La Ciudad

Unidas, distintas, maternales: tres hermanas trans, orgullosamente familia

Flavia, Patricia y Florencia Emanuele aseguran que aún el varón trans es más aceptado que ellas sólo por tener fisonomía masculina

Miércoles 28 de Julio de 2021

- ¿Qué sienten al tener tres tías trans?

- Orgullo.

La respuesta, cortita e inmensa, se la da a La Capital Enzo Granado, de 15 años, uno de los 12 sobrinos de Flavia, Patricia y Florencia Emanuele: tres hermanas trans de 43, 40 y 35 años criadas en Villa Gobernador Gálvez. Tres mujeres que pelearo desde la niñez por su identidad, una nueva fisonomía y derechos. Y lo siguen haciendo. "Hemos luchado por hormonizarnos, por las prótesis mamarias con la ley en la mano, por el cupo laboral. Siempre la lucha es ardua y desigual, aún el varón trans es más aceptado que nosotras solo por tener fisonomía masculina, esta es una pelea visiblemente nueva y, sin dudas, otra inequidad", dice Patricia.

Unidas, distintas, maternales, divertidas, transgresoras, sobrias, de amores duraderos y ocasionales, de hablar calmo. Estas tres mujeres nacieron en una familia humilde y trabajadora. Ninguna quiso ser madre, ninguna deseó, todavía, reasignar su sexo. Son jóvenes pero se ríen entre ellas y se presentan como "ancianas trans" porque saben que son privilegiadas en el colectivo, si se tiene en cuenta que esta comunidad suele morir antes de los 40 años en América Latina, según un estudio internacional que se elaboró en 2006 para la Organización de Estados Americanos (OEA).

Hijas de un padre llamado Ramón, camionero y colectivero, imbuido en un ambiente laboral muy machista, y de una madre que limpiaba dentro y fuera de su casa, más dos hermanas (una fallecida hace pocos años) y un hermano. Una familia grande, en la que ninguno se hizo eco de la furia de esa buena sociedad que repele y se escandaliza ante las personas travesti. Desde el más adulto al más pequeño, aceptaron a esos tres niños que de chiquitos jugaban a vestirse de damas antiguas con sábanas y frazadas y de adolescentes no querían saber nada con el fútbol, aunque los obligaran en el colegio a salir a la cancha para hacerse hombres.

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Se autopercibieron como nenas y hoy como mujeres mantienen un vínculo estrecho con su familia, que así las aceptó y ama. Se reúnen cada domingo a comer todos juntos en el patio de la casa materna y paterna, entre gallinas, perros y jaulas llenas de zorzales y jaspeados storninis, alrededor de un mandarinero y un limonero. Entre todos hay peronistas, socialistas, unos de Newell's, otros de Central. Todos orgullosamente familia.

Las tres mujeres cuentan junto a su madre Olga, y desde su casa, algo de esa difícil crianza y el presente que lograron.

"Son buenas hijas, buenas hermanas, buenas personas. Desde chicas traté de asumir lo que sentían y traté de acompañarlas. Son mis hijas pero si no lo fueran las ayudaría desde mi lugar. He pasado cosas duras en esta vida, lo de las chicas no ha sido grave", dice la mujer de 70 años, quien perdió hace poco tiempo tras una grave enfermedad a su hija Vanina, madre de cinco hijos.

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Como Pepi, Luci y Bom

En pleno inicio de la movida madrileña, Pedro Almodóvar filmó una película que había guionado a mediados de los 70 . Se llamó "Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón". El director machengo hablaba de las tres protagonistas y todos los personajes del filme como "seres humanos fuertes y vulnerables que se abandonan a la pasión, que sufren el amor y se divierten". Y algo así como Pepi, Luci y Bom son las tres hermanas Emanuele.

Las dos mayores empiezan a contar su historia para este diario sin esperar a Flor porque, aclaran, "siempre llega tarde". Y este es solo uno de los rasgos que las diferencia entre sí y que a ella no le enoja admitir. Por el contrario, cuando llega a la entrevista dice desafiante: "Me gusta la impuntualidad", y luego le da dos besos a todos, en cada mejilla. "Uno para mí, otro para vos", susurra.

Flavia es alta, de pelo lacio, brillante y castaño oscuro. Al igual que sus hermanas tiene las uñas cuidadosamente pintadas. Tiene novio desde hace unos años y "cocina como nadie". Al menos eso aseguran tanto Patri y Flor como su hermana Cintia, presente también en la nota junto a sus hijos Franco, Enzo e Isabela. En realidad Cintia estuvo muy presente siempre en la vida de sus hermanas: "Si alguien se animaba a insultarnos o reírse de nosotras era la primera en correrlos y defendernos, donde fuera y con quien fuera", cuenta Patricia.

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Flavia trabaja en una mercería mientras termina el secundario en una Escuela de Enseñanza Media para Adultos (EEMPA). Pero hizo de todo: trabajó como periodista aficionada en Radio Corazón FM 95.5 de Rosario y como hizo un curso de peluquería, peina a varias de sus amigas. Fue la primera trans en colocarse implante mamario en el Hospital del Centenario en Rosario. "No me puse mucho, soy la que tiene menos lolas de las tres: mis mamas miden 235, mientras que ellas se pusieron 365 y 375", aclara respecto a las medidas en centímetros cúbicos (CC) de las prótesis mamarias y se levanta el pulóver para dan testimonio. Patricia la imita y Flor dice: "Yo me hubiera puesto más, mucho más. Cuando lográs algo después de tanta lucha querés todo y ya".

Las tres hablan del papel primordial de la cirugía plástica en el acompañamiento de las transiciones para reafirmar la identidad de género.

"Por ley podemos contar con ese derecho, sin pagar nada en el hospital. No ha sido fácil ni rápido para nosotras ni para muchas chicas de la comunidad, de hecho los varones trans gozan más rápidamente de la torocoplastía masculinizante (extirpación de las glándulas mamarias para varones transgénero). Es cierto que ellos no necesitan de implantes pero en ambos casos se trata de una cirugía e importante, el Estado debe invertir en implantes para todas nosotras", aclara Patricia. Flavia agrega: "Es que si desde Salud no se facilita eso, las mujeres trans se inyectan cosas nocivas que en muchos casos las han llevado a la muerte".

A Flavia, los pibes de la escuela, que jugaban con gomeras o a la pelota, no la invitaban y mucho menos a los cumpleaños. Por los insultos y maltratos prefería jugar al vóley en las horas de gimnasia con las chicas, que sí la incluían. Tal vez por eso nunca le gustó la actividad física a esta mujer que es la que más telefonea de las tres, cada día y sin falta, a sus padres.

"Me llama los 365 días del año y varias veces por día. Es amorosa, ojo las tres son divinas, pero ella es así, le gusta cuidar a todos", dice la mamá de las chicas por lo bajo, mientras ellas posan para las fotos.

Flavia de algún modo confirma lo que dice su mamá al contar que de pequeña, con solo 12 años ya cuidaba a sus abuelos. "Desde ponerles la chata a todo lo que fuera necesario necesario. Después conseguí un trabajito donde en bicicleta llevaba medicamentos o insumos del centro de salud al dispensario y más tarde tuve un plan trabajar", recuerda la mujer siempre ligada a las tareas de cuidado y hoy la más maternal de las tres.

Pato, jugadora de Rugby

Patricia tiene pelo rojo, es menuda, la más enamoradiza de las tres, y la única con trabajo formal ya que trabaja en la secretaría de Igualdad y Género de la provincia. Tiene un larguísimo currículum como activista trans-travesti que la llevó a realizar posgrados de género en Cuba y otros países de América. Fue directora del primer centro de día para el colectivo en Rosario que se abrió en 2017 en San Luis 1946 (luego se cerró y se abrió el actual Casa Trans, en Santiago 725). Es también referente en Santa Fe de la red nacional (Attta), creó el proyecto Paseo de la Memoria, en plaza Libertad, y hoy junto a las mujeres taxistas pide un Banco Rojo, símbolo contra los femicidios, y uno de la Diversidad en la puerta de la Terminal de Omnibus. "Todo un recorrido social que heredé de mi mamá", confiesa.

Además, juega al rugby para el equipo rosarino, Bucaré, abierto a la diversidad sexual y respetuoso de los derechos humanos. Pero no se destaca por un físico fornido sino por su velocidad, por eso no juega de forward sino de wing.

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"Comencé a colocarme hormonas de muy jovencita y tal vez por eso mi cuerpo es tan femenino, pero insisto mucho con las compañeras que estos tratamientos hay que hacerlos seriamente y con orientación médica", dice antes de explicar que con las terapias para feminizarse se logra cambiar la voz, tener menos vellosidad en el rostro y la grasa corporal se redistribuya en sitios como las caderas.

A los 14 años, Patricia se vino a vivir a Rosario con un amigo chileno que era vendedor ambulante. "Tuve suerte, me dijo: «drogas y prostitución, no; sos menor, si querés trabajamos juntos». Y eso hacíamos, les vendíamos ropa y todo tipo de cosas necesarias a las meretrices, muchas de ellas madres, que trabajaban de noche y no podían salir de compras durante el día".

"Pato" es la que tiene más recorrido e inserción política de las hermanas y sueña con llegar a ser gobernadora o intendenta. Sin embargo dice sin titubear que "el juego político actual es despiadado" y prefiere trabajar en el territorio junto a sus pares.

Cuenta que militó codo a codo con el fallecido ex senador y ex gobernador socialista Miguel Lifschitz, para ella "el único político de la ciudad realmente abierto con la comunidad trans". Y tras tanto recorrido vuelve a sus orígenes y dice que eligió este primer nombre de mujer (el segundo es Xiomara) como homenaje a una maestra que siempre la trató con cariño y hoy es su amiga: Patricia Gentile.

"Ella nos decía a los alumnos que era Pato y nosotros sus patitos".

De ahora en más, sos Flor

Florencia llegó a la cita con un turbante rojo en la cabeza y explicó que está terminando una quimioterapia. "Antes de 'esto'", dirá en varias oportunidades para referirse a la dolencia que la afecta, "tenía el pelo rubio hasta acá", afirma y coloca la mano a la altura de la cintura. "Pero perder el pelo hizo que me pregunte: ¿Qué me hace mujer, el cabello? No, muchas otras cosas", se responde.

De las tres es "la artista" y la creyente religiosa. Es la que estudió teatro y cine y también la devota de la virgen de San Nicolás.

Fue promotora de Salud en el Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias (Cemar), pero ahora es la única desocupada y la única que goza de cobertura médica porque, cuando puede y como trabajadora sexual, se costea una prepaga. Para ella que el cupo laboral le dé la oportunidad de un trabajo formal, más que un deseo es una necesidad.

Cuando habla de su nombre, cita a su hermano Cristian, mayor que ella, quien siendo adolescentes le dio una lección de amor que nunca olvida: "Es como mi papá, un hombre de pocas palabras pero que dice mucho. Un día me sentó en una silla y me dijo : «¿Cómo te llamás vos?» Yo le respondí: «Flor» y él me dijo: «Listo, de ahora en más sos Flor»". Una habilitación por un lado y una obturación por otro. Es que la familia de las Emanuele perdió todo en un incendio cuando ellas y sus hermanos eran pequeñas. Y cada hijo e hija por un tiempo vivió con familiares.

Flor pasó un tiempo con una tía amorosa, que se empecinaba en cortarle bien el pelo a lo varón y vestirla como un nenito formal, en lo posible con prendas donde predominara el azul o el celeste. Entre esa comprensión y negación transitó su infancia y adolescencia.

Olga, la mamá de esta historia, las mira posar con la bandera de la diversidad ante la cámara y cuando se le piden pocas palabras sobre cada una, dice: "Patricia, se me escapaba siempre, hizo pronto su vida; Flavia es la más mamenga y Flor, una dulce. Todos mis hijos han sido y son mis amores".

Ellas cierran la nota al decir que la "lucha sigue". Sigue con el reciente DNI para personas no binarias y por "un trabajo real y formal, por y sentirse amadas sin que las escondan o las juzguen". Algo que logró orgullosamente esta familia.

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