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"Sentí que me estaba muriendo"

 Lucas Raimondi tiene 33 años. Obsesionado por su cuerpo llegó a tomar nueve pastillas por día de estanozolol, un anabólico esteroide de consumo frecuente entre atletas y fisicoculturistas. Sufrió daño hepático y estuvo al borde del trasplante. Cómo es su presente.

Domingo 22 de Marzo de 2015

El 19 de marzo se cumplieron dos años del primer día que Lucas Raimondi pasó en el infierno. Al menos así lo recuerda este muchacho de 33 años, padre de una nena de 5, que lidió durante semanas con la muerte como consecuencia del consumo de anabólicos esteroides.
 
Habló con Más del peor momento de su vida, y lo hizo con entereza pero también con mucha emoción. Lucas conoció el sufrimiento, el espanto, la desesperación. Pero agradece tanto este presente que se siente con fuerzas como para contarle al mundo que tomar sustancias ilegales para tener un cuerpo mejor se paga muy caro. “La idiotez, cuando se contagia, termina siendo colectiva”, reflexiona, en relación a que en ciertos gimnasios y circuitos de entrenamiento “todos toman, tomaron o van a tomar alguna papa”.
 
“Sabés que te hace mal. El tipo que tiene algún recorrido en esto lo sabe, pero no hay ninguna conciencia de que te pueden matar”.
 
Lucas siempre estuvo vinculado al deporte. Jugó al fútbol, hizo boxeo, Vale Todo y fierros. Con 110 kilos y 1,82 de altura igual se sentía pequeño. Tomaba proteínas, aminoácidos, comía 11 milanesas en una sola jornada. “El diagnóstico de vigorexia ya lo tenía, esa distorsión sobre el cuerpo que te hace ver lo que no es”. Por eso todo esfuerzo era insuficiente. Y así aceptó el primer frasco de anabólicos esteroides que le ofrecieron unos amigos de Buenos Aires, para verse más grandote.
 
Le regalaron el primero de estanozolol (estano, como se lo conoce en el ambiente). Al segundo frasco lo pagó 300 pesos. “Fue una locura, yo estaba bien físicamente, hacía un año que no tomaba alcohol, pero entrás en esa porque todos los consumen, y bueno, pasó lo que pasó”.
 
Lo que sucedió de un momento a otro, y a menos de un mes de tomar las pastillas (llegó a consumir nueve por día), es que comenzó a orinar oscuro y su materia fecal se volvió blanca. “Me asusté un poco pero igual no le di tanta importancia. Como pasaron unos días y seguía con esos síntomas le avisé a mi mamá y me dijo que vaya urgente al médico. Mi mujer me llevó en el auto a hacerme un control. Al día siguiente me llamaron del laboratorio y me dijeron que vaya urgente. No me dejaron salir del sanatorio. Las enzimas hepáticas, que muestran el estado de tu hígado estaban completamente alteradas”.
 
“Cuando te digo que más allá de algunos síntomas yo no me sentía mal, es cierto. Al punto que el día anterior a internarme me comí una olla de albóndigas con arroz, así de bestia”, rememora.
 
Pasó quince días terribles a causa de una hepatitis tóxica aguda directamente relacionada con los anabólicos. Con el correr de las horas la debilidad, el tono amarillo en todo su cuerpo y la picazón se volvieron parte de lo cotidiano. “Les veía la cara a los médicos y me daba cuenta. Me hablaron de falla hepática y hasta de trasplante. Yo les preguntaba si me iba a morir”. Lucas asumió en el primer interrogatorio médico que tomaba anabólicos, algo que no todos estos pacientes hacen. “Les conté de una”, señala.
 
"Fue tremendo. Estaba asustado, me picaba todo. Llegué a arrancarme pedazos de piel de los pies, las piernas, los tenía en carne viva. La comezón no te deja dormir porque si te dormís es peor. Un día me estaba cuidando un amigo, me acuerdo que me levanté y pensé “¡basta, que se termine, hasta acá llegué!”. Dice que su hija lo salvó y que la culpa por lo que “hizo” lo agobia hasta el día de hoy. “Puse mucho de mí para salir, es cierto, y tengo un cuerpo fuerte, pero sobre todo tuve cerca a los mejores médicos. Federico Tanno, de la Clínica de Hígado, es como mi héroe. Estuvo en el peor momento porque cuando salí de la internación tuve que pasar otros dos meses terribles hasta que me curé. Me acuerdo que venía a Rosario a los controles todo tapado con mantas porque no soportaba que me pegue el sol en la piel ... una película de terror”.
 
Bajó 36 kilos en esos meses. “Los que me veían antes y se encontraban conmigo después no me reconocían, de decirme Grandote pasaron a llamarme Chiquito”, comenta con una sonrisa. Sonrisa que ahora saca a relucir cada vez que puede: “No hay día que no agradezca el haberme salvado, por eso de verdad quiero decirles a los pibes, a todos los que están en competencia y se meten esto adentro que lo de los anabólicos no es joda, que te podés morir, y no hace falta consumirlos por mucho tiempo para estar en el infierno”.
 
 

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