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Historias del Decano: el hombre que sabía leer al revés

Mecánico de la antigua sección Linotipo, Hugo Capacio atesora secretos y anécdotas tras 63 años de trabajo en La Capital. Hoy el diario cumple 153 años.

Domingo 15 de Noviembre de 2020

Como cada mañana, Hugo llega al taller. No necesita levantar la llave de la luz para recorrer la imprenta. Sabe el lugar preciso en el que se encuentra cada máquina, reconoce cada recoveco de la rotativa y la dimensión exacta que ocupa la mesa de trabajo. Hace 63 años que trabaja en La Capital. Hugo Capacio es mecánico de la antigua sección Linotipo y su historia forma parte del Decano de la Prensa Argentina, que hoy cumple 153 años.

El hombre que sabía leer al revés

Empecé a trabajar en el diario el 1º de noviembre de 1957, tenía 13 años”, recuerda Hugo atrapando una fecha que quedó grabada en su memoria. ¿Cómo empezó esta historia? Su papá era repartidor de verduras y abastecía a la familia Lagos (fundadora del diario) con la que tenía una buena relación. Esto le abrió las puertas para ingresar como mecánico en los talleres del Decano. “En ese momento empezó la historia de la familia Capacio en el diario, que llegamos a ser como 10 o 12 trabajadores en La Capital”, cuenta Hugo. El fue el último que ingresó del clan y lo hizo como aprendiz de mecánico de linotipo. Su corta edad explica el apodo que lo sigue acompañando aún a sus 77 años: Capachito.

Además de ser aprendiz en el diario, Capachito era canillita. Se levantaba a las 3 para salir con su tío a repartir diarios en la esquina de San Lorenzo y Entre Ríos y, cuando podía, trabajaba para otras imprentas ejerciendo el oficio que día a día aprendía en el Decano.

Cuando repasa sus memorias Hugo se traslada a las épocas gloriosas de la sección Linotipo, un espacio de trabajo que hacía gala de organización y solidez dentro de la empresa. “Era la sección en donde no había mañana”, dice Hugo, para explicar la diferencia con otros trabajos en donde lo que no se hace hoy se puede hacer mañana, una posibilidad negada al mecánico de la sección. Porque si las máquinas fallaban el diario no podía salir. Los mecánicos de la imprenta eran cerca de veinte y trabajaban en turnos rotativos. Por la mañana hacían el mantenimiento de las máquinas. Durante la tarde y la noche atendía exclusivamente las necesidades y urgencias de sus compañeros linotipistas.

Hugo ensalza la figura de sus colegas del taller: “El linotipista era bravo, no era fácil llevarlo por delante”, dice, y recuerda que en el área de imprenta había muchos linotipistas y mecánicos que no tenían estudio, pero todos tenían una habilidad: sabían leer al revés. Porque, claro, así salía de la linotipo la línea de plomo fundido, una especie de renglón escrito al revés que conformaba el molde con el que se imprimía cada página sábana del diario.

En el relato de Hugo los talleres se describen como auténticos espacios de aprendizaje. “No había dónde aprender el oficio de mecánico de linotipo, el conocimiento en el mantenimiento de esas máquinas solo se adquiría en los talleres de La Capital”, cuenta Capacio.

Siendo muy joven, Capachito llegó a la categoría de jefe de mecánicos, un cargo importantísimo por la relevancia que tenía su sección. Además, el oficio adquirido en el Decano no solo le permitió trabajar en el mantenimiento de la imprenta del colegio San José (uno de los talleres más prestigiosos de ciudad), sino que también le abrió las puertas como especialista en otras provincias del país.

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Hugo Capacio es mecánico de la antigua sección linotipo, comenzó a trabajar en el diario La Capital como aprendiz a sus 13 años.

Hugo Capacio es mecánico de la antigua sección linotipo, comenzó a trabajar en el diario La Capital como aprendiz a sus 13 años.

La octava maravilla

“La sección Linotipo era mi paraíso, era un mundo aparte”, dice el histórico mecánico de la imprenta. La describe como un colectivo con carácter, que sabía pelear por sus derechos. “Podía haber desavenencias en el interior, pero cuando había un problema todos éramos uno”, dice, y ratifica que las grandes conquistas de derechos adquiridos por los trabajadores del diario fueron gracias a la fortaleza de su querida sección.

Las anécdotas no tardan en llegar: “Raúl García era un linotipista que mientras componía en la máquina se levantaba, consultaba el diccionario y decía: yo no puedo componer si hay una palabra que no entiendo”.

Capacio define a la linotipo como una obra de arte de la mecánica. Para explicar la relevancia que tuvo en el proceso productivo de la imprenta, cuenta que hace unos 160 años se la consideraba como la octava maravilla del mundo. “Todas las letras y símbolos que hoy encontrás en una computadora están en la linotipo. Esta máquina hace todo lo que hace una computadora: letra chica, grande, cursiva, blanca, negra, símbolos, tablas”, destaca. Todo lo que se hacía con ella era un trabajo artesanal, y para eso había que saber realmente el oficio. Por eso su trabajo siempre se consideró un arte y oficio.

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La máquina del Negro Olmedo

Capachito tendría unos 32 años cuando llegó a ser tercer jefe de mecánicos. Por esa época fue cuando se produjo uno de los momentos más desafiantes de su vida como trabajador de La Capital: “Recuerdo que me llamó a su oficina Carlos Leopoldo Lagos, el hombre que tomaba las decisiones importantes. Una vez en su despacho me dijo: «Capacio, usted tiene que armar esta máquina». Era una linotipo que funcionaba con una cinta debajo del teclado y trabajaba sola, eliminaba la función del linotipista. Yo le expliqué que no conocía esa máquina y me respondió: «Mire Capacio, usted la tiene que armar. Si para eso se tiene que ir a Estados Unidos o a Buenos Aires se va, y el diario se hace cargo, pero usted la tiene que armar»”.

Hugo identifica ese acontecimiento como un verdadero reto en su vida y pudo resolverlo. “Cuando salí de esa reunión -recuerda- empecé a hacer memoria. En el ambiente nuestro no había mucha gente, así que me acordé de un señor mecánico de apellido Molina que había ido a estudiar a Estados Unidos el funcionamiento de esta máquina. El señor vivía en Buenos Aires y yo lo había conocido en una oportunidad en la que había venido al diario a traer una máquina. Me contacté con él y empecé a viajar a Buenos Aires donde hice un curso y felizmente pude armar esa linotipo”. La hazaña le había constado mucho esfuerzo y aprendizaje, pero el mecánico la cuenta con satisfacción.

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El relato continúa y con cada recuerdo Capacio sonríe. “Puedo hacer más de un libro con las anécdotas de lo que viví durante estos 63 años en el diario”, afirma. Y saca a relucir una joyita desconocida por todos: “En la linotipo que hoy se exhibe en el Museo trabajó como aprendiz el Negro Olmedo”. Es que en su juventud, el cómico rosarino trabajaba en una imprenta de la ciudad que ya no existe y casualmente la máquina que él usaba la compró Capacio para el diario. El maestro de Olmedo fue Chita Naon, quien también trabajaba en los talleres de La Capital y que solía decirle a su aprendiz que con los ojos se podía decir más que con la boca, enseñanza bien aprendida por el querido cómico rosarino. Hugo concluye el relato de sus memorias con un acontecimiento que siempre era motivo de fiesta para el taller: el carnaval. “En el taller todos jugábamos al carnaval con globos, yo era jefe y también jugaba”, remata entre risas.

Capacio vio pasar ante sus ojos todas las revoluciones tecnológicas que modificaron el proceso de impresión y hoy en lo que era su paraíso se levanta el Museo del Diario La Capital, en el subsuelo del histórico inmueble de Sarmiento al 700. Espera que termine la pandemia para retornar con su trabajo a ese espacio que parece inerte, pero donde todo funciona gracias a sus manos. En breve, los chicos y chicas de las escuelas volverán rodear la rotativa y Hugo entrará en escena encendiendo la linotipo. Los ojos se abrirán bien grandes para presenciar un intercambio inédito. Una conversación con olor a plomo que solo entre él y ella puede producirse, y que no verán en ningún otro lugar.

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