"Los cristianos deben hablar de la muerte y explicar el concepto de la vida eterna en contra de las supersticiones, las mitologías y el sincretismo", dijo ayer Benedicto XVI durante el Angelus en la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos.

"Los cristianos deben hablar de la muerte y explicar el concepto de la vida eterna en contra de las supersticiones, las mitologías y el sincretismo", dijo ayer Benedicto XVI durante el Angelus en la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos.
"Es necesario hoy evangelizar la realidad de la muerte y de la vida eterna, realidades particularmente sujetas a creencias supersticiosas y sincretismos, para que la verdad cristiana no corra el riesgo de mezclarse con mitologías de distinto tipo", explicó.
Benedicto XVI, al hablar desde la ventana de su estudio que mira a la plaza San Pedro, retomó su encíclica "Spe salvi", donde se pregunta si "los hombres y las mujeres de nuestra época aún desean la vida eterna o si la existencia terrena se ha transformado en el único horizonte".
"Todos queremos la vida beata, la felicidad: no sabemos bien qué es y cómo es, pero nos sentimos atraídos hacia ella", dijo el Sumo Pontífice.
"La expresión vida eterna querría dar un nombre a esta espera insuprimible, a esta esperanza universal, común a todos los hombres", agregó.
Resaltó que "la vida eterna no es una sucesión sin fin, sino el sumergirse en el océano del infinito amor, en el que el tiempo, el antes y el después no existen más, es una plenitud de vida y de alegría". También destacó como "muy importante que los cristianos vivan la relación con los difuntos en la verdad y en la fe".
El 1º de noviembre fue instituido en Roma en el siglo IV en honor a todos los mártires cristianos, conocidos y desconocidos, que no tienen una fecha propia en el calendario eclesial. Al principio sólo algunos mártires y San Juan Bautista eran honrados un día especial, pero con las matanzas de Dioclesiano otros santos se fueron asignando gradualmente, hasta que el calendario no dio abasto para todos.
La celebración nació en Francia en el siglo X, cuando San Odilo, abad del Gran Monasterio de Cluny, decidió extender a los pobres los "psalmi" o súplicas familiares que hasta ahí estaban destinados únicamente a gente de linaje.
Recién en el siglo XIV Roma adoptó esta celebración, que un siglo más tarde llegó a España y de allí, al continente americanos, donde se entroncó con las ancestrales tradiciones de los autóctonos, sin llegar a ocultar la cosmovisión de las ancestrales comunidades. (Télam y DPA)


