre. Santiago (39), su amigo, es otro varón trans que lleva poco más de un año de tratamiento hormonal y acaba de pasar por una mastectomía para adecuar aún más su imagen física a la legal, lo que significa sobre todo a la del género con que se percibe. Los dos, desde criaturas, se sintieron y actuaron como nenes, habiendo nacido nenas.

Y ahora que ya son grandes, que se casaron (uno de ellos incluso tuvo una hija), que muestran una cabal imagen masculina, también tienden la mano a pibes que, como les ocurrió alguna vez, precisan saber qué les pasa con su identidad de género, saber que alguien va a mirarlos como quieren ser vistos, a respetarlos, a quererlos igual. Y al final, con apenas una pizca de empatía, todo parece reducirse a lo que vive cualquier persona sobre esta tierra: "Que no podés «elegir» lo que sos, sólo podés elegir mostrarlo".

Cada vida es un mundo, ni duda cabe. Y charlar con otros da permiso para espiar esa intimidad, esa manera única de ser que define a cada uno.

Con esa venia, LaCapital dialogó con dos varones trans que rondan la cuarentena. Ya hechos, no sin dolor, quizás con alguna dificultad extra por haber nacido mujeres y crecido sintiéndose hombres.

La suerte de personas como ellos —o su reverso, la de las mujeres trans, nacidas varones en su caso— empezó a cambiar hace muy poco tiempo: en el 2010 la ley argentina sancionó el matrimonio igualitario y dos años después la de la identidad de género. Antes de eso, las historias de Emiliano y Santiago habrían sido muy diferentes.

Para ejemplo, alcanza lo que cuenta Emiliano. En tratamiento con hormonas desde hace tres años y medio y DNI de varón hace tres, a sus 20 empezó a intentar cambiar su imagen de mujer.

"Cuando quise hacerme una toracoplastia (o mastectomía, retiro mamario), el médico me dijo que debía llevar un certificado oncológico porque eso era una mutilación. Y en cuanto a la hormonización, a los 18 empecé a tomar 3 centímetros de testosterona animal que me daban en un gimnasio, una bestialidad superdañina", cuenta. Hoy, en los servicios que ofrece la salud pública, le prescriben un centímetro cúbico cada 15 días.

El tratamiento con hormonas bien hecho ayuda a reforzar la imagen de género autopercibido. En el caso de Emiliano y Santiago, cuentan, uno de los efectos más rápidos fue la virilización de la voz; luego la aparición de vello, manos más venosas y masculinas, cambios en la estructura facial y el desarrollo de musculatura.

La mastectomía fue hasta ahora la única cirugía de "reconstrucción" (o adecuación de género) que atravesaron los dos, algo que resultó clave para su sensibilidad erótica.

"Fue un cambio rotundo: hasta que me operé siempre había mantenido relaciones con una remera puesta" y arriba de una faja para achatar los pechos, "algo tristísimo", detalla Emiliano, que ahora está en pareja con una mujer trans. Antes estuvo casado legalmente con una "mujer cis" (cuyo sexo al nacer e identidad de género coinciden) de la que luego se separó.

Para entender todo esto hay que hacer cierta gimnasia y bancarse las paradojas. "Si te ponés a ver, somos una pareja más hetero que las hetero: yo soy varón legal y físicamente y mi pareja es mujer legal y físicamente", ironiza. Y tiene razón.

En cambio, Santiago vive con su esposa, una mujer cis con quien se casó siendo ella aún legalmente también mujer. "Todavía no habían votado la ley y ella ya hacía las invitaciones a la fiesta", grafica.

Pese a que siempre se sintió varón, "poder exteriorizarlo" le "costó bastante" y sus inicios amorosos fueron lésbicos. "Mi primer beso fue a los 11 con una vecinita de 9", recuerda. Ahí nomás tuvo que "salir del placard" porque la mamá de su novia infantil entró como una tromba a su casa pidiendo explicaciones.

"Se habló mucho, pero por poco tiempo. Mi papá me preguntó: «¿Esto es verdad? ¿esto es así? ¿Vos estás bien?». Cuando dije que sí, el tema no se tocó más", cuenta Santiago, consciente de que ese apoyo y la cero discriminación que sintió en su barrio y la escuela resultaron claves para su libertad, su afectividad y su salud mental.

¿Y entonces por qué, de mujer lesbiana, devino varón trans? La clave fue ser padre. "Cuando la nena (hoy de 5 años) empezó a llamarla mamá a mi esposa y papá a mí: eso fue lo que me llevó a transicionar". Hoy, en la escuela de su hija, nadie sabe que Santiago alguna vez fue mujer. "Ni tienen por qué".

Emiliano, a su vez, siempre tuvo una "construcción muy masculina" y "claridad" sobre que le "gustaban las mujeres". En la escuela pública donde estudió, "las otras chicas iban de guardapolvo y yo de camisa y corbata". Nunca le dijeron nada, ni compañeros, ni docentes.

La familia se enteró de su orientación sexual cuando tenía 17 años. "Yo saltaba el tapial y me iba con mi vecina, de 21, que estaba casada. Un día mi hermanito de 13 me fue a buscar y nos encontró. Volvió a los gritos: «mamá, mamá...». Con mi viejo, que siempre fue agresivo, nos agarramos a las trompadas. pero a las tres semanas ya se habían hecho a la idea y yo entré a un fábrica a trabajar y pude independizarme", recuerda Emiliano.

Para los dos, "transicionar" de mujer a varón trans, un proceso que quizás no acaba nunca, no fue un ajuste de cuentas tanto con ellos mismos como con la mirada ajena.

"A los días de haberme cambiado la voz, se me rompió algo del auto y el tipo que vino a ayudarme no paró de decirme «papá», «vago», «genio», «campeón»... estuvo tan bueno que le pagué 500 mangos recontento", dice Santiago.

Es que esa mirada ajena, se sabe, hace a la constitución de la identidad personal, la autoimagen, la autoestima. Porque no hay identidad sin otro. Como escribió Borges, al final, "todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros".


¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario