Desde lo alto de una torre una princesa rescata a su gato.

Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Fotos: Celina Mutti Lovera / La Capital
Desde lo alto de una torre una princesa rescata a su gato.
Dos superhéroes descansan en un sillón.
La cocina se convierte en plaza.
La cama se hace elástica en la habitación.
Las casas se transforman en miles de escenarios.
Cada una, un mundo entero.
Cada una, reflejo de las infancias que aloja en el tránsito de los días de encierro.
Ahí es donde el juego se hace aliado.
En el juego se habita algo mejor la incertidumbre.
En el juego se desarman las paredes, las rejas y las distancias.
En el juego se mitigan las ausencias.
En la imaginación del juego se construyen otras realidades posibles, se desmorona el abismo de las desigualdades que la pandemia vino a profundizar.
Saltar, correr, leer, dibujar. Reír, imaginar, escalar, escapar.
Resistir.

