_ ¿Sos entre otras cosas la hija de la Virgen que tiene al niño en el Monumento a la Madre?

Por Laura Vilche
Foto: Virginia Benedetto/ La Capital.
Beatriz Vignoli adelanta la publicación de su XX libro "Reviere".
Foto: Virgini Benedetro/La Capital.
Foto: Virginia Benedetto /La Capital
_ ¿Sos entre otras cosas la hija de la Virgen que tiene al niño en el Monumento a la Madre?
-Podría decirse que sí. Mi mamá, Betty Blotta, era una mujer bella, pero también fue a quien mi abuelo tenía más a mano cuando la tomó como modelo vivo en 1951. Ella tenía diecisiete años y posó con su sobrino Luis, que era bebé. A los dos les hizo el rostro con la belleza canónica de la época clásica, pero el gesto de acunar al niño lo copió de ellos. Mi abuelo era anarquista y si bien el grupo escultórico sigue el motivo tradicional religioso de la Virgen y el Niño, quiso plasmar una maternidad secular.
El diálogo se da en un momento de la larga charla entre la escritora Beatriz Elvira Vignoli Blotta y La Capital porque el viernes 23 de junio, a las 18, presentará su vigésimoquinto libro, "Reverie", en lván Rosado, Córdoba 2670. Se trata de una autoficción escrita por ella y las patas de su gato Didí de seis años.
Se transcribe: "Ronronea a mi lado mientras escribo esto. En la computadora suena una música relajante para gatos. Es su musiquita. Me dijeron que le gusta la música, que es un gato musicalllllllllllllllllll. (Estas eles las hizo él en su paso por el teclado. Yo se las edité un poco). En la bolsa de tela que vino de su casa se sienta a lamerse. Ya esto es una vida".
El título de este libro a cuatro manos deriva de una palabra que viene de la francesa "ensoñación", con la que el psicoanalista británico Wilfred Bion definió a la función materna que habilita al bebé a la transformación de afectos crudos en pensamientos.
Una obra con la que Vignoli habla de su vida, como en esta nota, e interroga sobre la diferencia entre sobrevivir y vivir; pregunta con la que cerrará este diálogo que acá se transcribe.
Crítica de literatura y arte, tallerista, traductora de inglés, poeta, fundadora de AlfonZina Editora, desde donde rescató obras desconocidas de autoras rosarinas como Marta Febré -kiosquera, poeta y pintora de barrio República de la Sexta- o su amiga de la infancia Silvana Sayago.
A ese universo de acción creativa, Vignoli se suma como alumna a las clases de canto de Ro Waisfem y a un taller de cuento que dicta la escritora rosarina Lila Gianelloni.
Todo eso es Vignoli y la charla con ella goza de una intertextualidad desbordante, que comienza por los sueños.
"¿Me esperás, que termino de escribir este sueño así no lo olvido? Tomate este mate mientras", pide mientras escribe a buen ritmo en la notebook y ceba sentada a una mesa del dormitorio lleno de sol de su pequeña casa. Calcula que despertó sin reloj, como siempre, hace unas dos horas. Su cama aun está revuelta como su cabello. Viste Crocs rosadas, joguineta y un collar de piedras verdes.
Dicta desde 2018 el taller "El oficio de soñar" donde, explica, intenta explorar sin dogmatismos los mundos oníricos. Dice que es difícil saber si en relatos de la Antigüedad la gente soñó o visionó, porque en varios idiomas se usa una misma palabra para esas dos acciones y no siempre se hace explícito como en el sueño de Jacob en el Génesis que "tomó una piedra, la usó como almohada, y se acostó a dormir".
Vignoli termina de teclear y lee lo soñado la noche anterior.
Cuenta que está junto a una mujer que la supervisa con autoridad y le dice: "Es lo último que vas a hacer", mientras ella, muy elegante y con mucha ropa encima, se siente molesta y tiene calor.
"Tenés tres colchas en la cama y anoche no hizo mucho frío, ¿eso tendrá que ver con el sueño?", le pregunta este diario. Contesta "posiblemente", pero no se queda allí. Muestra los dibujos narcóticos del británico William Blake y habla sobre los sueños en distintas cosmovisiones: mapuches, hebreas y bíblicas.
El encuentro con Vignoli sigue por su infancia. Cuenta que a comienzos de los '70 su padre, hijo de radicales yrigoyenistas, llevó a la familia a vivir en una casa del barrio Pichincha que había sido baluarte de la revolución de 1905; luego habla de las mujeres importantes de su vida.
Su tía Elba, hermana de Erminio, la única peronista de la familia en su generación; su tía Alba, hija de Erminio, escultora; su abuela materna, Carmen Prieto de Blotta, paraguaya y maestra rural y la abuela paterna, Elvira Fontá, a quien se ligó filialmente, adoró y de quien cree que heredó el gusto por las diversas expresiones artísticas tanto como de su abuelo Blotta. "Ella creía en mí", confesó.
"Ella fue olvidada como toda mujer; sin embargo, fue una de las primeras en Rosario con título universitario: era farmacéutica, escribía poesía y le interesaba la plástica", comenta. Y también habla de su mamá: Beatriz, muy rígida y mucho menos maternal con esta hija mayor que el ícono escultórico que representó hasta hoy.
Vuelve a Elvira, su abuela querida, y dice una frase que suena como un juego de palabras, pero pinta de cuerpo entero a esa mujer y a la historia familiar casi como una ronda o un loop.
"Mi papá, en lugar de ir a pedirle a mi abuelo la mano de su hija, fue a su casa a llevarle a la hija la mano del padre". Lo dice delante de una mano de yeso, calco del dorso de la mano de Blotta desde la muñeca hasta la punta de los largos dedos, que reposa sobre una repisa y una no sabe si es un trabalenguas o un caso clínico para el diván de un analista.
"Es que mi abuela Elvira, en 1917, cuando tenía diecisiete años y era estudiante de Magisterio, tenía que hacer una escultura y como no sabía fue a pedirle ayuda al escultor Blotta; quien fuera luego mi abuelo hizo un calco de su propia mano, supongo que para explicar cómo hacerla. Así la mano quedó en la casa materna de mi padre, cuidada a lo largo de años de mudanzas. Luego fue objeto de exhibición y anécdota en mi casa. Porque muchos años después, cuando mi papá conoció a mi mamá, en el museo Castagnino, él le contó a ella la historia. Y en la primera visita, llevó la mano. Siempre dijimos con humor en mi casa que en lugar de pedir al padre la mano de la hija, había ido a llevarle a la hija la mano de su padre".
Tras esa anécdota, la mano de yeso de Blotta y la de Vignoli posan para la foto de esta nota y luego la charla pasa por la poesía: valora el ars poetica, donde el poeta expresa cómo está hecho el poema, cita y recita a Juan Manuel Iturraspe, Beatriz Vallejos, Hugo Padeletti y Serrat, a quien rescata como el gran divulgador porque gracias a sus canciones la poesía española de Alberti, Machado y otros fueron conocidas. Pasa por María Elena Walsh, por las letras de Sui Géneris descubiertas en la sala de espera de un dentista y se detiene en un poema de Estela Figueroa para decir:
"No es para hablar de mí que escribo de la glicina: cayó su lluvia ligera azul– violácea– celeste. No es para hablar de la glicina que la comparo con una lluvia y adjetivo esa lluvia. Es para detener este momento nocturno...".
Hasta que todo se pone en modo felino y confiesa que el gusto por los gatos lo heredó de su padre. Ella tuvo varias de estas mascotas, pero Didí, el de este último libro, el que se apoya en el teclado y deja las pisadas de sus patas expuestas en los renglones, es quien logró sacarla a Vignoli de su yo y volverla al presente, siendo para ella "como un maestro Zen". Eso sí, así como lo adula, lo insulta. Ha llegado a arrojarle un "¡Ballenato, bestia primigenia!" al pobre gato. Frase que reconoce como parte del arte de la injuria y que en la conversación se asocia a otras grandes bestias: la "Pop", canción que evoca al músico Iggy Pop y al presunto creador del "666", el místico escritor Aleister Crowley, que se llamaba a sí mismo "mega Therion", la gran bestia.
Retorna a su pasado y recuerda que tuvo una gata llamada Bolita. Y que de su papá heredó el gusto por los gatos. "Él tuvo una niñez difícil, pero cubrió huecos con Felipe Manobrava, un gato fiel a los zarpazos al que reinventaba como autor y le atribuía libros y frases chistosas". Sin dudas una manera de conjurar el dolor que responde ese cuestionamiento que se hace Vignoli en su libro y por el que finalmente dice como en una ronda, como en un loop: "Lo mismo que nos ayudó a sobrevivir es lo que nos ayuda a vivir".
