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Anabólicos esteroides: las consecuencias de arriesgar la vida por el cuerpo perfecto

Una investigación demostró que se multiplicaron los casos de daño hepático por consumo de anabólicos esteroides. Alerta por el uso entre los más jóvenes. El alto precio del hedonismo.

Domingo 22 de Marzo de 2015

“Lo que te voy a contar es medio increíble pero me pasó a mi hace exactamente dos años. Yo, que era un animal de 110 kilos, me enfermé por tomar anabólicos. En un mes llegué a pesar 74. Estuve gravísimo, al borde del trasplante hepático porque literalmente se me destruyó el hígado. ¿Cuánto tiempo los tomé? Menos de 30 días...”. Lucas Raimondi recuerda el peor momento de su vida, y eso duele. Todavía lo atormentan la culpa, la irresponsabilidad, los fantasmas de aquellas noches en las que, internado, no podía dormir. La picazón en el cuerpo a causa de la falla hepática que padeció lo volvía loco. Llegó a arrancarse pedazos de piel de los pies y las  antorrillas. Amarillo y débil, sintió que se moría. “La vi cerca, muy cerca, de hecho en algunos momentos quise que se terminara”.
 
La dramática historia de Lucas forma parte de los 25 casos incluidos en el primer Registro Hispano- Latinoamericano de Hepatotoxicidad por consumo de anabólicos androgénicos esteroides. El estudio, que se realizó en distintos países e incluyó a la Argentina (fue publicado en la revista Alimentary Pharmacology and Therapeutics), demostró que en los últimos tres años el reporte de personas con daño hepático por uso y abuso de estas drogas subió del 1 al 8% en mayores de 16 años.
 
El servicio de Hepatología del Hospital Italiano de Buenos Aires realizó el año pasado un trasplante de hígado a un joven por esta causa. Otros tuvieron menos suerte y murieron en la espera.
 
Si se busca información en los gimnasios, especialmente en aquellos muy fierreros en los que la gente se esfuerza por incrementar su masa muscular, en lugares donde se preparan los fisicoculturistas, entre los atletas y en otros circuitos de entrenamiento como aquellos en los que se practica Kick Boxing o Vale Todo (una actividad que combina defensa personal, boxeo y artes marciales), el tema es un secreto a voces: todos toman, tomaron o van a probar en algún momento los anabólicos.
 
Tampoco quedan al margen otras disciplinas como los deportes grupales. “Entre los jugadores de rugby, por ejemplo, está trepando el consumo”, comenta Fernando Bessone, médico hepatólogo y uno de los autores de la investigación.
 
El especialista, un rosarino que trabaja en el servicio de Gastroenterología y Hepatología del Hospital Provincial del Centenario, advierte que se trata de un problema grave que va en aumento y considera indispensable que se difundan las consecuencias nefastas de la toma de anabólicos esteroides.
 
Por un lado, para alertar a la población general, pero en particular pide una campaña de concientización dirigida a los padres de los chicos que asisten a ciertos gimnasios donde les ofrecen estas sustancias muchas veces disfrazadas de suplementos vitamínicos naturales.
 
¿Por qué los usan? Claramente con el fin de mejorar la performance revelador deportiva y aumentar la masa muscular. Si bien entre los adultos que concurren asiduamente a trabajar su cuerpo hay cierta conciencia de que hacen mucho mal, el conocimiento real del daño que pueden producir es casi nulo. Entre los más jóvenes mucho menos.
 
El “estano” —como se le dice en el ambiente al estanozolol— es uno de los anabólicos esteroides de mayor consumo. Es el mismo que dejó a Lucas Raimondi y otros 24 muchachos al borde de la muerte. Pero no es el único ni el más potente.
 
Aunque su venta está prohibida en la Argentina, conseguirlo es fácil. Basta con meterse en internet y aparecen decenas de páginas que ofrecen estano inyectable o en pastillas, y hasta lo dejan discretamente en el domicilio sin que nadie se entere.
 
Bessone explica que los anabólicos esteroides se dividen en tres grandes grupos: la testosterona, la dihidrotestosterona y la nandrolona. En nuestro país sólo esta última está autorizada por Anmat y su venta debería realizarse exclusivamente bajo prescripción médica y para tratar algunas enfermedades poco frecuentes.
 
De hecho, la autoridad de control de los medicamentos advierte en su página web sobre el uso de estas sustancias: “En la Argentina el único esteroide anabólico autorizado como especialidad medicinal es la nandrolona, que sólo puede expenderse bajo receta archivada para pacientes que presentan determinadas condiciones. Sin embargo, es sabido que también se consume en ocasiones de manera indiscriminada e ilegal, sin prescripción médica, en los gimnasios y en otros ámbitos del deporte”.
 
El comunicado agrega que “el consumo de nandrolona y de otros anabólicos como el estanozolol y la testosterona se encuentra prohibido por las normas antidopaje, tanto antes como durante la competencia, sin embargo algunos deportistas los utilizan para aumentar su rendimiento, sobre todo en el caso de actividades como el fisicoculturismo y el tenis. Para ello, aprovechan que dichas sustancias se ofrecen ampliamente por internet, en algunos casos sólo con una etiqueta donde figuran el nombre de la droga y el de la droguería”.
 
Historia. Ya en el año 1800 había investigadores muy preocupados en conocer por qué el organismo masculino era diferente del femenino en cuanto a su composición hormonal. Se sospechaba que existía una hormona que permitía desarrollar el vello corporal que la mujer no tenía, entre otras particularidades.
 
Pero es recién en 1934 cuando el científico (bioquímico y profesor universitario) Adolf Butendant, quien se dedicaba al estudio de las hormonas sexuales, logra sintetizar por primera vez la testosterona. A partir de allí se pudo medir en sangre. El hallazgo le valió el premio Nobel de Química en 1939.
 
La hormona recorrió un largo camino y en ese trayecto aparecieron sus derivados: los anabólicos esteroides, entre ellos el estanozolol, que tiene como “ventajas” incrementar la potencia física, y fabricar musculosos en poco tiempo a través de un aumento en la síntesis de las proteínas musculares.
 
En los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976 ya se incluyó a los anabólicos esteroides como sustancias prohibidas. En los 80 su consumo empezó a ser cada vez más común (llegó a haber más de 50 compuestos sintetizados por la industria) hasta que en 1988 estalló el escándalo: el atleta canadiense Ben Johnson, una verdadera celebridad del deporte, fue descalificado poco después de ganar la final de los 100 metros en los Juegos Olímpicos de Seúl al encontrarse en su sangre restos de anabólicos.
 
Y aunque el propio Johnson se convirtió con el tiempo en un abanderado del antidopaje que le grita al mundo que todavía vive con las “malas decisiones” que tomó, aunque recorre los circuitos que pisó como estrella con su campaña en contra de los anabólicos, el problema está lejos de desaparecer. Es más, parece estar viviendo una refundación de la mano de una sociedad que pondera a hombres y mujeres sin
imperfecciones a la vista y que promueve el hedonismo y la exhibición.
 
Quizá sea imprescindible reforzar con acciones aquel famoso slogan que reza “Winners don’t use drugs” (los ganadores no usan drogas).
 

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