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Un vuelo de pájaro de cuatro horas en la Antártida, la tierra de "los polares"

Científicos y militares argentinos que viven un año en la base Marambio cuentan sus experiencias y la esencia de la vida diaria. La estadía está limitada a los caprichos del clima.

Domingo 01 de Febrero de 2015

Volar en un Hércules C-130 es como viajar en la panza de una enorme ballena metálica. Desprovisto de todos los revestimientos de los aviones comerciales que buscan hacer a los pasajeros más placentera su estadía, la nave exhibe sin pudor tuberías, conductos y palancas. En la cabina de pasajeros no hay asientos ni está aislada, el ruido de sus motores y hélices es constante. Sin embargo, cuando después de tres horas y media de travesía por las ventanillas se divisa el mar de un azul intenso salpicado de témpanos y empieza a dibujarse la figura de la península antártica, tan blanca y nítida como en los mapas escolares, los detalles del vuelo se repliegan a un segundo plano.

Llegar a la Antártida no es un plan sencillo. Las condiciones meteorológicas cambian constantemente y resulta imprescindible consultar varias veces los pronósticos antes de partir. La estadía en el sexto continente también está limitada a los caprichos del clima. Por eso, el domingo pasado, la comitiva encabezada por el ministro de Defensa Agustín Rossi, pudo aterrizar en la base Marambio recién al mediodía y permanecer apenas cuatro horas.

Un tiempo repartido entre saludos protocolares, sobrevuelo en helicóptero y la posibilidad de acercarse apenas a la superficie de la tarea cotidiana que realizan quienes eligen vivir en ese territorio inhóspito y remoto, uno de los únicos lugares del mundo donde todavía se puede experimentar algo parecido al abismo.

 Uno. Entre noviembre y abril, los Hércules llegan entre cuatro y seis veces por semana a Marambio, la única base argentina con pista de aterrizaje para aviones de gran porte. Los vuelos son parte de la campaña antártica de verano, la operación que garantiza la subsistencia en las trece bases que el país sostiene en el sexto continente. Sólo seis permanecen en funcionamiento todo el año; a los militares y científicos que invernan en las bases los llaman "los polares".

Los días de verano están casi desprovistos de noche. Durante esos cinco meses, dos Hércules, el buque polar ruso Vasiliy Golovnin, el Aviso ARA Suboficial Castillo, el buque de transporte ARA Canal Beagle, un avión Twin Otter y dos helicópteros MI-17 y un Bell 212 transportarán al personal, las máquinas, combustible, materiales de construcción y los alimentos que se consumirán a lo largo del año. Los números son contundentes: hay que distribuir más de un millón de litros de combustible y al menos 6 mil metros cúbicos de carga.

La isla Marambio está a 1.200 kilómetros de Río Gallegos. Sobre una meseta, a unos 200 metros del nivel del mar y muy cerca de la costa se levantó la base militar, una serie de construcciones pintadas de color naranja y unidas por pasarelas levantadas por sobre el suelo arcilloso y desprovisto de verde.

En verano, estos puentes sirven para que los visitantes no se pierdan cuando las nubes bajan y apenas se alcanza a adivinar la punta de los zapatos. En invierno, una de las tareas que lleva más tiempo es quitar la nieve que se empecina en tapar las plataformas; mientras que las barandas se usan para desafiar al viento. A veces no alcanza con agarrarse fuerte, hay que atarse con una cadena.

Dos. Todo en la Antártida adquiere forma de epopeya. La construcción de la pista de aterrizaje de Marambio se narra en esa clave: pocos hombres y pocas herramientas (apenas picos y palas) lograron completar los primeros 400 metros en menos de diez meses. Actualmente, la senda suma 1.200 metros y permite el arribo de aviones de grandes dimensiones, por eso se la considera la puerta de ingreso a la Antártida.

Aún así, ni siquiera en verano permanece operativa todo el día. Su cubierta es de barro y hielo (el nombre correcto es permafrost) que suele descongelarse cuando la temperatura supera los 0 grados. "Es complicado aterrizar un Hércules en el barro y no queda otra que esperar a que la pista se congele para volver a operar. Y cuando tenés que despegar pasa lo mismo, dejás la pista destruida", cuenta sin tecnicismos un piloto de la base militar de Río Gallegos, quien recuerda que pocas veces se ha volado en esas condiciones, "únicamente para atender emergencias", precisa.

Se intentaron algunas alternativas para superar esos problemas que, sobre todo en los últimos veranos, se repiten con frecuencia. Una de las últimas, dice el especialista, fue armar una pista de aluminio. Pero el proyecto no dio resultado porque el terreno es muy resbaladizo y, al paso de las ruedas de aterrizaje, las piezas de metal se movían.

En invierno, los inconvenientes son otros: la falta de luz y la posibilidad de que el combustible de las naves se congele son los que convierten los viajes en una rareza.

Tres. La campaña antártica de verano comienza con el relevo del personal. Por tradición, la operación se concreta cada 29 de octubre, fecha de fundación de la base Marambio, pero esta temporada el clima obligó a adelantarla cinco días. Un cinturón de nubes bajas subpolares, que se desplazan muy rápido desde el mar forman lo que se llama un "mar de nubes" y en sólo cinco minutos pueden llevar la visibilidad a cero. En ciertas condiciones, estos temporales pueden extenderse varios días seguidos.

Este verano llegaron a Marambio unas 150 personas, militares encargados del aprovisionamiento y mantenimiento de la base, técnicos y los investigadores que integran una decena de campamentos científicos. A partir de abril, cuando las temperaturas pueden descender hasta treinta grados bajo cero y los vientos superar los 120 kilómetros, permanecerán en la base sólo los integrantes de la dotación 46, unas 40 personas.

La planta central de la base tiene biblioteca, sala de juegos, gimnasio, lavandería, central de comunicaciones y centro médico. Sin embargo, el corazón del edificio está en la cocina. Al frente del lugar está Flavio Roldán, un misionero, papá de tres niños, que acumuló experiencia como cocinero en la brigada aérea de Tandil.

"La dieta influye en el humor cotidiano de la base, la gente viene de afuera, de trabajar con mucho frío y en la cocina encuentra calorcito y cosas ricas para comer. Avisamos por radio que hay tortas fritas y chocolate caliente y enseguida están todos acá con sus vehículos para llevar a los distintos servicios”, cuenta el hombre que en la base se siente como “el papá de todos”, quizás para superar lo que más extraña.

   La otra pérdida, la costumbre de escuchar la radio, dice, ya encontró como superarla. “Cuando llego a la pieza, por internet me bajo los programas de Alejandro Dolina del día anterior. Lo sigo escuchando así. De todas formas, paso más tiempo en la cocina que en la habitación: me levanto a las ocho y no termino hasta las once de la noche. Acá hay que mantenerse ocupado”, señala.

   Un imperativo que se escucha varias veces cuando se habla con quienes viven en la base.

Cuatro. Para la comunidad científica, la Antártida es un laboratorio natural. Es el único continente todavía no desfigurado por la presencia humana y un espacio de privilegio para estudiar fenómenos como el crecimiento del agujero de ozono o el calentamiento global. Allí se acumula la mayor parte del hielo continental y se forma gran parte del agua fría que se redistribuye por el planeta, captando o liberando calor.

   Aún con lo áspera que resulta la vida en ese sur extremo, quienes viven en Marambio afirman que se trata de una de las sociedades más civilizadas del mundo: no existe el dinero, se habla una suerte de idioma universal (“a medias entre el inglés y el español”) y la primera ley es cuidar al otro.

   O al menos esa es la primera lección que aprendió Marcos Albertini cuando llegó a la base. A punto de graduarse de ingeniero electrónico en la Universidad de Córdoba, tiene a su cargo la estación de altura de ozono del Servicio Meteorológico. “Investigar en la Antártida es algo único y no sólo porque trabajamos sobre fenómenos que sólo se dan aquí, sino por lo que significa realizar esta tarea en un contexto particular. En el continente, uno come, se baña y se divierte, utilizando recursos que uno da por sabido, como agua potable, luz o calefacción. Acá todo esto está relacionado con el trabajo del compañero: los plomeros hacen el agua, los usinistas se encargan de que haya luz y calefacción. Y todo eso hace al funcionamiento de la base y del trabajo que hacemos todos”.

   Por eso, explica, “lo que más hay que cuidar es a la persona que uno tiene al lado. Hay que tratar de que todos la pasen bien, de evitar problemas porque el año es largo y vamos a ver todo el día las mismas caras. Además siempre es mejor trabajar y no estar separado. El clima es hostil, pero así se puede llevar tranquilamente”.

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