Educación

Que sea una celebración

Comienza el ciclo lectivo 2021 y se renuevan, con distanciamiento y cuidados, los ritos del reencuentro escolar

Sábado 13 de Marzo de 2021

El 2020 fue un año de pandemia, inédito, complejo por donde se lo mire, difícil para la docencia y el estudiantado. Un año que conmovió lo más medular del sistema educativo al plantear el desafío sin precedentes de poner a la población estudiantil en situación de aprendizaje en los hogares.

La epidemia desnuda las grandes desigualdades al interior del sistema y las agudiza. Una parte importante de este colectivo estudiantil mantiene escaso vínculo —a veces nulo— con la escuela, lo que agudiza las barreras que obstaculizan el aprendizaje y la participación vulnerando derechos. Lo que le da al tema carácter prioritario, urgente.

Estas inequidades históricas, innegables, preexistentes, no pueden ser soslayadas ni minimizadas, y es de esperar que en el regreso a las aulas se las pueda paliar y compensar garantizando la continuidad de aprendizaje de todos los alumnos.

El 2020 nos priva de actos y circunstancias vitales. Vivimos entre complejas cotidianidades dando tumbos, buscando nuevos rumbos, nuevas formas de estar, de contactar, de enseñar y aprender con esfuerzos y efectos que aún no llegamos a dimensionar. El alejamiento de las aulas fue una de las mayores sustracciones que debe soportar el mundo escolar. No hubo presencialidad pero si hubo clases expresadas en diversas formas de hacer escuela que se urdieron según variadas coyunturas y contextos. Esta emergencia sanitaria corrobora que el docente es la figura insustituible que sostiene el acto pedagógico.

En este marzo del 2021 se retorna a las aulas y se renuevan, con la convenida distancia del cuidado, las raíces más profundas del rito del encuentro escolar, del saludo, el gesto, la mirada, la alegría por la presencia del otro, por el enseñar y el aprender.

Al reanudar la escena escolar se recuperan también los pares, esos otros imprescindibles que con su presencia inquietante sostienen lazo y propician ese intercambio nutriente que genera vínculos y aprendizajes, esos otros que reeditan la pregunta que interpela, convoca, desestabiliza, provoca.

Recuperar estos esenciales de la vida escolar merece una celebración. El término hace referencia a un evento o acto mediante el cual las personas festejan determinada circunstancia. La celebración es un acto cultural de reconocimiento a un hecho o circunstancia, quitándole así su característica de común o natural para convertirlo en algo relevante, diferente, importante.

Su significado se nos ofrece ligado a otros que abonan el concepto y merecen enaltecer la vuelta a la presencialidad:

• Conmemoración: ceremonia destinada a actualizar la memoria de alguien, de aquellos que el coronavirus se llevó.

• Festejo: reunión de personas para celebrar un acontecimiento como es volver a la escuela de la presencia, que sea una fiesta.

• Reverencia: acción en la cual una persona inclina su cuerpo o una parte del mismo en señal de saludo respetuoso o veneración a la escuela, al esfuerzo de su gente, a todo lo hecho.

• Espectáculo: que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos vivos y nobles del mundo académico.

• Aplauso: expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido a modo de expresar la aprobación por todo lo bueno que se ha podido hacer. Aplausos que sustituyan el abrazo postergado.

• Aclamación: grito de júbilo o de entusiasmo con que se manifiesta estimación y aprecio a algunas personas eminentes y presta aprobación a los grandes hechos ejecutados en pandemia.

La vuelta a la presencialidad merece celebrarse con la alegría, fidelidad, energía y por qué no hasta con la mística con que un devoto religioso va a su templo fundacional.

El sentido de una celebración no tiene nada que ver con el entretenimiento, la distracción ni el pasatiempo sino que se vincula con homenajear y exaltar el encuentro y la participación.

Entonces, que el festejo sea con solemnidad, con pompa, con carácter de ceremonia extraordinaria, donde aplausos y reverencias convaliden con firmeza el regreso a las aulas, como corresponde acompañar las circunstancias importantes y que haya exaltación por todo lo que implica la presencialidad.

Que el cuidado y el distanciamiento no nos atemorice, que no nos deje al margen de la celebración como simples espectadores sino que nos garantice protagonismo y nos brinde protección y seguridad para que la celebración sea disfrute atento y sensible y por sobre todas las cosas, sea participación, intercambio, andamiaje.

Que en este retorno predominen palabras impregnadas de profunda humanidad, que den bienvenidas, que armen trama con la voz, el cuerpo, la subjetivación, con el reencuentro, con el vínculo, con el cuidarnos y con el cuidar a los otros, con el cuidar la creatividad, la imaginación y los gestos éticos del enseñar.

Si el coronavirus ha venido a modificar la vida, cómo no va a modificar la escuela. La cuestión por lo tanto no pasa por retomar o reproducir la vieja normalidad. Quizás la certeza esté en resignificar el espacio real y simbólico donde transcurren el aprender y el enseñar, en trascender el aula tradicional para construir un nuevo espacio amplio y plural que cobije niñeces y adolescencias, y garantice su derecho a la educación. Seguramente la certeza esté en abrir las aulas con tapabocas, con alcohol en gel, con la debida distancia social pero también con la debida sensibilidad, amorosidad y solidaridad que requiere el momento y con el anhelo y el compromiso de que no quede nadie del mundo escolar por fuera de esta celebración.

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