La Ciudad

El carrero que se recicló en chatarrero con el pregón de siempre

Alcides Ríos tiene 48 años, 4 hijos y trabaja en la calle, megáfono en mano, desde que tenía 10. Dice que con 100 kilos de fierro hoy compra un kilo de pulpa.

Martes 06 de Abril de 2021

Arrastra las "o" con tono empastado, canyengue, a lo Edmundo Rivero, y en su voz está la de todos los botelleros que alguna vez alguien oyó. "Comprooo batería vieja, motore viejo, motore quemadoooo, aire acondicionado viejo comproooo, plomo, bronce y aluminioooo...". El que pregona así cada día por todos los barrios rosarinos y por el centro los fines de semana es Alcides "Chatarrero" Ríos, un ex botellero y carrero de 48 años, padre de cuatro hijos a quienes crió con este oficio: el de comprador y vendedor de cosas viejas que muchos tiran a la calle. Un sobreviviente en una Rosario donde 506.419 personas viven bajo la línea de pobreza y donde una familia tipo necesita unos 60 mil pesos para no ser pobre, según las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec).

"Hoy junto cien kilos de fierro y compro un kilo de pulpa, con el resto sumo para la yerba y azúcar", asegura el hombre que comparte sus ingresos diarios con su hijo menor, Brian Alcides, de 25 años y padre de dos chiquitos. "En un muy buen día podemos juntar 2 mil pesos", asegura en hombre que vive en lo que el Indec denomina el Gran Rosario, donde la desocupación saltó al 13,6% en el cuarto trimestre del año pasado convirtiéndose en la segunda cifra más alta del país, detrás de los partidos del Gran Buenos Aires.

Alcides dejó de ir a la escuela cuando empezó a recorrer las calles como ciruja a los 10 años, acompañando a su padre en un carro tirado por caballos. Y así siguió su vida hasta que en 2010 se aprobó la ordenanza municipal 8.726 que dio de baja el trabajo callejero a tracción a sangre, una norma que se aplicó finalmente en 2017 y obligó a reconvertirse a unos 2000 trabajadores informales en cartoneros, recicladores, albañiles o chatarreros como en esta historia.

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"Me compré primero un rastrojero y después esta chata usada modelo 81", cuenta Alcides a La Capital desde la vereda de la casa que se levantó él mismo en Villa Banana.

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La F100 fue plateada alguna vez, está descascarada, tiene el megáfono al frente y en el capot exhibe los nombres grabados en cursiva de los cuatro nietos: Thiago, Zamira, Itana y Gian. En la cabina hay casi un altar religioso: las estampitas de San Cayetano y el escudo de Boca son sus deidades.

"Antes de la pandemia iba siempre caminando a agradecer a San Nicolás, iba a agradecer la moneda. Yo empecé con nada, primero me hice un rancho de dos por dos con mi mujer, y ahora tengo esta casa humilde y este trabajo que es mi vida: con esto comí siempre y sostuve a mi familia", dice el hombre morochón, de cintura maltrecha y brazos fornidos con los que sube muebles, aberturas, motores, heladeras y todo lo viejo que tenga metal, a la parte trasera de su camioneta.

En una estructura de hierro reparten la cosecha, todos los días, feriados y domingos incluidos, de 9 a 13 , junto a su hijo: arriba las cosas más livianas, abajo las pesadas.

La pizarra de los precios que le fija el galpón en zona sur donde vende lo que recolecta es de 400 pesos el kilo de cobre; 200 pesos, el de bronce y 50 pesos el kilo de aluminio y plomo.

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De ciruja y botellero a chatarrero

Alcides recorre todos los barrios y dice que no tiene problemas con nadie. "La gente es muy gentil, me llama para sacarse de encima cosas, o vendérmelas. No me puedo quejar. Muchas como aquel televisor lo arreglé y quedó en casa", señala el hombre mientras con precisión quirúrgica desarma una parrilla y le disecciona la malla de metal, que vende por separado, al resto de la estructura.

Dice que no hay calle que no recorra, aunque apunta como zonas "fuertes" y con clientela desde hace años en el centro, Arroyito, Echesortu, Tablada, Grandoli y Gutiérrez. Y se queja por las trabas que le ponen en pueblos de la región.

"Siempre que llego a un lugar me presento en la comisaría. Soy un hombre sin problemas con la ley, tengo todos los papeles de la camioneta. Para nosotros ir a lugares nuevos es bueno, una podría hacer una moneda más. Los cirujas somos gente humilde pero buena y ayudamos con la limpieza de lo que ya nadie quiere y molesta", comenta tras usar una palabra que parece ya haber quedado en desuso tato como la mercadería que pregonaba .

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"Botellero era de la época en que comprábamos botellas de vidrio, colchones de lana, papel de diarios y revistas y huesos con los que se hacía jabón. Después con los envases plásticos, los colchones de goma espuma y la Internet, cambió todo", dice refiriéndose a las variantes de rubros.

"Me acuerdo que cuando era joven juntábamos acumuladores viejos y días atrás mi hijo me dijo: '¿qué es eso?' Eran otras épocas, ahora son las baterías".

Cuando este diario le graba la voz, dice con orgullo que no es la primera vez. "Una vez una señora me grabó y le mandó mi voz a la nieta a Estados Unidos para que sepa cómo hacemos este trabajo acá", relata el hombre que deja el teléfono (0341-155449096) por si alguien quiere llamarlo y remarca. "También hacemos trabajo de flete por fuera del horarios de mañana de la chatarra. Le doy garantía de honestidad", dice el hombre que fue ciruja, carrero, botellero y ahora chatarrero y fletero y tiene la voz que envidiaría cualquier tanguero.

La opción municipal

Los muebles y electrodomésticos viejos, chatarras (maderas, chapas, tanques de agua) tanto como restos de poda (hasta 6 bolsas de consorcio) y escombros (hasta 25 baldes) también se pueden descartar a través de la recolección municipal, no en los contenedores.

La recolección se realiza una vez por semana, entre las 13 y las 19 (los residuos se disponen a las 12). Para saber zonas y solicitar el servicio se puede consultar por la web o llamar al 147.

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