Cuando el pasado viernes el Tribunal Supremo de Justicia habilitó la difusión de los testimonios del caso de corrupción que involucra al grupo JBS, no sólo aparecieron el presidente Temer y los dirigentes de su partido PDMB y los del aliado PSDB. El dueño de JBS, Joesley Batista, el mismo que grabó a Temer y causó la debacle del presidente cuando el miércoles O Globo difundió la conversación, aseguró ante la Justicia que tanto Lula como Dilma recibieron para sus campañas presidenciales la monumental cifra de 150 millones de dólares entre 2003 y 2014. Semejante confesión fue minimizada en algunos medios, incómodos con un dato que iba a contracorriente de su línea editorial.
La inversión en corrupción de JBS tiene un sentido: tanta generosidad del gigante de la carne le aseguraba acceso a créditos blandos del BNDES, el banco de fomento estatal. Siempre aparece el dinero del Estado en estas tramas, se trate de Petrobras o del inagotable BNDES. Que también aparece como agente financiero en la causa de tráfico de influencias contra Lula cuando ya era ex presidente y a través de su fundación "influía" en gobiernos extranjeros para que Odebrecht y otras constructoras ganaran grandes obras.
El caso brasileño evidencia que ni Temer tiene ya autoridad para hacer el ajuste estructural tan necesario que está haciendo (y que había comenzado Dilma con su gabinete "ortodoxo" en enero de 2015) ni Lula es una alternativa válida, aunque las encuestas lo envalentonan y la izquierda regional _y no sólo ella_ busca religitimarlo, como si se tratara de un dirigente limpio y transparente. Lula tapona la renovación general y apura el calendario para que la sociedad no pueda reflexionar con la cabeza más fría, de ahí que deseche el impeachment. Y sus bases llaman a "derribar al gobierno", sin eufemismos. En lugar de proponer una renovación general de la clase política ante una historia de corrupción irremontable, el relato maniqueo del PT se "copia y pega" en toda la región, presentando a Lula como el "pueblo" vs. los corruptos de la derecha que, claro, "gobiernan para los grupos concentrados", consagrada frase de café que encubre falta de conocimientos básicos de economía. Que Temer fue vice de Dilma en dos presidencias y su PMDB socio político mayor del PT desde 2003 hasta hace un año es demasiado obvio, pero hasta este dato elemental ha sido tapado por el griterío. Una involución política y de comunicación. Pero, y también contra este ruidoso discurso de barricada, hay que recordar que Lula nunca cayó en una gestión radicalizada de la economía ni en el intento de recortar las libertades, como hicieron sus varios aliados vecinos y como le pedían desde el ala izquierda del PT. Dilma siguió el mismo curso, pero en 2012/13 dio el volantazo con la Nova Política Macroeconómica que, contra lo prometido por los heterodoxos del PT, llevó al estancamiento con inflación y a su impopularidad, que a su vez dio plafond político para su impeachment. Pero Dilma es economista, y cuando la economía mostró síntomas alarmantes (10 por ciento de inflación anual y un déficit fiscal altísimo) comenzó a aplicar el ajuste inevitable al inicio de su segundo mandato. Estaba en eso cuando la izquierda del PT le volteó al gabinete económico. Luego, su impopularidad la puso en manos del PMDB y el impeachment. Pero hoy el "relato" la presenta como otra luchadora del campo popular.