fngaEn su paso por la Asamblea de las Naciones Unidas, la cual se lleva a cabo en simultáneo con la Climate Week de Nueva York, Donald Trump volvió a encender la polémica al calificar el cambio climático como “el mayor engaño jamás perpetrado en el mundo” y hablar de la “farsa del calentamiento global”. La escena resulta tan absurda como si el presidente del país más poderoso del planeta se parara frente a 193 jefes de Estado y les dijera: “la Tierra es plana”.
No se trata de una declaración inocente. Es la representación más cruda de una estrategia política que busca debilitar la acción climática en beneficio de los lobbies fósiles. Trump no discute con argumentos científicos: genera enemigos a medida para desplegar su instinto de negociante. Así, el mundo entero queda atrapado en debates que poco tienen que ver con construir un futuro mejor y mucho con un juego de poder inmediato.
Lo más preocupante es que, en ese tablero, otros líderes —entre ellos, nuestro presidente— terminan convalidando una narrativa que desdibuja la verdadera prioridad: la crisis climática. Milei, por ejemplo, piensa igual que Trump, aunque en su último discurso evitó mencionar la cuestión ambiental. Esto, sumado a su decisión de no apartarse del Acuerdo de París se podría explicar en la necesidad de sostener los requerimientos de sostenibilidad exigidos en los tratados comerciales recientemente firmados con el EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio conformada por Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza) y las negociaciones en curso con la Unión Europea. Esta ambigüedad, sin embargo, puede generar una tensión con Trump en un momento en que esa relación resulta vital para su plan económico.
Página 1 - Imagen para el interior de la nota
Pero el problema no es solo el presidente estadounidense. El sistema internacional también atraviesa una crisis de legitimidad. La ONU nació en 1945, con reglas pensadas para un mundo que ya no existe. Su estructura pesada y burocrática no logra adaptarse al vértigo de la globalización, la revolución tecnológica y la inteligencia artificial. En lugar de ser un motor de soluciones, muchas veces se convierte en un blanco fácil: un punching ball de líderes que buscan mostrarse fuertes golpeando al multilateralismo.
Sin embargo, esta debilidad del sistema no puede ser excusa para abandonar la causa climática. Muy por el contrario, es la señal de que necesitamos un reordenamiento internacional que fortalezca a la ONU, que la actualice y que ponga la ciencia y la cooperación en el centro de las decisiones.
Escribo estas líneas desde Nueva York, en plena Semana del Clima. Traemos hasta aquí lo que Rosario debatió y aprobó semanas atrás, convencidos de que la voz local también puede repercutir en los grandes escenarios globales. Son más de mil eventos, miles de personas trabajando, discutiendo, aportando ideas y construyendo propuestas para que en la próxima COP30, en noviembre, logremos un cambio de rumbo.
Frente al vendaval del negacionismo, no estamos dispuestos a rendirnos. Porque del otro lado también hay líderes, países y comunidades que no bajan los brazos y mantienen viva la agenda climática con políticas y acciones concretas.
La derecha que niega la crisis climática no ofrece propuestas serias ni discutibles, solo monta espectáculos ideológicos para capturar poder. Nuestra tarea es desarmar ese disfraz y volver a poner en primer plano lo que de verdad importa: la defensa de la vida en el planeta.
Desde Rosario hasta Nueva York, desde lo local hasta lo global, la lucha contra la crisis climática sigue en pie. Y en la FNGA redoblamos esfuerzos apoyados en el éxito de la Semana del Clima de Rosario, que nos dejó propuestas valiosas para proyectar al mundo.