El Corrientes II busca su destino. El barco de bandera argentina que fue construido en 1977 y formó parte de la flota de los Yacimientos Carboníferos de Río Turbio, reposa desde hace casi una década frente al muelle de la usina Sorrento esperando que una serie de cuestiones legales se destraben definitivamente para darle vía libre a su próximo destino, que podría ser incluso, el desguace.
Forma parte del paisaje de la ribera rosarina, ya que su estampa se dibuja justo en la curva que el Paseo Ribereño hace pasando la desembocadura del arroyo Ludueña. Para muchos rosarinos es un barco más, que poca atención llama, al igual que otros tres que esperan una resolución en distintos lugares del puerto de Rosario (ver página 13). Pero detrás hay una historia con ribetes judiciales que espera resolución desde hace una década. Y hasta una muerte que podría haberse evitado.
El Corrientes II, de 150 metros de eslora, 22,80 metros de manga, un puntal de 11,98 metros y una capacidad de carga de casi 12.800 toneladas fue utilizado por el Estado para transportar carbón desde Río Gallegos hacia la Central Térmica de San Nicolás hasta que en la década del 90 pasó a manos de Sergio Taselli, el poderoso empresario quien recibió la concesión de los yacimientos carboníferos a partir del 1º de julio de 1994 y por el término de 10 años.
Sin embargo, la importación del mineral desde Sudáfrica comenzó a ser más conveniente y allí la historia del Corrientes II comenzó a cobrar mayor protagonismo.
El barco llegó a la zona de la Usina Sorrento el 18 de octubre de 2001. Un mes más tarde,el 19 de noviembre, un marinero de 58 años, Eduardo Héctor Almirón, falleció en el interior de la nave por inhalación de monóxido de carbono. Aparentemente, las chispas producidas por una soldadora con la que se realizaban trabajos de mantenimiento en el Corrientes II habrían sido las causantes del siniestro.
La causa por la muerte de Almirón se tramitó en el juzgado Federal Nº 4 a cargo de Omar Digerónimo y para la Justicia se trató de un accidente que posteriormente
prescribió.
Tras algunos viajes más hacia la provincia de Santa Cruz, el Corrientes II definitivamente comenzó su prolongada siesta en junio de 2002, cuando un conflicto gremial derivó en varios despidos.
Desde la Prefectura Rosario Zona Bajo Paraná cuentan a La Capital que desde entonces se registaron algunos embargos y hoy el barco está interdicto por una orden judicial. Es decir, no se puede mover del muelle.
Se habla de un posible contrabando calificado de motores como otras de las causas de la detención del barco y en esta complicada trama se vieron involucrados tres juzgados, uno de Río Gallegos y dos de Buenos Aires. Según explican desde la fuerza, el juzgado federal de 1ª Instancia de Río Gallegos se declaró incompetente en la causa del Corrientes II, mientras que el juzgado en lo Penal y Económico Nº 7 de Capital Federal, a cargo de Ezequiel Berón de Astrada, indicó que ya no posee jurisdicción sobre la embarcación.
Créase o no, las mismas fuentes de la Prefectura indicaron no tener muy en claro dónde se está tramitando el expediente.
Mientras el tiempo transcurre y el Corrientes II sigue incorporado al cuadro pintado sobre el Paraná en la zona norte de la ciudad, desde la Usina Sorrento llegó una nota a Prefectura donde se solicita que “una vez superadas ciertas instancias legales” el barco sea trasladado a la localidad entrerriana de Ibicuy. “Generalmente, las embarcaciones que son llevadas allí van a desguace”, cuentan fuentes de Prefectura. La misiva explica que la nave no tiene cargamento a bordo y que no cuenta con propulsión propia. Aparentemente, la firma Poliservicios SA, propietaria de la embarcación, estaría ajustando detalles para darle un corte definitivo a la situación.
Mientras tanto, dos tripulantes forman parte del personal del Corrientes II, aunque uno de ellos, un contramaestre, cuenta con licencia por enfermedad. El otro tripulante, un marinero que hace poco tiempo trabaja en el lugar, prefiere mantener el perfil bajo y no hablar con los medios.
En tanto, desde Prefectura surgen las quejas. “No nos sobra personal y nosotros tenemos afectada gente allí las 24 horas. Es un trastorno y un dolor de cabeza. Está como vigilancia y para evitar que nadie saque nada del barco”, explican.
El Corrientes II, sin quererlo, se convirtió en un integrante del paquete turístico de una Rosario que lo acoge desde hace una década y que espera una resolución. Mientras tanto, el paso del tiempo va haciendo estragos en la nave y los laberintos judiciales no hacen más que acentuarlos.