La ciudad

Relatos de una vida compartida con personas extrañas

Regina tiene 35 años, tres hijos de 17, 15 y 6 años, y el recuerdo vivo de las 15 pensiones por las que pasó durante más de una década.

Domingo 12 de Agosto de 2018

Regina tiene 35 años, tres hijos de 17, 15 y 6 años, y el recuerdo vivo de las 15 pensiones por las que pasó durante más de una década. Desde la zona norte a la zona sur, pasando por el centro y hasta Funes, todos los hospedajes en los que recaló con su familia y sus pertenencias fueron clandestinos, ya que los legales no permitían la entrada a niños. Artista callejera y animadora infantil, un día de 2006 se encontró en la calle tras sufrir un desalojo, con un ingreso intermitente y sin posibilidad de cumplir con los requisitos que piden las inmobiliarias para acceder a un departamento.

"Viví en lugares de todo tipo. En uno se decía que el dueño vendía droga, otro quedaba debajo de un salón donde tocaban bandas de cumbia y a la noche se tiroteaban en la puerta o se agarraban a botellazos. También estuve en lugares donde los baños eran espantosos, cuando llovía entraba agua, las paredes estaban destruidas, todo era muy precario y peligroso", repasa.

Regina asegura que en este mundillo, el maltrato de los encargados es total: "Una vez me demoré tres días en pagar el mes y me robaron todo lo que tenía adentro de la pieza: los muebles, las ollas y la ropa de los chicos. En otra oportunidad me fui a otra pensión y dejé una cocina para pasar a buscarla después. Cuando fui la habían vendido", dice.

Sobre la convivencia con los otros inquilinos, la mujer dice que "es muy fuerte, porque es gente con condiciones sociales y pensamientos muy distintos". Lo peor, asegura, es cuando hay niños de por medio, porque "cada uno cría a sus hijos como quiere, y eso genera tensiones, los pibes hacen quilombo todo el día". En su caso, además, estaba sola y debía dejar a sus niños en la guardería del Hogar del Huérfano cuando se iba trabajar, hasta que el más grande tuvo edad para cuidar de sus hermanos.

Lo que describe es un ambiente muy tenso, donde cualquier cosa puede despertar una pelea: "En los espacios comunes, cocina y baño,no te podés olvidar nada porque te lo sacan. La gente te roba, vos sabés quién fue pero lo tenés que seguir viendo. He visto gente matándose a piñas por una toalla, o por unas medias de criatura", lamenta. Y desliza que "las mujeres son las más violentas, porque están todo el tiempo a la defensiva, intentando proteger a sus hijos y lo poco que tienen. Cuanto más clandestino el lugar, más animal es la relación con los demás".

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