Al mismo tiempo que las organizaciones y los profesionales de la salud advierten el avance de la malnutrición y el sobrepeso en los chicos que habitan los barrios más vulnerables, el incremento desmesurado de precios de los alimentos, sobre todo de carnes, las frutas y las verduras, hacen que quienes están al frente de comedores comunitarios, cada vez tengan más dificultades para cumplir con la calidad requerida de los alimentos que se ofrecen a las familias. Los referentes de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), tanto de Santa Fe como Rosario, señalan que hacen reemplazos para cubrir los altos costos de las raciones y, cada vez en menor medida se pueden sumar carnes rojas, frutas y verduras.
A ese escenario, se suma en Rosario el final del convenio entre Provincia y municipio con el Banco de Alimentos Rosario (BAR) que permitió sostener en la ciudad 1.600 ollas populares, que desde diciembre están suspendidas y de las que aún no hay novedades de continuidad. “La situación es crítica”, dijo Eduardo Delmonte, referente local.
Para las organizaciones con menor estructura, sostenerse en el tiempo es todo un desafío. “Hacemos lo que se puede y es cierto, para poder hacerlo compramos lo más barato que no siempre es lo ideal”, afirmó Juan Ponce, a cargo de “La Mecha”. “Carne es imposible, cada vez es más difícil sumar proteínas y lo que más se consume es el descarte del pollo que son sobre todo las alas”, agregó Iván Moreira, referente de los barrios Bonano, Triángulo y Godoy.
El consumo de hidratos en exceso y como base de la alimentación ante el claro aumento de los precios de las frutas, verduras y carnes viene siendo advertido por los profesionales de los centros de atención primaria de la salud, que afirman que se traduce cuadros de malnutrición en niños y adolescentes. Una advertencia que volvieron a exponer en las últimas horas los referentes de la organización Barrios de Pie, que trabaja por estos días en un relevamiento entre más de 6 mil chicos santafesinos para construir el Indicador Barrial de Situación Nutricional.
Las organizaciones sociales y comunitarias que vienen sosteniendo la ayuda alimentaria previo y durante la pandemia señalan que cada que cada vez menos se pueda pensar en la calidad y el valor nutricional de los alimentos, sino apenas en “lo que alcance”. Si bien algunas cuentan con más estructura que otras, la gran mayoría dan pelea por estos días para sostenerse a flote y mantener la ayuda.
Menos carnes, frutas y verduras
Desde la CCC señalaron la crítica situación alimentaria que atraviesan los barrios populares. Sebastián Saldaña, referente del Gran Santa Fe donde se sostienen una veintena de comedores y otro tanto de copas de leche, señaló que en las últimas horas el precio de los alimentos los complica cada vez más. Aunque indicó que los incrementos ligados a la inflación lo vienen padeciendo desde el final de la gestión macrista, y reconoció que desde diciembre los aumentos obligaron a cambiar los menús para mantener las raciones.
“En los últimos meses golpea mucho el encarecimiento de la carne, la leche y la verduras, lo afrontamos cambiando los menús que antes llevaban carne vacuna por pollo y de verduras se compra lo esencial o verduras más baratas. Frutas ahora son imposibles y esa es la realidad del momento”, dijo, al tiempo que recalcó que donde se cocinaba dos veces por semana ahora se cocinan cinco.
En Rosario, la situación no es diferente en materia de precios, señaló Eduardo Delmonte, pero a ese escenario le agregó una situación “crítica que es la suspensión desde diciembre de 1.600 ollas populares que se venían realizando de las que aún no tenemos novedades de que puedan retomarse”, contó.
Esos espacios, detalló, se venían sosteniendo en el marco de la campaña “Contagiar Solidaridad”, un convenio realizado entre los gobiernos provincial y municipal y el BAR, y a través del cual cada diez días proveía de alimentos frescos y secos en diferentes puntos de la ciudad. Con la caída del acuerdo y, por ahora la no renovación del mismo, el referente indicó que el BAR volvió en estos días a abastecer con su sistema habitual unos 400 comedores, dejando afuera del sistema a 1.200 ollas, indicó el dirigente.
Además de los bolsones que se reparten mensualmente, en la ciudad se sostienen con subsidios del municipio otros 30 espacios, aunque allí la ayuda que apenas supera los 12 mil pesos por mes alcanza para cocinar dos veces en esas cuatro semanas y “recortando, repartir unas 200 raciones”, indicó Delmonte.
Lo que se puede
Además de las organizaciones sociales con más años y estructuras en los territorios, la crisis previa al coronavirus y la pandemia multiplicaron los espacios de ayuda en los barrios. Sin embargo, muchas se sostienen a pulmón, con donaciones y haciendo “lo que se puede”, dice Juan Ponce, hijo de la dirigente social asesinada en barrio Ludueña Mercedes Delgado y organizador de “La Mecha”.
El espacio mantiene copas de leche en los barrios Moderno, Ludueña y Nuevo Alberdi, y es uno de los que venía recibiendo aportes del BAR y dejó de hacerlo en diciembre pasado. “Estamos esperando a ver qué pasa, pero la cosa está muy compleja y muchos acotaron su trabajo”, dijo.
Sobre los aumentos de los precios, señaló que “hay poco dinero para hacer compras mensuales y como se plantea, se compra lo más barato y eso muchas veces implica que no es lo ideal para la nutrición de los chicos y de la gente”.
Iván Moreira, referente de organizaciones que trabajan en barrios del oeste, no deja recocer la apuesta del municipio y la provincia, pero la señala como “insuficiente”, y agrega: “Se nota que cada vez disminuye cada vez más el alimento con proteína, se consume cada vez más harina y el descarte del pollo que son las alitas, porque la carne es casi impensado para comprar”.
Carina sostiene otro espacio en Travesía al 200, que se mantiene fundamentalmente con donaciones para poder ofrecer lunes y miércoles la copa de leche, y raciones de comida jueves y sábados. “Yo hago una olla de cien litros y con eso repartimos, viene cada vez más gente”, dice la mujer, a la que también cada vez más se le dificulta llenarla.