La Ciudad

Un día como hoy se organizó la primera corrida de toros de Rosario

La expectativa fue mayor y el espectáculo abrió paso a un divertimento polémico pero no menos popular

Martes 02 de Febrero de 2021

Cuando el diario La Capital hizo el anuncio el día anterior, la primera corrida de toros de la ciudad ya estaba envuelta en una controversia. De un lado, quienes sostenían que se trataba de un arte tradicional y, del otro, quienes se oponían a la utilización de los animales debido al sufrimiento provocado por el torero. Más allá de la cuestión, la práctica tenía una ponderable consideración popular, los organizadores esperaban tener buenos réditos, el espectáculo “es ya un hecho y las corridas lo serán mañana”. Fue así como el 2 de febrero de 1872 se realizó en la Plaza de las Carretas la primera corrida de toros en Rosario.

Las tramitaciones para la producción de espectáculos taurinos comenzaron en 1870, aunque, según una u otra fuente, se le adjudica indistintamente a los empresarios José de Caminos y a Andrés González ser el pionero del ramo. El papelerío parecía estar encaminado hasta que, al abrigo de la Ley 2786 de 1856, el 16 de septiembre de 1871 se fundó la Sociedad Protectora de Animales de Rosario, la primera del país. Dicha norma había permitido desactivar las corridas de toros en el ámbito de la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

Las corridas de toros poseían una innegable esencia hispánica y debió por eso tener muchos aficionados, al tiempo que algunos relatos camperos hablaron de ciertos personajes “osados” que rudimentariamente, “sin arte alguno” entraban en un corral y encaraban un “utrero”.

Según el Decano de la prensa argentina, hacía tiempo ya que la Sociedad Protectora venía denunciando el maltrato de animales, pero su condena moral no había hecho mella en “los verdaderos deseos de conocer este espectáculo por parte de aquellos que nunca lo han visto” y el entusiasmo “en todo sentido” de “los que ya lo conocen”. Se hicieron denuncias en diferentes ámbitos, hubo “protestas y contraprotestas consabidas”, pero cuando el gobierno de la provincia concedió la habilitación, no hubo discusión posible.

Cabe una aclaración con respecto al lugar donde se realizó la corrida. Dicen todas las fuentes que fue en la antigua Plaza de las Carretas, aunque los historiadores discurren sobre su ubicación. Para algunos había una plaza de carretas en Córdoba y Paraguay y otra en lo que hoy es la plaza San Martín. De allí también quizás que terceros hablen de la Plaza de las Carretas de Pellegrini y Buenos Aires, donde actualmente está la plaza López.

La previa de las corridas de toros

Los días previos fueron de gran expectativa. Se ofrecía un programa de corrida que constaba de la presentación de “cuatro toros de muerte y dos de capeo”. Se conoce como “toro de muerte” al vacuno que, según las costumbres medievales, se lo unge como un “enemigo” o un “monstruo” al que hay que vencer. La mayor parte de las veces el toro termina muerto. Asimismo, el capeo es una práctica realizada con una capa donde, comúnmente, aficionados ensayan “suertes” o fintas sin reglas específicas o como aprendizaje de las maniobras de enfrentar y esquivar al animal.

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Edición del diario La Capital del 2 de febrero de 1872 en que se informa de la corrida.

Edición del diario La Capital del 2 de febrero de 1872 en que se informa de la corrida.

La empresa encargada de la organización hizo saber que el público sería dividido en grupos según los tres sectores asignados: palcos, a la sombra con asiento o al sol. Los palcos valían 5 pesos (reales), los asientos con sombra 1,20 real y al sol 0,60 centavos. Los boletos se vendieron en la plaza y el mismo día de la corrida se abrió una boca de expendio de las 08:00 a las 14:00 en Puerto 126.

Se esperaba una concurrencia de unas dos mil personas y para eso “se han tomado todas las precauciones necesarias, á fin de que el público tenga todas las seguridades y comodidades necesarias”.

Una aclaración de la producción del espectáculo llama la atención cuando refiere a impedir determinado tipo de “abuso” y explica que “por la puerta principal donde entra la concurrencia, no entrará ni coche, ni carros ni personas a caballo”. Un cerco especialmente colocado garantizaba el ingreso solamente de las personas de pie.

Pese a que “digan lo que quieran los señores Protectores”, para la prensa de esa época la polémica planteada “es más el ruido que las nueces”, ya que se trataba de “un arte casi asento de todo peligro” y que “en la misma España se conceptúa un hecho fenomenal la muerte de un torero”.

El diario hasta interpelaba a los potenciales espectadores y afirma: “No teman pues, los que creen que la cosa se asemeja mucho á las antiguas luchas romanas, pues aquello era un verdadero martirio”. Además sentencia: “Lo que hoy vamos a ver es simplemente una diversión como otra cualquiera”. Y alentaba: “Vamos á ver hasta donde alcanza el valor y la destreza del hombre, dominando á la fiera más terrible, como si fuera un manso cordero, y lo que es mejor sin ningún peligro”. Para finalmente arengar: “A la plaza, pues, todo el que quiera pasar algunas horas magníficas”.

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Un aviso del viernes 2 de febrero de 1872 ofrece los servicios de transporte hacia la arena.

Un aviso del viernes 2 de febrero de 1872 ofrece los servicios de transporte hacia la arena.

El gran día

Así, la plaza de toros abrió “por fin sus puertas al público”, que dobló las previsiones y se hizo presente en un número cercano a las cuatro mil personas. Para protagonizar el espectáculo se había contratado a una cuadrilla de diez toreros que actuaba por esos días en la Plaza de Montevideo, Uruguay, donde las corridas eran legales. Entre ellos llegaron a Rosario los matadores Antonio Carballosa Pestrana y Miguel Trenzado (El Cívico) y Delgado, y el picador Antonio Llavero.

La Capital hizo algunas observaciones sobre lo sucedido en la arena: “Los toros no eran muy bravos que digamos, ni los toreros muy hábiles, salvo los dos espadas, que supieron lucirse en las diversas suertes ya capeando, banderillando, ó matando”. Al tiempo, decía esperar que, para las próximas corridas, se evitaran “los espectáculos risibles como el de las mulas que tienen la misión de sacar los toros muertos”.

Aunque al parecer, lo peor del día no fue la lidia sino las graves fallas de organización y la inoperancia de la policía, que de repetirse “pueden ser origen de muchas desgracias”, advirtió el diario.

“La Policía no estuvo vigilante, porque se ocupó más de ver los toros que de observar el orden”, sostuvo La Capital, para impedir que “las gentes cometan los abusos y desórdenes que tuvieron lugar, hasta el punto de clavarles banderillas y tirarles con piedras á los toros”.

Además, los lugares claves de la corrida fueron ocupados por avivados y borrachos, así como se hizo palpable la invasión de palcos y graderías. En suma, la mala organización, animales carentes de bravura y un público irrespetuoso que profería “insultos” y ocasionó “desmanes”, al punto que en una montonera “hubo heridos y contusos”, le pusieron un manto opaco a la jornada.

Otro escándalo y final

Luego del tumultuoso debut, la plaza de toros ofreció otra corrida el domingo 4 de febrero aunque ya no acompañado por el entusiasmo inicial. Las críticas provinieron de un público que se quejaba de toros que sólo querían pastar y toreros que erraban sus estocadas.

Con el objetivo de remontar la asistencia hubo espectáculos el domingo 10 de marzo con una buena actuación de los toreros y el domingo 17 con el torero italiano Santiago Ramussi que tomó a los cornúpetos por las astas con sus propias manos. El 28 de abril el torero Pastrana recibió una grave corneada pero logró matar al toro ante el delirio de la platea, pero el 30 de mayo una nueva decepción llevó a la multitud a expresar con violencia su desagrado arrojando sillas, maderas, piedras y cáscaras de frutas al ruedo. El escándalo es mayúsculo a tal punto que la Policía le incautó a la empresa concesionaria la recaudación de 532 pesos y se la entregó a la Sociedad de Beneficencia administradora del Hospital de Caridad. Este fue el fin del negocio para sus pioneros y el circo se vendió a Guillermo Rodríguez, José García Delgado y Alfredo de Arteaga.

La reinaguración fue el 16 de junio de 1872 y todo sucedió con normalidad hasta que al final de la corrida, cuando participaba el público presente, apareció en escena un niño de 12 años y la polémica estalló. Con algunos impasses, las corridas de toros siguieron en Rosario hasta que el 14 de julio de 1874 la Municipalidad las prohibió, bajo multa de 100 pesos fuertes. No obstante, a partir de 1883 la historia cambió y las corridas volvieron al ruedo hasta la primera década del siglo XX.

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