Hace más de dos años que los rosarinos conviven con distintas consecuencias de los incendios en el Delta: miles de hectáreas incendiadas en los humedales, focos de calor en las islas y humo son algunas de ellas. Pero, ¿qué pierde un rosarino con cada metro de los humedales que se pierde producto de los incendios intencionales que se desatan sin control desde febrero de 2020 y que recrudecieron en los últimos dos meses? Las cenizas son el eslabón final de una cadena que sepulta los beneficios de los humedales: aire limpio, agua purificada, reciclaje natural, generación de materia orgánica y la no interrupción de múltiples especies son algunos de ellos.
Desde que comenzó esta saga de incendios en 2020 que, por el momento y hasta que haya avances legislativos ni judiciales, parece interminable, se quemaron 800.000 hectáreas en el Delta del Paraná, según datos aportados por el Observatorio Ambiental de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Magnificar la pérdida específica de biodiversidad no es posible sin un estudio previo, pero sí se puede hacer hincapié en las funciones ecosistémicas que van desapareciendo a la par del territorio arrasado, explicó a La Capital la licenciada en Ciencias Biológicas e integrante del Taller Ecologista, Cecilia Reeves.
Resaltó que lo principal que se pierde con cada hectárea que se quema en los humedales son funciones ecosistémicas claves. Por más que estemos en el medio del centro o en un barrio sin registro de que hay un sistema de humedales a unos pocos kilómetros, estos siguen siendo vitales. “No somos el centro, sino que convivimos y cohabitamos con otros seres que merecen vivir como nosotros”, remarcó. Y agregó que “el fuego arrasa y deja una homogeneidad que es pérdida absoluta de riqueza en el humedal. El pulso de la vida en el humedal es el agua, no el fuego”.
“Hay un equilibrio perfecto en cualquier ecosistema y en un humedal en particular, por las funciones ecosistémicas. Cuando el hombre mete la pata o el fósforo, en este caso, esto se desequilibra. Se pone en jaque toda la salud del ecosistema, incluida la nuestra, que depende de vivir en ecosistemas saludables”, explicó, para agregar: “La cantidad de vidas que se pierden es incalculable, porque hay insectos y animales pequeños que no se pueden escapar del fuego y que cumplen una función en ese ecosistema”.
Funciones clave
Reeves listó las principales funciones ecosistémicas que se van perdiendo con cada hectárea de humedal que se quema año tras año, una y otra vez.
La capacidad de “depurar el aire” figura como la primera consideración, en un contexto en el que las mediciones de calidad de aire son alarmantes. Al respecto, la especialista explicó que los árboles son vitales para esta función, ya que “captan partículas y las incorporan a sus tejidos”.
La licenciada también remarcó el “reciclado natural de la materia orgánica, la generación de la misma para la vida y las funciones que derivan de la biodiversidad como fuente de alimento” como principales cuestiones que se pierden, aunque hizo especial foco en la depuración de las aguas que llevan adelante los humedales: “Las aguas que vienen del río, vienen contaminadas. El humedal absorbe, en su estructura, esos contaminantes como si fuera una esponja. La vegetación que conforma los humedales tiene esa propiedad de incorporar los contaminantes en sus tejidos. Al quemarse esa vegetación, el suelo se vuelve menos poroso, pierde su capacidad absorbente y las plantas se mueren”.
En relación a esto, el ambientalista César Massi reforzó que el territorio está desgastado: “Hay una pérdida masiva de cobertura vegetal. En la fisonomía del río, donde tiene que haber agua, hoy hay un polvorín lleno de tierra y cardo”. Y afirmó que, con cada quema, “esa dinámica se convierte en un abuso porque no dejás que nada prospere”.
Este cambio en la composición vegetal, afirmó, “afecta sobre todo a la fauna porque tener el río mucho más desnudo hace que los animales dejen de aparecer y no tener pastizales lleva a que muchos otros, que caminaban escondidos, queden expuestos”.
El sauce y los controladores biológicos
Massi detalló que de la falta de continuidad de distintas especies de árboles, como el sauce, vienen otras consecuencias. La cadena de problemas tiene varios eslabones y repercute en todo el ecosistema: “En este desequilibrio gigante que hay, conservar humedales sanos nos ayuda de todas las maneras posibles”.
Los que sufren más el fuego, según explicó el ambientalista, son los bosques de sauces, iniciadores de bosques junto al aliso: “Los sauces tienen madera muy blanda, llena de agujeros por los insectos. Un sauzal que lo agarra el fuego lo deja herido de muerte y eso afecta al río porque son bosques nodriza porque forman las islas y sirven para que crezcan otras especies, como el timbó colorado, el timbó blanco o el laurel. Si eliminás de entrada los sauces, terminás con toda la sucesión ecológica”.
La eliminación de los sauces no repercute solo en la flora, sino que la fauna también se ve comprometida: “En los sauces hay lechuzas y carpinteros, que se alimentan de esa madera blanda. Eso impacta en la ciudad porque hay menos polinizadores y menos ejemplares que comen insectos”. Y sumó que las quemas matan a muchas víboras, otro de los “controladores biológicos”, junto a aves y otros reptiles, que aportan los humedales frente a la proliferación de plagas: “En verano mucha gente disfruta del río y la isla, y las víboras ayuda a que no esté invadido de ratas”.
humo incendios islas
Foto: Virginia Benedetto / La Capital
En ese sentido, Peruggino manifestó: “Es desesperante pensar en la situación de los reptiles, que son habitantes icónicos del humedal: tortugas, serpientes, lagartos. Todos quedan bajo fuego porque son animales que no están activos por estar aletargados por el invierno y ni siquiera pueden intentar escaparse”.
Resaltó que a Mundo Aparte “todos los días llegan animales” desde las islas y repasó: “Hay un gato montés, la semana pasada llegó un carpincho y lo que más estamos viendo son aves. Muchas llegan solas”. Y si bien las aves “zafan” por poder escapar de la isla, Reeves advirtió que ellas también tienen serios problemas con la descendencia: “Hay aves que dejan huevos o que nidifican en el suelo. Cuando quemás, destruís el hábitat donde esa especie se desarrolla. Al desaparecer el hábitat, esa especie también lo hace de manera indirecta”.
“Las especies que no pueden salir quedan atrapadas por el fuego, eso es pérdida directa. Las aves pueden volar, pero si dejan sus huevos o sus pichones ahí, indirectamente se va a ver afectada la especie en la próxima temporada reproductiva porque no va a nacer la población”, agregó.
Moderación de temperatura
Hace unas semanas, La Capital publicó una nota en la que especialistas en clima y ecología marcaron que habrá temperaturas más elevadas y máximas históricas que se desarrollarán en períodos más cortos en relación a los calculados hacia finales del siglo pasado. Y la pérdida de vegetación en el humedal contribuye a acentuar esta condición.
Al respecto, Massi dijo: “No tenemos bosques, pero tenemos humedal. Las funciones son las mismas: regulan la temperatura, el ciclo hídrico y la calidad del aire. Afectar todo eso en una época como esta, en la que el arbolado público de la ciudad retrocede, no ayuda a mitigar el clima bravo. Esa función moderadora, en un sistema con sequía y con fuego intencional, no está”.
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Además, manifestó su preocupación por la eventual desaparición de algunas especies, como la orquídea del humedal: “Tiene flor amarilla y vive asociada al pajonal de la isla, que es el ambiente que más se quema. La descubrimos por primera vez en 2018 yendo a los bosques que están al lado del Legado Deliot. Se han quemado poblaciones de esa orquídea al estar con incendios todos los años”.
orquidea del humedal
Foto: gentileza César Massi.
Por su parte, Reeves hizo hincapié en la pérdida de diversidad de paisaje que deriva de la continuidad de los incendios: “Estos ambientes o espacios que se van perdiendo, dependiendo de cuál sea la zona que se queme del Delta, tienen mucha vegetación arbórea y de media loma. También se pierde diversidad a nivel genético: al desaparecer individuos de una especie, desaparecen sus genes. Al ir cortando su descendencia o el hábitat donde viven, o favoreciendo una especie en desmedro de las otras, se pierde diversidad genética y eso, para la evolución de un ecosistema, es gravísimo”.
“No podemos seguir con la idea de convertir un área natural en un sistema de producción y que nadie pague las consecuencias. Porque las estamos pagando con pérdida de biodiversidad”, concluyó Peruggino.