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Reacción de televidentes por una conductora que dijo que el limón previene el cáncer

La conductora española Mariló Montero habló de las “virtudes” de la aromaterapia para prevenir el cáncer y desató la polémica. Una nota para echar luz sobre la vigencia de las pseudociencias.

Domingo 22 de Marzo de 2015

El miércoles 21 de enero por la mañana la conductora española Mariló Montero se acercó un limón a la nariz, lo olió y miró a cámara. Y entonces dijo con toda ligereza en su programa Saber vivir del canal RTVE: "El aroma del limón puede prevenir el cáncer". No pasó ni una hora para que la red –o al menos una fracción de ella– comenzara a vibrar de indignación. Los reclamos explotaron en Twitter, en Facebook, en Instagram.

Hasta que la irritación decantó en reclamo: federaciones españolas de biotecnología, asociaciones de fomento de la cultura científica, entidades biomédicas y otros 549 ciudadanos indignados –y preocupados– elevaron en conjunto una queja formal al Defensor del espectador de RTVE por la reiterada promoción de terapias alternativas y charlatanerías sin evidencias, no sólo en aquel programa mañanero sino en toda la televisión pública española. Y esperaron. Pasaron los días y la conductora y el canal siguieron como si nada, sin hacer una sola mención al asunto. Hasta que un artículo sobre la polémica publicado en el diario El País puso el tema en agenda y la cadena no tuvo otra opción que salir a pedir perdón a través de una nota en la que afirmaba: "Saber vivir no puede ni debe aconsejar la práctica de la aromaterapia como vía para la prevención del cáncer, ni de cualquier otra terapia que no esté avalada por las organizaciones médicas".

Lo que llamó la atención del "incidente del limón", en realidad, no fueron las descabelladas afirmaciones de la presentadora. Tampoco la retractación, sino más bien que hubo una reacción, que la patinada desató una protesta manifiesta  y colectiva, una denuncia, aquella que estuvo ausente, por ejemplo, el 5 de marzo pasado cuando los productores del programa AM de Telefé no tuvieron mejor idea que convocar al living televisivo a la astróloga Mónica Eyherabide para hablar sobre las inundaciones cordobesas y despacharse de paso sobre "el fin del mundo" y "el mundo amenazado por catástrofes".

Vivimos en tiempos extraños, contradictorios: una época moldeada y movida por la ciencia pero en la que aún persisten y cada vez tienen más visibilidad y presencia costumbres y propuestas oscurantistas por parte de fabuladores, embaucadores profesionales, movimientos antivacunas, negadores del cambio climático, del sida, de la llegada a la luna y de la evolución. Charlatanes, embajadores de una edad oscura, medieval, plena de irracionalismo y superstición.

Sólo basta abrir un diario o una revista dominical o encender el televisor para que lluevan horóscopos, cartas de tarot y diagnósticos numerológicos, para que aparezcan videntes espirituales que aseguran tener la solución a todos los problemas, místicos cuánticos y hasta títulos como "Rumpología: cómo será tu futuro según tus glúteos", "Astro-estilo: ¿Cómo nos vestimos según el signo?", "¿Nueva técnica?: Ella asegura que lee el futuro al mirar los pezones".

No hay que buscar mucho para encontrar alguna que otra nota sobre señores y señoras —"brujos" y "brujas", según su CV— que aseguran haber realizado tareas de "limpieza espiritual" para ahuyentar "malas energías" en el Teatro porteño Lola Membrives donde actuará en breve Susana Giménez. En realidad, si se lo piensa bien, astrólogos, parapsicólogos, brujitos mayas y demás personajes freak no tienen toda la culpa. Son comerciantes. Además de jugar con la desesperación y la esperanza de miles de personas en crisis —por una enfermedad propia o de un ser querido, por la falta de trabajo, por lo que sea— y no ofrecer nada parecido a una prueba que fundamente sus afirmaciones, buscan vender su producto, sus disparates y  fantasías como aquel vendedor ambulante que saltando de colectivo en colectivo ofrece chocolates, turrones y espejitos de colores para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.

La responsabilidad recae también en editores desinformados, productores ignorantes, portales online, diarios, revistas, radios y canales de televisión que, con el objetivo de tentar el click, vender libros-basura o arañar un dígito de esa mentira llamada rating fortalecen el fraude al convocarlos como autoridades, como expertos en lo que sea. Lo saben: las pseudociencias —por más ridículos que sean sus argumentos— colman necesidades emocionales poderosas, alimentan las esperanzas de una audiencia desamparada a la que nunca nadie le enseñó a pensar críticamente. Lectores y espectadores que no se atreven a cuestionar dogmas heredados y que, para colmo, los medios de comunicación le han fallado al extirpar espacios donde enterarse de los avances en la lucha contra el cáncer o cómo combatir el calentamiento global.

Ninguno se atreve a cuestionar, a preguntar "¿cómo?". ¿Cómo es que un planeta colosal y gaseoso como Júpiter indiferente a la existencia de una especie de organismos bípedos como nosotros, un mundo de tormentas eternas ubicado a millones de kilómetros decide sobre nuestro estado de ánimo, sobre lo que haremos hoy, la semana próxima, el año que viene?. Eso: "¿Cómo?". Siguiendo su propia lógica desvariada de pensamiento, ¿por qué en ese género narrativo que conforman los horóscopos nunca se habla acerca de la influencia de agujeros negros, nebulosas, galaxias, cometas, asteroides, exoplanetas?

Las pseudociencias están tan presentes a nuestro alrededor que ya no las cuestionamos. Se infiltraron en nuestro discurso. Como esclavos, simplemente creemos y pensamos a través de sus categorías como quien en una primera cita pregunta por el signo zodiacal de su potencial pareja para definirlo.

Las pseudociencias son versiones modernas y peligrosas del pensamiento mágico. "Son como las pesadillas –dice el famoso filósofo Mario Bunge–: se desvanecen cuando se las examina a la luz de la ciencia. Mientras tanto infectan la cultura".

Todo se resume, como recordaba Carl Sagan en su más que recomendable libro El mundo y sus demonios, en un dilema: "¿Nos importa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?".

Cada sociedad convive con la respuesta a estas preguntas.

 

 

 

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