Educación

"Lo peor para los pibes es estar en la errancia, de acá para allá sin un proyecto"

Oscar Lupori reflexiona sobre las marcas del narcotráfico en la vidas de los niños y jóvenes de las barriadas de la ciudad.

Sábado 27 de Abril de 2019

Es martes por la mañana, la noche anterior llovió y a punto de cumplir 82 años, Oscar Lupori barre las hojas acumuladas en el patio de La Casita del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (Medh). Fisherton Pobre, la zona bautizada así por los propios vecinos en las asambleas de 2001 y 2002, aún duerme y Lupori saluda desde la puerta de La Casita de José Ingenieros y Sánchez de Loria.

Se sienta en una silla en el patio y posa para las fotos de La Capital. Se ríe tímidamente, con la picardía de un niño. Sólo pide una cosa: "No tapemos mucho lo de los chicos". Se refiere al mural que está en una de las paredes del patio, con dibujos de chicos y chicas jugando al ping pong, bicicletas, corazones y una frase: "Voy flashear con tu sonrisa". Y más abajo, la firma: "Siempre unidos. Los pibes y pibas de La Casita".

El inmueble es humilde y está en una esquina de Fisherton Pobre, una barriada popular delimitada por calles Tarragona, Juan B. Justo, Sánchez de Loria y Juan José Paso y que condensa en su interior a familias en su mayoría provenientes del Chaco, aunque también hay de Santiago del Estero y Corrientes. En La Casita dos días a la semana hay clases de apoyo escolar con grupos reducidos de chicos y coordinados por profesoras y una psicopedagoga. Y además un espacio llamado "de integración", donde el objetivo es que los chicos se acostumbren a estar en grupo, trabajar con ciertas reglas y poder tener formas de relación que no sean agresivas ni sexistas.

Historia de militancia

Oscar Lupori nació en mayo de 1937 sabe lo que es meter los pies en el barro. Fue uno de los fundadores en Rosario del Movimiento de Sacerdotes Para el Tercer Mundo, el colectivo de curas que a fines de las década del 60 desarrolló su tarea pastoral junto a los sectores más postergados de la sociedad. Lupori fue además unos de los 30 sacerdotes que en 1969 renunciaron a sus cargos, en disputa con los lineamientos del entonces arzobispo local, Guillermo Bolatti. Cuando dejó los hábitos, ejerció la docencia en las facultades del Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), donde dictó clases hasta 2014.

Pero ya sea en su tarea docente como en los proyectos del Medh, Lupori mantiene como principal preocupación la realidad de los adolescentes y jóvenes. Dice que lo peor que les puede pasar es estar "en la errancia, yendo de acá para allá sin un proyecto". "En el 89 —recuerda— hicimos un campamento donde por primera vez hablamos de cómo hacer algo vinculado al trabajo y nuestros adolescentes y jóvenes. Siempre hemos tenido esa preocupación y hemos hecho varios ensayos. A veces no solamente capacitación, sino directamente pasando a generar algún emprendimiento tipo cooperativo, como carpintería, panificación o algo de construcción".

"La escuela tiene que funcionar como el gran centro cultural barrial"

—¿Cuál es hoy tu principal preocupación con los adolescentes?

—Mirá, con los adolescentes te voy a ser franco. Creo que desde el año 2002 en adelante ha habido muchos proyectos que se llaman de inclusión, pero que a una gran cantidad de ellos yo los llamo proyectos de entretenimiento. Bienvenido que existan, porque peor sería que no exista absolutamente nada. Pero creo que ni la niñez ni la adolescencia todavía se han convertido realmente en un planteo político, económico, social y cultural-educativo serio donde se les dé el lugar que merecen. Y al no darse eso plena y adecuadamente, a muchos niños de diez años y adolescentes los aprovechan muy bien el narcotráfico en nuestros barrios.

—¿Por qué a algunos proyectos los llama de entretenimiento?

—Una vez hicimos capacitación acá en La Casita con dos grupos. En total eran unos 30, entre varones y mujeres. Uno era sobre electricidad y el otro de peluquería ¿Por qué lo hicimos? Porque dijimos que si se capacitan en electricidad aunque sea les va a servir a la economía doméstica o alguna changuita con algunos vecinos. Lo mismo peluquería. Pero de esos 15 varones que hicieron electricidad, ¿cuántos han podido encontrar trabajo de electricista? Creo que ni uno. Uno enganchó un trabajo pero de otra cosa. Y bienvenido sea, porque para los adolescentes y jóvenes es peor estar en errancia, de acá para allá sin que tengan un lugar asignado y una posibilidad para generar proyectos. Acá estábamos un día tomando la leche con unos chicos del secundario. Había uno que estaba en quinto y debía alguna materia, y nos decía "no sé si la voy a rendir". Por eso a veces llega esa frase terrible: la escuela nos pudre.

—¿Por qué?

—Porque nos aburre. Y cuando en un proceso educativo hay aburrimiento se da el aburramiento, como dijo una psicopedagoga. Pero la escuela no es la responsable. Bienvenido que tenemos escuela, porque creemos que es muy importarte estar escolarizado. Quien no está escolarizado se socializa a medias y entonces ¿en qué condiciones va a hacer su existencia en esta sociedad? Y bienvenido el esfuerzo que hacen los maestros. Esto que digo no va contra ellos, sino en pro de preguntarse qué nos pasa, porque esto es problema del Estado, de los gobernantes. Pero también es problema de la sociedad, por eso nos embarcamos acá. Hay cuestiones que no son pedagógicas y didácticas, porque en el trasfondo son problemas relacionales y de disciplina. Eso está vinculado al orden de lo relacional, de cómo han sido sus relaciones que los van constituyendo como sujetos. Y que acá hay una gran cantidad de cuestiones que evidentemente hay que trabajarlas en la escuela pero que son más amplias de lo vinculado directamente a lo escolar. También se dice que el Estado no está presente y esa es una frase inconsistente. En este barrio tenemos centros de salud, de convivencia barrial, escuelas, biblioteca, policías ¿Quién puede decir que el Estado no está? En todo caso habrá que analizar cómo es esa presencia. El tema es que el narcotráfico ha ganado territorio en el barrio y hasta ha podido hacer pequeñas fiestas por el Día del Niño. Y el narcotraficante cuando era necesario a veces ha aportado dinero a alguien que lo necesitaba.

—¿Eso acá en el barrio?

—En Fisherton Pobre, que fue el nombre que le quiso poner la gente para distinguirlo. Y negarlo es un acto de ceguera. Eso influye enormemente. Si hemos tenido pibes de diez años en la escuela y en un momento dado descubrir que chicos de cuarto grado estaban consumiendo en el baño durante el recreo. O el otro ejemplo de una maestra que en clases se pone a preguntar de qué trabajaba cada papá o mamá. Y uno de los chicos, inocentón, dice: "Mi papá trabaja con el polvito". Ahí la maestra empieza a entender. Además esto es altamente complejo que tiene que ver de alguna manera con la dinámica del barrio, porque los que trabajan en los búnkers trabajan con adolescentes del barrio. Sean soldaditos o nenes que hacen los mandaditos al que viene a comprar a ese maxikiosco de la droga que es el búnker. Entonces están los vendedores y los pasadores que también son gente del barrio. Un pibe te habla de esto pero resulta que un hermano consume o un primo vende. Entonces hay una cierta trama familiar y de amistad que hace que por un lado en la familia haya quien critique a quien quisiera que esto no se de. Pero por otro lado estos mismos integrantes de la familia no van a hablar de todo porque no van a mandar al primo o al vecino "adentro". Esta trama hay que entenderla y es lo que hay que descubrir como se desmonta. La subjetividad esta siendo de alguna manera tocada por la situación que vivimos y estamos en una situación donde constituirse subjetivamente no es fácil. Por eso esa frase de Juan Pablo Hudson, que habla de "adolescencia en errancia", que me parece muy acertada.

—¿Cómo puede trabajar la escuela en este contexto?

—La escuela tiene que funcionar como el gran centro cultural barrial donde las cuestiones del barrio se trabajen y la educación se de en consonancia con la cotidianeidad, con el crecimiento de los niños que van constituyéndose como tales en el barrio, pero haciendo un trabajo para que el barrio no sea un gueto separado del resto de la sociedad. Porque estos barrios aluvionales, con gente que ha venido fundamentalmente desde el Chaco, pueden ser un gueto donde los matrimonios se dan entre gente del barrio, donde vos tenés adultos que a lo mejor nunca han ido al centro de la ciudad y donde los chicos todo lo hacen acá: trabajar, jugar un partido de fútbol. Todo es acá. Entonces hay que pensar cómo trabaja la escuela esta realidad, con qué pedagogía y que didáctica. Y la dirección, si es un lugar cerrado donde los chicos van cuando la maestra los manda a que la directora los ponga "en camino", o es lugar de diálogo donde los padres entran cuantas veces necesitan hablar.

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>> La construcción de las identidades y el rol de "las doñas" del barrio

A una cuadra y media de La Casita del Medh está la escuela Nº 632 "José María Puig". Juan Carlos Dileo es docente jubilado y fue director de "la Puig", como le dicen a la escuelita del barrio, ubicada sobre La República al 8000.

Comparte con Lupori el diagnóstico sobre el día a día de los chicos y adolescentes del barrio. Y cómo en sus cuerpos pequeños el narcotráfico también hizo mella. Y cuando el ex sacerdote habla de esos chicos de diez años que ya consumían droga, el docente recuerda que hace quince años atrás había niños de preescolar que eran "burritos", que llevaban la mercadería de un lugar a otro. "Los chicos tenían las piedritas donde la iban dejando (a la mercadería) y estaban entrenados para eso. Eso lo descubrió una mestra de plástica en una clase. A través del dibujo se dio cuenta. Empezó a charlar sobre qué era eso y el nene le contó: llevo el paquetito".

El relato es crudo e invita a pensar qué puede hacer la escuela frente a esta realidad. "Se trabaja como se puede —dice Dileo—. Primero como todo problema que te supera, hay compañeros que tratan de cerrar los ojos y los oídos. Pero no podés, porque esto los atraviesa a los chicos y te sentís con la responsabilidad de operar sobre eso, pero se hace muy complejo. Hay casos donde han intervenido, más allá del tema droga, como relaciones familiares, abusos sexuales dentro del contexto familiar. Y a veces pasa que donde interviene esa maestra es denostada por el resto de la familia y el barrio por haber intervenido a favor del niño.

Para el docente, la clave —como destaca una y otra vez Lupori— es la construcción de un trabajo en red entre la escuela, el centro de salud y el de convivencia barrial. "Se han dado momentos donde realmente había complemento y un trabajo con reuniones semanales. La única forma que encontramos desde la escuela y desde las organizaciones es seguir trabajando con otros y otras", señala.

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El grito de las matronas

El ex director de "la Puig" introduce otro elemento para entender cómo fueron desapareciendo ciertas mallas de contención "caseras" que el propio barrio se daba para evitar esa errancia de la que hablaba Lupori de los chicos y jóvenes. Se refiere a las llamadas "doñas" del barrio que oficiaban como cinturón y voz de mando ante la pibada. Y explica: "Son las viejas, la matronas, la mamás que vinieron al barrio, porque esto fue aluvional. Esas doñas se están poniendo muy viejas o se murieron. Y eran las que medianamente sujetaban a las chicas y a los chicos, y mantenían cierto orden y manejo de las relaciones. Se fueron poniendo viejas o se fueron. Y las que quedan, sus hijas, han perdido ese poder de mando o veto que tenían. Cuentan los chicos que cuando las madres veían que tenían alguna cantidad de merca en el cuerpo, con un reto o un «metete a la pieza y no salís» bastaba. Hace ya unos años eso se quebró. Y ante el grito o reto de la madre el pibe no se «rescata». Y entonces es cuando más se vuelcan a la calle".

El ex director de "la Puig" habla también de la construcción de la identidad de esos chicos, que en el barrio pueden circular libremente como niños y niñas, pero que cuando cruzan Juan José Paso y salen del Fisherton Pobre "ya les cierran las puertas, les bajan las persianas, llaman al vigilancia privada por el solo hecho de andar caminando parte de su ciudad".

"Entonces —describe— esos chicos buscan quedarse en el lugar donde se sienten más seguros y en las cosas que les dan identidad. Hace 30 años atrás el chamamé daba identidad al barrio, las costumbres que habían traído del norte. Bueno, eso se perdió porque lo que ahora da identidad es andar manejando un poquitito la merca, tener una motito y ser respetado por los demás. Todo ese tipo de cosas van generando identidad . Mientras que la escuela mira y no puede participar. Por eso hay que abrir las puertas de la escuela, sacarle las rejas y que pueda entrar el barrio".

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