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Un experimento en Estados Unidos confirma la "teoría" de las ventanas rotas

Es un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. La prueba consistió en dejar un auto en la calle sin las patentes y con las puertas abiertas, y esperar a ver qué ocurría. 

Viernes 02 de Octubre de 2009

Es un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. La prueba consistió en dejar un auto en la calle sin las patentes y con las puertas abiertas, y esperar a ver qué ocurría.

Zimbardo abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas, y esperó a ver que sucedía.

Pasaron tan solo diez minutos y comenzaron a robar sus componentes, mientras que tres días más tarde no quedaba nada que tenga valor. Luego de esto, lo que quedaba del vehículo empezó a ser destrozado.

La segunda parte del experimento consistió en dejar un vehículo en condiciones parecidas en un barrio rico de Palo Alto, California. Allí no pasó nada y el auto estuvo intacto durante una semana. Zimbardo decidió hacer algunos pequeños destrozos al vehículo y esa fue la "señal" para que los honrados vecinos californianos hagan lo mismo que los del Bronx: comenzaron a saquearlo.

Argandoña explica que este experimiento dio paso a la teoría de las "ventanas rotas", elaborada por James Wilson y George Kelling: si la ventana de un edificio aparece rota y no es arreglada con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte.

¿Cuál sería la explicación? Seguramente es divertido romper cristales, pero principalmente la razón es que la primera ventana rota deja un mensaje: "Aquí no hay nadie que cuide de esto".

El ejemplo puede trasladarse a las pintadas en las paredes, ya que es muy común que cuando un grafiti permanece mucho tiempo, inmediatamente la pared se ve "decorada" con muchos más. Igual sucede con la limpieza en las calles y el cuidado de los jardines.

"El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian", da cuenta Argandoña, profesor de Economía del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, en una columna de opinión publicada hace pocos años en el diario El País.

El español cita el trabajo de Wilson y Kelling: "Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica y, consiguientemente, modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirar ni hablarles. No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse".

Según Argandoña, el análisis es factible de ser llevado a muchas otras facetas de la vida social o el ámbito empresarial. El descuido de normas éticas o irregularidades menores llevará inevitablemente a un efecto en cadena casi irreversible.

El camino para no caer en estas prácticas sería recuperar "las conductas cívicas y morales en la familia, en la empresa, en el club deportivo, en la ciudad, en los medios de comunicación, etcétera".

Argandoña cierra su columna con citas de Kant -"Actúa siempre de modo que tu conducta pueda ser considerada una regla universal"- y de Aristóteles -"Esas conductas nos empeoran a nosotros mismos como personas"-, y deja un mensaje para reflexionar: "Si no quieres ser mentiroso, no digas la primera mentira, porque... la próxima vez será más fácil".

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