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"El sexo en el holocausto nos recuerda que ese es el último nexo con la vida"

Federico Andahazi presentó en Rosario Los amantes bajo el Danubio, su primera obra con tinte autobiográfico que narra la historia de su abuelo, quien durante la Segunda Guerra salvó la vida de dos judíos.

Domingo 05 de Julio de 2015

Dice Federico Andahazi que se encontró con esta historia a los 18 años. Cree, que desde entonces, este libro se fue gestando en su cabeza. Señala que no es fácil escribir sobre cuestiones autobiográficas, que más bien es problemático. Y argumenta los por qués. Piensa, en otra instancia, que esta quizás esta debió ser su primera novela, pero que todo llega a su tiempo. Concluye que Los amantes bajo el Danubio (Editorial Planeta), su nuevo libro es quizás su obra más íntima y personal. Y además es una novela sobre la dignidad. En un mano a mano con La Capital dio detalles de esta historia en la que el protagonista es su abuelo, algo así como un héroe de la Segunda Guerra Mundial. No por combatir en ningún campo, sino por salvar la vida de dos judíos.
 
La historia está ambientada en Hungría, en 1944. Transcurre la Segunda Guerra Mundial y los nazis sitian Budapest. Bora, un diplomático y pintor excelso oculta, junto a su mujer Marga, a una pareja de judíos en su sótano. Esa pareja son su ex mujer Hanna y el hombre con el cual ella lo engañó, Andris. En un abrir y cerrar de ojos las vidas vuelven a juntarse, aunque con un tabique de por medio. Los que viven arriba intentan simularlas como normales. Por el bien de todos. Los de abajo sobreviven como pueden. Los amantes bajo el Danubio se aman. Sin tapujos ni límites. Ese es el recurso y el verdadero refugio que decidió darles Andahazi cuando imaginó a los personajes. Y con una justificación: "El sexo en el holocausto nos recuerda que ese es el último nexo con la vida". Bora y Marga son los abuelos paternos del escritor. Por ende,esta también es la historia de su padre. Y la de él. Aquí, con un estilo sutil pero a la vez inquieto y profundo, por primera vez aborda una faceta autobiográfica.
 
"Reconstruir una historia personal es mucho más difícil que hacer otro libro —cuenta Andahazi—, porque sobre todo hay un costo afectivo grande, cosas que uno quiere saber y algunas a las que no puede llegar. Los Amantes Bajo el Danubio inicia hace muchos años. Es una novela que empecé escribir sin darme cuenta y que tiene que ver con un descubrimiento fortuito. Mis padres estaban separados, yo a mi viejo no lo conocía y lo único que tenía de él era un pequeño librito que descubrí en la biblioteca de casa, de poesía, en cuya solapa había una foto del autor, que se llamaba Bela Andahazi. Era él y todo lo que yo conocía de él. Pasaron muchos años y a los 18 yo iba caminando por Corrientes y en la esquina con Montevideo (en Buenos Aires), donde hay un bar de intelectuales, veo un tipo parado fumando una pipa. Dije 'yo a este hombre lo conozco, es el tipo de la foto, es mi viejo'. Entonces me acerco, tímidamente y le pregunto si él es Bela Andahazi. Me dice que sí y le digo que soy Federico. '¿Qué Federico?' Ya de por sí no es fácil preguntarle a alguien quién es uno y menos si ese alguien es tu papá. A partir de eso pudimos establecer una relación, no muy estrecha, porque es muy difícil construir una historia a los 18 años pero sí llegamos a ser muy amigos, nos unía la pasión por la lectura. Cuando llego a mi casa tras ese encuentro lo primero que hago es buscar ese librito para armar la historia y cuando lo abro, de la solapa caen unos recortes muy viejos de los años '50 donde me entero que a mi abuelo fue reconocido por la Amia por haber salvado judíos durante la guerra, junto con Emilie Schindler de quien era muy amigo. Así que no sólo estaba con la novedad de conocer a mi padre, sino que al conocer ahora esta historia quería enterarme de todo, quería saber quién era mi padre, quién era esta gente que mi abuelo había escondido en su casa de Budapest y claro, me encontré con una serie de problemas. A mi abuelo paterno nunca lo había dejado de ver, a pesar de que a mi padre no lo veía. Pero la gente que estuvo en la guerra no habla de la guerra y él había estado en las dos, incluso de la primera tenía un souvenir, una bala alojada en la cabeza. Así que nunca hablaba de eso. Y mi padre no tenía una buena relación con mi abuelo así que él tampoco hablaba demasiado sobre este tema. Escribir este libro fue reconstruir todas esas historias y poco a poco pude, y creo con bastante fidelidad".
 
—Alguna vez dijiste que no pudiste publicar antes esta novela, con tu papá estando vivo, ¿qué era lo que te condicionaba?
 
—Uno escribe siempre para un lector y tiene muy presente esa mirada. A veces esa mirada del lector suele ser un aliciente y otras veces muy paralizante. No hubiera podido escribir la novela bajo la mirada de mi padre. Porque él es parte de esta historia, porque sé que no estaba cómodo en ella y hubiera sido un lector muy parcial, me hubiera influido de una manera que hubiese entorpecido la reconstrucción de esta historia. Fueron varios los factores que me llevaron a escribir ésta, que quizás debió haber sido mi primera novela, ahora. Tiene que ver también con que crucé la barrera de los 50 años y a esta altura uno se da cuenta de que su único patrimonio es una biografía y tengo dos hijos, entonces eso puso en perspectiva a relación que yo tenía con mi padre y la que él tenía con el suyo. Hay una pregunta que nunca le hice a mi padre: "¿Por qué?", "¿por qué esa ausencia de 18 años?" Y es la pregunta que le traslado al protagonista de la novela: es el "¿por qué?" a su esposa (la primera, Hanna, quien lo engañó). Esa pregunta que nunca le pude hacer a mi padre, aparece en todo el libro, apenas si la puede formular el protagonista, pero creo que todos, cuando escribimos o leemos, vamos detrás de un por qué.
 
—Vos hablás mucho de las preguntas existenciales y acá, en cierta manera, hace mantener vivo al protagonista, que no es el que está en riesgo en primera instancia...
 
—En aquella época esconder judíos en la casa era un riesgo para todos, eso implicaba (si te descubrían) la muerte de todos los personajes. Es curioso porque esto que en principio parece un acto de altruismo, de generosidad, como es esconder a tu enemigo dentro de tu casa, no es tan así. Andris, el marido de Hanna, pensaba que ese acto de generosidad era una venganza, que Bora le estaba demostrando que era mejor que él, él la pasaba muy mal en ese cautiverio, mucho peor que ella, los hombres somos en general más débiles que las mujeres. Creo que finalmente esta es una novela que habla de la dignidad. Y me parece que hay una escena que sintetiza eso: en un momento Budapest es sitiada y no se acaba la comida. Mi abuelo escucha unos gritos en la cocina y cuando entra se encuentra con que el personal doméstico se está disputando una rata. Se indigna, se enoja, les arrebata la rata y les explica que comer ratas no tiene nada de malo. De hecho en la Primera Guerra Mundial él comió ratas y es deliciosa. Pero comer rata no significa convertirse en rata. Entonces los hace sentar a la mesa, el mismo la prepara y también prepara esa rata con los pocos condimentos que le quedaban, hace un manjar de rata y va a la bodega a buscar un vino para acompañar esa comida. Y esa comida es la más deliciosa. Ese el sabor de la dignidad. En la guerra, donde surge lo peor del ser humano, conservar ese amor por la especie, cuando la especie se convierte en algo monstruoso, hace a la dignidad.
 
—La novela transcurre en dos planos, el arriba y el debajo de la casa. Arriba están Bora y Marga y abajo están Hanna y Andris, los judíos que están ocultando. Les das a ellos un elemento: la sexualidad. ¿Por qué se los das?, ¿Qué te motivó a imaginarlos así en el sótano? Esos seguramente no eran de los detalles que tenías de la historia...
 
—No, efectivamente, hay una reconstrucción por la vía de la ficción. Pero no podés evitar pensar cómo funciona un matrimonio bajo esa circunstancia tan aterradora. Y lo que yo pensaba y es lo que le transfiero a estos personajes es que en estas circunstancias la sexualidad coincide exactamente con el amor. Y tiene otra función, que es la protección y Andris es un personaje muy débil. Entonces sucede que a mi abuelo, que era pintor lo visita un oficial nazi que quiere que lo retrate y ellos estaban ocultos exactamente debajo del atelier. Cada vez que viene el nazi ellos escuchan los pasos, las conversaciones. Andris se desespera al punto de querer suicidarse, entonces Hanna va a construir una coraza de placer y cada vez que viene el nazi se sumergen en unas sesiones de sexo... Y el sexo aparece ahí como el vínculo más genuino con la vida, como inherente al amor, a la protección. Porque finalmente el sexo es eso, no solamente es aquello que asegura la continuidad de la especie, sino que es el nexo con la vida y a veces, por cierta mirada condenatoria que hay de la sexualidad esto se pierde, de modo que lejos de parecerme ofensivo pensar el sexo en medio del holocausto, al contrario, me parece que nos recuerda que es el único nexo con la vida.
 
—Nombraste a tus lectores, los pensás cuando escribís ¿Qué tipo de vínculo tenés con ellos y qué sabés de cómo fue recibida esta nueva historia?
 
—La vida de los escritores, a diferencia de los músicos o actores, que tienen un feedback impresionante, para el escritor, el lector es una entelequia. Y justamente en los momentos de las presentaciones del libro podés ver esa metamorfosis, el momento en el que el lector ideal se convierte en el lector material. Me encantan las charlas, que los lectores pregunten, conversen... El lector finalmente es el que le da sentido a tu obra, te enterás de lo que escribiste cuando hablás con él. El contacto a través de las redes sociales se ha facilitado, pero el diálogo es tan fluido como pueden ser las redes. Me gusta tener una mirada cara a cara con el lector.
 
—Una vez contaste que caminabas por Europa y unas turistas españolas te reconocieron como el autor de "tal libro". ¿Que tu literatura haya traspasado las fronteras de Argentina tiene que ver con las temáticas universales a las que te volcás?
 
—Es probable, sí. Ese hecho ocurrió en Copenhague, en Dinamarca. Iba caminando por una peatonal hermosa que está llena de librerías... Es extraño sentirse reconocido. Pero más extraño es otra cosa que pasó en ese momento. Estas chicas eran españolas y venían hablando en su idioma pensando que yo no las entendía, "ese es el autor de El Anatomista". Y cuando se me acercan me empiezan a hablar en inglés, entonces les digo que hablo su idioma, que soy argentino. Y estaban muy sorprendidas de eso. Ahí te das cuenta que la literatura es universal, que la nacionalidad es anecdótica. Me parece que muchas veces se le otorga a la nacionalidad un lugar que no es desde donde se deben pensar las cuestiones. La literatura es universal y a mí me gusta, soy lector de esas novelas de las que no se sabe muy bien de dónde es el autor. La literatura es una gran patria que excede la frontera.
 
—El final de Los amantes bajo el Danubio es abierto. ¿Hay alguna idea de continuarla o tal vez ya estás pensando en otra historia?
 
—Estoy pensando en una segunda parte. Creo que es una historia que amerita una saga y que es algo que me debo a mí y que le debo al lector, realmente es un final abierto. Como lector también me gusta quedarme con preguntas. No sé si le voy a dar todas las respuestas al lector en una segunda parte pero en la medida en que yo vaya obteniendo respuestas y vaya  escribiéndolas las voy a ir compartiendo con el lector.
 
—Con ésta, tu primera novela autobiográfica, ¿hay un quiebre en tu carrera como escritor?
 
—Mi carrera de escritor está hecha de quiebres. De repente escribo novelas históricas, de repente una de tango y de repente escribo la historia sexual de los argentinos. No me gusta el lugar cómodo en el que se instalan muchos autores, "autor de tal cosa". A mí me gusta moverme, hacer cosas diferentes a las que espera el lector, porque si fuera por él estaría escribiendo El Anatomista 15 (risas), entonces creo que está bueno cambiar.
 
Biografía. Federico Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. Se graduó como licenciado en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. En 1997 publicó la novela El anatomista, obra con la que ganó el primer premio de la Fundación Fortabat. Ese libro se transformó en un rotundo éxito de ventas y se tradujo a más de 30 idiomas. Igual suerte tuvo su novela Las piadosas, en 1998. En 2000 apareció El príncipe; en 2002, El secreto de los flamencos y en 2004 Errante en la sombra. El siguiente año publicó la novela La ciudad de los herejes. En 2006 ganó el Premio Planeta de Novela con El conquistador. En 2008 publicó el libro de cuentos El oficio de los santos. Ese mismo año apareció Historia sexual de los argentinos, compuesta por tres volúmenes: Pecar como Dios manda, Argentina con pecado concebida y Pecadores y pecadoras. En 2013 publicó El libro de los placeres prohibidos. El anatomista y Errante en la sombra fueron llevadas al teatro por José María Muscari y por Adrián Blanco. En octubre de 2011 fue distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. A partir de 2015 publica la viñeta humorística Memé en ADN Cultura de La Nación, con dibujos de su esposa Aída Pippo.
 
 

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