Era un periodista de raza. Olfateaba la noticia y caminaba la calle. Hablaba con todos, buscaba fuentes, no paraba hasta encontrar el dato que necesitaba. Después se sentaba ante la computadora y escribía con calidad y potencia: sabía contar historias, era dueño de un vigoroso estilo coloquial de raíz arltiana. Pero además, y acaso esto sea lo más importante, Leo Graciarena era un tipo muy querido. Este martes a la tarde, de manera inesperada, la muerte decidió que había llegado su momento y Leo partió, dejando una estela de profunda tristeza. Se lo extrañará demasiado, tanto en los medios de comunicación de la ciudad como entre sus compañeros, que ahora lo están llorando. Leo tenía solo 55 años, y una esposa y un pequeño hijo a quienes adoraba.
Ingresó a La Capital a fines de la década del noventa, como colaborador de Ovación: era especialista y fanático del voleibol. Desde allí su trayectoria periodística dio un giro impensado, cuando entró a la sección Mundo. En ese ámbito de la información, signado por la omnipresencia de los cables de las agencias informativas, Graciarena comenzó a exhibir su impronta de cronista de pura sangre: no le gustaba estar entre cuatro paredes y cuando podía escapaba de la Redacción en busca de alguna entrevista. Muy pronto expresó su deseo de pasar al que sería su reino definitivo, y el espacio en que su personalidad y talento hallaron el canal justo para expresarse: Policiales.
Sus compañeros y compañeras, que tanto lo querían, lo recuerdan bien, y aunque lo fresco del drama signa cada uno de los rostros queda sitio para una sonrisa entre las lágrimas que asoman a los ojos: es que resulta imposible olvidar al meticuloso Graciarena estudiando a fondo el dibujo de un cuerpo humano para describir con exactitud la trayectoria de una bala, o sumergiéndose durante horas en el estudio de las armas de fuego. Todo, claro, por rigor profesional en estado puro.
No resulta necesario explicar a los lectores lo complejo del escenario que Leo debía recorrer cotidianamente en Rosario, tan castigada desde hace tiempo por el delito. Allí, el magnífico cronista en que se había convertido se movía como pez en el agua: incansable y tenaz, sabueso de los barrios más difíciles, él lograba hablar con quien nadie más podía hacerlo. Y luego, hijo dilecto aunque él no lo supiera de los grandes narradores de la novela negra, se sentaba a escribir con la exactitud del periodista genuino y las armas literarias que podrían haberle prestado Osvaldo Soriano o Raymond Chandler. Aunque él seguramente se habría reído a carcajadas de esta comparación. Y su risa era estruendosa.
Su segunda pasión, tras el trabajo que tan bien hacía, era la música: era una auténtica enciclopedia del rock, sobre todo en su versión más pesada. Quienes compartieron con él este oficio día tras día evocan, también, su solidaridad sin pausas y su infatigable sentido del humor.
Resulta increíble pensar que ya no compartirá el ámbito de la Redacción, que ya no se escuchará su voz inconfundible en los pasillos del Decano. Graciarena se fue de modo prematuro y triste, pero deja un legado que nadie podrá alterar jamás: el del periodismo ejercido con las más nobles herramientas.
Corresponde dar las gracias a quien dio tanto, y de tanta calidad. Desde aquí lo hacemos. Y le enviamos un abrazo al querido Leo, que toda la ciudad sin dudas comparte.