Jorge Fernández Díaz: "Mi villano es argentino, un sindicalista millonario que ejerce la violencia y los negocios turbios"

El periodista y escritor lanzó la novela "Cora", protagonizada por una detective de infidelidades que empatiza con los clientes que son engañados y sufren.

30 de abril 2024 · 07:26hs

"¿Cómo va a ser esto?, ¿vas a tomar notas, vas a grabar?", el interrogante surge después de los saludos de rigor y suena un poco a la preocupación de un colega, que ya ha pasado y sufrido la desgracia de que una telefónica se pierda por un desperfecto técnico o la impericia del periodista, pero también a cierto celo por saber a dónde van a para las palabras cuando son dichas por teléfono y quedan inmortalizadas en una cinta magnética, como era antes, o en un archivo digital, como es ahora. Una deformación profesional acaso inevitable para Jorge Fernández Díaz, quien que conoce como pocos los entresijos de los servicios de inteligencia y su oscura pasión por pinchar las líneas telefónicas, tengan o no autorización judicial. Lo dejó en claro en la trilogía de Remil, el espía de ficción que le valió el respeto de los espías de carne y hueso y también, y eso es lo que él más valora, del gran público que catapultó sus novelas -"El puñal", "La herida" y "La traición"- a las listas de libros más vendidos en la Argentina.

Pero esa es una historia vieja, esta vez es "Cora", su nueva novela, la que lo convoca a hablar con La Capital, y lo hace con entusiasmo pero pausadamente, tomándose su tiempo para elegir cada palabra, consciente del peso que tienen y de la macana que uno se puede mandar si elige y dice la equivocada. Habla de detectives, infidelidades, gremialistas millonarios y corruptos, pero se detiene especialmente cuando reflexiona sobre el amor y las mujeres que son, asegura, los temas centrales del libro.

'Cora' es más que un policial es un libro sobre mujeres, mujeres que se meten en quilombos, como dice mi editor, y esas mujeres están hechas de la materia de todas las mujeres que conocí, que son mujeres reales, mujeres que son feministas, por supuesto, pero no son radicalizadas, tienen contradicciones, son gente que conozco", cuenta Fernández Díaz, y aclara que la historia que cuenta explora algunos secretos indecibles que los detectives, que se ganan la vida revisando lo que los unos y los otros barren debajo de las alfombras, develan, muchas veces sin preocuparse por sus consecuencias. No es el caso de Cora, que sabe qué es sufrir por amor y tiene empatía con sus clientes, más los que han sido engañados y sufren y lloran en silencio.

- “Cora” tiene un ritmo intenso, como dice su amigo Pérez Reverte, el relato te “arrastra” hacia el final, como las series de estos tiempos, que están realizadas para atrapar el espectador del cuello y no soltarlo hasta que terminen, eso que se bautizó como “maratonear”, ¿la novela tiene ésa intención o salió así nomás…?

- Fue muy adrede. Yo siento que hay una inflación narrativa en muchas novelas de género y también en las series, aunque hay series que, como vos decís, son para marataonear y hay series que daban para cuatro capítulos y la estiran a ocho y hay películas que duran tres horas y media y antes se hacían en noventa minutos o en cien. Supongo que es un mal de época, por eso me propuse al hacer la novela quitarle toda la morosidad, tratar de hacer un principio de condensación. Borges enseña ese principio de condensación con los cuentos, él dice: “Yo no quiero escribir una novela, prefiero escribir una sinopsis de una novela” o un resumen de un gran ensayo. Hay un escritor que sigo mucho, Georges Simenon, que escribía novelas de cuatrocientas páginas en doscientas, ¿cómo?, cortando, cortando, cortando, sacando la grasa, sacando lo literario entre comillas, tratando de que todo sea funcional y que se pueda leer en muy poco tiempo y tenga un efecto intenso, una especie de ristretto.

- Un café corto y bien intenso…

- Así que empecé a cortar y a cortar, con el riesgo de cortar algún músculo, algún nervio, fue un trabajo delicado. Por las devoluciones que voy teniendo creo que eso se consiguió, pero fue algo adrede. Eso empezó con mi anterior novela, con “La traición”, donde también quise hacer algo de eso y ahora lo llevé a la máxima expresión de condensación. Esa es un poco la historia de porqué “Cora” es tan rápida, con tanta velocidad y porque mantiene la intensidad. Cuando Hemingway escribe “El viejo y el mar”, que tiene 130 mil caracteres, él dice que podría haber hecho la historia del viejo, hacer un tratado de pesca, la historia de la aldea, pero él decidió hacer esa condensación y que todo eso existiera, pero que le lector lo pudiera sentir. Acá este grupo de mujeres tiene una historia muy larga, pero yo no la cuento, la sustraigo conociéndola y con eso quise darle un sentido de verdad, yo veo a esas personas e imagino todas sus vidas y cómo llegaron hasta acá, pero me abstengo de contar morosamente eso, por eso es tan compacta la novela.

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- ¿Y no te quedaste con ganas de ir más allá?

- No. Siento que conozco mucho de todo eso, pero que la gracia está en la teoría de la punta del iceberg. Te muestro una parte para que vos presientas el resto, no para hacerme el enigmático sino para darle un sentido de verdad al asunto. Otra de las decisiones que tomé es no caer en la tendencia que hay en Hollywood y en muchas novelas populares en las que para humanizar a las personas las traumatizan, a Batman para humanizarlo entre comillas lo traumatizan, como si no hubiera forma de humanizarlo sin traumatizarlo, y eso me parece de un simplismo muy grosero. Yo quería que los personajes fueran profundamente humanos, entonces, primero, quise mantenerlos en mi barrio, en un lugar donde yo me los pueda encontrar a la vuelta de la esquina o en un ascensor o en el supermercado. Cualquiera de las mujeres de "Cora" podrían estar tomando un café al lado nuestro y eso hace que toda la trama ocurriera en ése verosímil, sin grandes persecuciones, explosiones, cosas que vos no creerías que pasen acá a la vuelta. Me mantuve en ese verosímil e intenté que esas mujeres fueran verdaderas, fuertes, normales, como todas mis amigas, mis jefas, mis compañeras de trabajo de las que he vivido rodeado. Yo fui criado por una matriarca, que creía que todos los hombres eran unos hijos de puta, salvo yo, y tuve que ir a terapia para entender que algunas mujeres podían no tener razón. Con todo ese conocimiento decidí crear este grupo de mujeres porque “Cora” más que un policial es un libro sobre mujeres, mujeres que se meten en quilombos, como dice mi editor, y esas mujeres están hechas de la materia de todas las mujeres que conocí, que son mujeres reales, mujeres que son feministas, por supuesto, pero no son radicalizadas, tienen contradicciones, son gente que conozco.

- Y son de clase media, eso está muy marcado en la novela, esa clase media que en la Argentina ha sido tan fuerte y tan distintiva de nuestro país tanto tiempo y que hoy tratando de ver si puede resistir…

- Achicándose, esa clase media que cada vez es más chica. Y sí, yo me crie en esa clase media, vivo en esa clase media todavía y es la que más conozco y puedo narrarla con más familiaridad, no hago una impostación ni trato. En la literatura argentina de izquierda, e incluso desde el peronismo, siempre se impugnó al pequeño burgués asustado y el nacionalismo argentino siempre lo ha tratado como el medio pelo. Hay muchas huellas en la literatura argentina donde la clase media siempre aparece despreciada. Yo mismo alguna vez tuve esos prejuicios, como tuve tantos otras estupideces que he cometido en mi vida. Hoy siento que esa clase media es de lo mejor de la Argentina, esos valores, esa clase media que está perdiendo como en la guerra desde los 70 hasta ahora y en esa clase media hay un proyecto de país posible, yo me siento cómodo con ella, crecí con ella, formo parte de ella y me parece que esta novela le hace cierto honor.

- “En la vida no todo es lo que parece”, insiste Cora, la protagonista de tu nuevo libro, la pregunta entonces se cae de madura: ¿sos un periodista que hace ficción o un novelista que hace periodismo?

- Yo soy esas dos cosas juntas, muchas veces una disociación entre dos vocaciones. Cuando tenía diez años quería ser detective, me daba vergüenza decirlo porque los chicos querían ser futbolistas o superhéroes y yo quería ser detective. Luego, por supuesto, conocí a Sherlock Holmes y ahí me di cuenta que quería ser escritor y vivir vicariamente esas aventuras desde el punto de vista literario, así y todo, la idea de ser detective quedó en mí mucho tiempo. De hecho, unos diez años hice de cronista policial en La Razón vespertina y luego en el diario de Neuquén, cuando me fui a vivir a la Patagonia, y me sentía un detective, era amigo de los delincuentes, de los policías, de los jueces, hacía el cadáver de cada día, sentía que investigaba, que corría algunos peligros, mientras tanto estaba leyendo toda la historia de la novela negra. Ese fue un momento en el que la literatura y el periodismo estaban muy cerca en todo sentido. De hecho, en La Razón vespertina yo hacía crónicas y a la vez hacía novelas por entregas, fueron dos vocaciones, yo tenía una vocación hasta que encontré el periodismo que era lo más parecido en ese momento a la literatura. El viejo periodismo no era como ahora, en los 80, nadie entraba a periodismo porque creía que iba a ser rico o famoso, se entraba en una especie de bohemia a las redacciones, de hecho, mi padre me dejó de hablar cuando se dio cuenta de que yo quería ser periodista, porque dijo ‘este quiere ser periodista, quiere ser un vago’.

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Ese mundo de las redacciones, donde yo también crecí, lleno de eruditos, de analfabetos divertidos, de tipos que te enseñaban cosas, toda esa esa vida en esos tiempos y después en las redacciones en general, porque hasta hace once años vivía en las redacciones, estuve en revistas, en diarios, haciendo guardias, haciendo, salvo deportes, todo lo que se puede hacer en el periodismo. Fue una experiencia muy grande. Mientras estuve en las redacciones era periodista y a la vez escritor, escribía en los tiempos muertos, las redacciones tienen muchos tiempos muertos, y yo aprendí a escribir en esos tiempos muertos. Hubo un momento en el que tuve una gran tensión entre ser periodista y ser escritor, que son dos profesiones muy absorbentes, y pensaba que estaban disociadas y que una perjudicaba a la otra, pero después, a partir de “Mamá”, que tuve que escribir como periodista y novelista a la vez, me di cuenta que hay un modo de llevar esto y después mis novelas, la trilogía de Remil y “Cora” las hice con la materia no solo de la vida sino también el periodismo. Cuando el periodismo me dice ‘hasta acá llegaste, no podés contar esto’ yo siento que la ficción me permite saltar esa barrera y contarlo.

Eso me pasó desde que fui joven, le pregunta a mis jefes ‘por qué no podemos publicar cómo es la mafia del fútbol’ y ellos me decían ‘no lo podemos probar, pibe’, pero se puede contar con la ficción, como cuando nos proponíamos en el diario hablar de la vida privada y era muy difícil hablar de la vida privada, secreta, verdadera, ahí no puede llegar el periodismo que además no sabe contar los sentimientos, entonces la ficción me lo permitía hacer, hice varios libros “Corazones desatados”, “La segunda vida de las flores” y de alguna manera a ése género adscribe “Cora”, que se trata precisamente de la vida secreta de las personas.

Con Remil pasó algo parecido, todo lo que yo sabía como periodista del lado B de la política, no se podía contar del todo, pero yo me las arreglé para ir contando como funcionan los servicios de inteligencia, el espionaje político y una serie de asuntos que la gente común presiente pero que rara vez puede asomarse a ellos. La experiencia adquirida en el periodismo fue fundamental para escribir novelas y relatos de ficción.

- Los villanos de tus novelas, el Bambi Castro, el sindicalista corrupto y asesino de “Cora”, los servicios, políticos y narcos de la saga de Remil, son tan verosímiles que estremecen, ¿son productos de la imaginación o patworks cosidos con retazos de historias recogidas de tu labor periodística?

- Son un Frankenstein de muchas cosas y también de la imaginación propia. No son novelas en clave, en la que estoy cambiando nombres nomás, son criaturas completamente nuevas formadas por la imaginación y por la experiencia de ver cómo son las cosas. Yo siempre he tenido esta discusión íntima, que puedo plantear públicamente, sobre algunos autores, colegas que escriben policiales que lo que hacen simplemente es traducir al argentino lo que ven en el noir escandinavo, en las series norteamericanas, pero ni la policía acá es como en esos lugares ni las pericias son iguales ni los narcos ni los sindicalistas son iguales ni la mafia es igual que en esos lugares. Yo no traduzco, yo traducía cuando era un joven escritor que robaba de los libros y de las películas, ahora tomo de la realidad. Nomás con tomar de la realidad todo cambia, porque cuando tenés que contar un mafioso no es un mafioso de película sino es un sindicalista millonario, un burócrata que defiende su vida secreta de manera verosímil, vinculado a una patota de fútbol, y los barra bravas son ejércitos de seguridad para los sindicalistas y para los narcos también. Yo trato de hacer una traslación ni una traducción sino una observación directa de lo que ocurre aquí a nuestro alrededor. Por eso creo que esos personajes son más creíbles que los de otras novelas que han sido traídos forzadamente de otro lado.

- Quizás esos escritores todavía son jóvenes y roban de las series escandinavas…

- (Sonríe) Yo no creo que haya que haber vivido mucho para ser escritor, ese cliché “vos no viviste…”, pero sí creo en la maduración narrativa, yo soy mucho mejor escribiendo que cuando tenía veinte años. Hay gente que es capaz de escribir desde torres de marfil, desde bibliotecas, y escriben grandes libros, sin grandes experiencias y con una gran imaginación, pero hay otros que no pueden hacerlo si no tienen experiencia y se les nota que escriben sobre cosas que no saben, por ejemplo, hay escritores que no han sido periodistas y cuando escriben de periodismo no les creés nada o cuando hablan sobre la policía no tienen ni idea o cuando hablan sobre los servicios de inteligencia con suerte lo único que han hecho es leer alguna novela de espionaje internacional, a John Le Carré, en el mejor de los casos. Acá sí para mí la experiencia periodística, para mí, fue una experiencia de vida vital, importantísima, que me llenó la mochila de cosas, sin ellas escribiría de otra manea, sería otro escritor seguramente.

- ¿Se puede pensar un policial en la Argentina sin políticos corruptos, sindicalistas metidos en negocios sucios, barra bravas, empresarios desalmados, narcos dispuestos a todos, como los que hoy asolan a nuestra Rosario?

- Me parece difícil hacerlo creíble, pero cualquier cosa es posible, también puede pasar que alguien saque una novela y nos demuestre todo lo contrario de lo que presentimos, pero yo estoy convencido que para que un policial sea creíble hay que mostrar cómo es el crimen aquí y el crimen de aquí no se lee en las novelas extranjeras, se lee en los diarios, se vive, se trata de entender profundamente. Yo tengo una tertulia de detectives, porque a lo largo de mi vida me ido haciendo unos amigos detectives públicos, privados, y hablo mucho con ellos y me divierto mucho, imaginate las historias que hay, por supuesto no uso nunca las historias que ellos me cuentan, pero sí cómo funcionan los entramados, las cosas y eso permea mucho y es muy importante. En la novela yo me planteaba que Cora Bruno es una detective dedicada a las infidelidades, la toma una empresa estilo Prosegur para fidelizar clientes y que esos clientes son cada vez más de alta gama hasta que se encuentra con uno que quiere proteger un secreto terrible porque se mueve como un mafioso. Yo no podía crear un mafioso de película, tenía que crear un mafioso de la Argentina, por eso es un sindicalista millonario que ejerce la violencia y los negocios turbios.

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- En esa tertulia de detectives, ¿qué piensan de Cora, aceptarían que se siente a la mesa una detective mujer?

- Todavía no sé qué opinan de Cora, yo no conocí nunca una detective mujer y precisamente de esa carecía nació la ocurrencia de Cora. Yo conozco detectives y ninguno se dedica exclusivamente a la infidelidad, como Cora, muchos se dedican a robos, estafas, paraderos, por eso pensé que una mujer se tomaría muy en serio esto de la infidelidad. las mujeres son más estudiosas, tienen inteligencia emocional, se prepararían y se dedicarían a esto, como he visto muchas periodistas que son mucho más estudiosas que los hombres. No conocí ninguna Cora y la construí de cero desde esa hipótesis, únicamente bajo esa hipótesis, cómo sería… Eso pasó en París, cuando fui becado cinco meses cuando fui becado para recoger información para otra novela, y ahí me apareció Cora y tuve un largo debate con mi mujer, Verónica (Chiaravalli), que es periodista también y con quién dialogamos sobre los personajes, cómo hablan, qué actitudes tienen, etcétera. Fue muy fuerte porque empecé a escribir ese libro ahí y después lo dejé, porque tenía otros compromisos literarios, con el gran riesgo que significa dejar una novela por la mitad, porque cuando vos volvés a ese material puede estar muerto, porque vos cambiaste, porque el material ya no significa para vos lo mismo, porque no estás dispuesto a retomarlo. Es un momento delicadísimo ése, pero lo retomé hace diez meses y me di cuenta de que Cora estaba viva.

- Otra cosa que me pasó con el nombre del personaje, Cora Bruno, es que es de mujer y de hombre, me pasó la primera vez que la llamás por el apellido y tuve que volver atrás porque no sabía quién ese Bruno que había aparecido, ¿eso salió así, tiene alguna intención, cómo es?

- No, no, elegí Bruno porque es oscuro, significa negro, es una alusión al género negro, se me apareció primero el apelllido y después el nombre, Cora, que tiene que ver con el corazón, pero tampoco lo pensé del todo así, eso surgió de pronto y quedó así. Son cosas que uno va encontrando. Hay tres formas de escribir este tipo de novelas, como la de Pérez Reverte, investigar todo antes, tener todo imaginado y armado de antemano y después hacer el viaje de A a B, bien planificado, y después está Javier Marías que escribía todo improvisado, página por página, línea por línea, alguna vez lo intenté y no pude, me salían cosas malas, y alguna vez también intenté lo de Arturo y me aburría a lo hora de escribirlo y por eso decidí ir por el medio, planificar algunas cosas y dejar suelta la mano para poder ir improvisando sobre esas líneas generales, es así cómo puedo escribir las novelas. Yo me aburro si los personajes no están vivos, si no hacen cosas inesperadas, si toman la delantera.

- En los agradecimientos del final del libro recordás un consejo que te dio Tomás Eloy Martínez, quien, según contás, te “instó a escribir sobre estos temas”, ¿a qué temas se refería, a los entresijos del poder o al amor y las mujeres?

- Se refería al tema del amor y lo que él llamaba la naturaleza femenina, puesto esto entre comillas, así lo dijo. Yo había escrito “Mamá” y a él le había gustado mucho y había escrito luego para el diario La Nación una serie de relatos que tuvieron mucho éxito, que tenían que ver con los despechos, el amor, las infidelidades, y a él le había gustado muchísimo eso. A él le agarró un tumor que le fue tomando todo el cuerpo, una muerte muy desdicchada, parecida a la del Negro Fontanarrosa. Era otra enfermedad, un tumor cerebral que le fue paralizando todo el cuerpo, parte por parte, hasta que al final tenía una enorme lucidez pero prácticamente no podía movilizarse. Tenía una lucidez plena en un cuerpo que no funcionaba. Poco antes de morir él pidió hablar con tres personas, yo fui una de ellas. Él me contó que quería escribir un libro para demostrar que la literatura y el buen periodismo son lo mismo, yo antes de irme le dije, sabiendo perfectamente que no iba a poder escribirlo, “mirá que te voy a estar vigilando para que lo escribas” y Tomás me dijo “tenés una intuición muy importante con el tema del amor, los engaños, los desengaños, la naturaleza femenina, yo te voy a estar vigilando para que no dejés ese territorio”. Y no le hice caso, porque seguí con las novelas de espionaje, los ensayos políticos, pero creo que con “Cora” volví a entrar a esa casa.

- En un momento de la novela afirmás que “las mujeres lo saben todo y los hombres no saben nada”, una aseveración polémica en un momento en el que hay una gran tensión entre los lugares que ocupan lo femenino y lo masculino en la sociedad, ¿a qué te aludís precisamente?

- Lo dije específicamente sobre ese momento en que un hombre y una mujer están coqueteando, en ese momento en que se pueden levantar y volverse cada uno a su casa y acá no ha pasado nada o no, ése el momento en el que las mujeres lo saben todo y los hombres no saben nada. Por lo general son las mujeres las que mandan en esos momentos, aunque a veces les hacen creer a los hombres que mandan, son de una sutileza impresionante.

- “Cora” plantea un interrogante, la profesión de detective de infidelidades en realidad lo plantea, ¿qué busca la gente que contrata a un detective ante la sospecha de que su pareja le está siendo infiel?, ¿una ventaja en un juicio de divorcio?, ¿saber si son amados?, ¿una excusa para terminar con la relación?, ¿qué buscan…?

- (Risas) Antes, con la ley anterior, eran pruebas fundamentales en juicios y el detective tenía que presentarse como testigo en un juicio de divorcio controversial, pero centralmente es la idea de que el otro te está engañando, la palabra es engañar, te está diciendo que sos exclusivo y no lo sos, esa desesperación por saber si eso es cierto te lleva a la búsqueda, hoy los hombres y mujeres son sus propios detectives porque se meten en las redes sociales, tratan de vulnerar los teléfonos, son muy creativos, solo llegan a los detectives cuando todo eso falló. En algún momento se pregunta Cora qué pasaría si estás reglas de hoy desaparecieran, si hubiera una libertad absoluta, posiblemente no existirían los detectives, está clase de detectives, por supuesto, que se meten en la vida secreta de las personas. Yo creo que el asunto viene con la especie, que es de mamíferos.

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