educación

La pobreza, entre cifras y rostros que impactan en las escuelas

Docentes de distintos barrios reflexionan sobre los datos del Indec que señalan que 6 de cada 10 chicos y chicas son pobres.

Sábado 10 de Abril de 2021

Los índices de pobreza en la Argentina no son solo números si se entiende que detrás de ellos hay rostros. Historias que duelen. En un territorio con una pobreza estructural que hiere, la última semana de marzo se conoció el informe del Indec correspondiente al segundo semestre de 2020. La foto habla de una realidad socioeconómica atravesada por la pandemia, pero que ya venía golpeada desde años atrás. Entre los datos, se destaca el que señala que en el país 6 de cada 10 chicos y chicas de hasta 14 años son pobres. En los adolescentes y jóvenes —entre 15 y 29 años— el porcentaje es del 49,2 por ciento.

¿Cómo impactan estos números en las escuelas de los barrios rosarinos, de qué forma se palpa en las aulas esta realidad? La Capital consultó a un grupo de docentes de distintas escuelas de la ciudad, quienes aportaron su mirada sobre este doloroso y complejo contexto que los atraviesa. Hablaron de los vínculos en la escuela, del deterioro en la alimentación, la falta de elementos escolares básicos y de la necesidad de “usar mucho la imaginación cuando los medios son escasos”.

“En la zona de barrio Las Flores el contexto de emergencia sanitaria profundizó todos los indicadores de pobreza a niveles graves”, dice Marisa Aybar, maestra de primaria en la Escuela Nº 1.257 Crucero ARA General Belgrano. La docente, quien además es delegada de Amsafé Rosario, explica que los niños buscan el vínculo diario de la escuela y que se extrañan a pesar de ser del mismo barrio. “Ansían la habitualidad perdida, sus ritos, sus vivencias diarias, el ámbito escolar como escenario de sus vidas”, dice la maestra.

Desde el trabajo cotidiano en las aulas de la escuela de la zona sur, Aybar describe un presente “angustiante”, donde pese a que alumnas y alumnos llegan a la escuela con ganas y entusiasmo, “a media mañana ya reclaman su copa de leche por obvias razones, que fue suspendida pero que es muy necesaria”.

“A la falta de trabajo formal e informal que se agudizó —dice la docente de Las Flores—, la presencia del Estado en general es casi simbólica, ya que los obligan además a períodos de encierro y a cambio reciben un bolsón de víveres secos cada quince días que consisten en una decena de artículos básicos entre los cuales consideran oficialmente que un kilo de leche en polvo y un kilo de harina suplantan a lo que se les daban como desayuno o merienda. Pero lo que no cuentan es que eso es para una familia —cuatro hijos y el matrimonio— y obviamente no alcanza. Con esto el Estado considera que se suplanta la copa de leche y la ración alimentaria de cuatro alumnos cada quince días mas el padre y la madre”.

Directora de la Escuela Nº 1.347 Atahualpa Yupanqui, de barrio Las Delicias, Erika Coviello dice que las cifras de la pobreza se observan a diario en las necesidades que plantean las familias. Y a modo de ejemplo, menciona que cada vez más niños se anotan para recibir el módulo alimentario y que hay una demanda constante para saber cuándo pondrán el comedor en la escuela. También observa que hay problemas en cuanto a la situación habitacional, ya que desde un tiempo a esta parte varias familias comenzaron a vivir juntas en una sola vivienda.

Embed

Elementos escolares

Pero la pobreza también impacta en el día a día de las aulas, que por la pandemia funcionan este año en burbujas de pocos alumnos. Coviello dice que hay familias que no enviaban a sus niños y niñas por falta de útiles, zapatillas o mochila. La ausencia de elementos escolares básicos para aprender es otra de las carencias que Marisa Aybar también menciona que se puede percibir en su barrio. “Tratamos de buscarle alguna salida pero siempre es insuficiente, este panorama viene profundizándose año tras año y en épocas invernales realmente es grave”, dice. Ante este panorama, rescata el aporte del abrazo solidario de la comunidad a través de las campañas que se organizan en el barrio.

La maestra advierte además que “la atención primaria de la salud está a menos de la mitad de la capacidad habitual, ya que se redujeron personal y medios en los efectores”. Destaca que la relación de complementación entre las escuelas con el sector de la salud “siempre fue constante y no debe ser disminuida, ya que se lleva un escaneo constante y profundo a nivel primario y preventivo de cada habitante del barrio”.

En la zona noroeste el panorama no es distinto y las preocupaciones son coincidentes. Marcelo Vasquez es maestro de grado de la Escuela Nº 1.226 Gesta de Mayo y dice que el impacto de los altísimos niveles de pobreza e indigencia en las infancias no pasa desapercibido en las escuelas de las barriadas.

“Me preocupa —dice el maestro que da clases en barrio Cristalería— que en esta situación se haya reemplazado dos comidas garantizadas diarias por los módulos de alimentos secos cada 15 días”. Y explica: “El desayuno o merienda se reemplaza por alfajor o galletitas dulces, de escaso valor nutritivo y sin acompañar con alguna infusión. El piso alimentario que garantizaba la escuela antes de la pandemia, hoy está deteriorado, es de mala calidad y esto se ve en el día a día en la presencialidad, con chicos y chicas que en algunos casos no vienen alimentados desde la casa”.

Vasquez alerta que estos niveles de pobreza también afectan las condiciones materiales que hacen al aprendizaje, que incluye útiles escolares, ropa, calzado y conectividad. “En mi escuela —dice— nos acompañamos solidariamente entre docentes e intercambiamos útiles escolares, calzado, ropa que vamos consiguiendo por nuestra cuenta, para quien necesite”. De todas formas, advierte que las dificultades en la conectividad —la “pobreza digital”, aclara— sigue siendo un gran problema, apenas atenuado por la presencialidad y el sistema de burbujas que hoy rige en las escuelas.

marcelo1.jpg

Entre vínculos y sueños

¿Qué proyecto educativo se puede construir en este escenario? La pregunta queda flotando y se animan a responderla. Para Aybar, en este contexto no queda otra que usar mucha imaginación, aunque los medios sean más que escasos. Y propone construir un proyecto educativo desde las necesidades de la propia comunidad, “que es la que marca el ritmo real”.

En este escenario tan particular es imperante la conectividad, que no suplanta lo presencial pero permite no estar cien por ciento aislados”, dice la maestra de Las Flores. En este sentido, encuentra “un sesgo de discriminación hacia el barrio, pues mientras en plazas, peatonales y lugares turísticos los Estados municipal y provincial compiten por dar wifi gratis, ni en la plaza ni en las escuelas de este barrio tan carenciado ocurre”.

Desde el comienzo de la pandemia la imaginación estuvo y los docentes estuvieron presentes. Aybar menciona el programa radial con participación de los alumnos realizado gracias a la productora de contenidos Productora Sur en una FM barrial. También, la propuesta en asambleas de Amsafé de la creación de un plan de conectividad gratuita para alumnos y profesores vía telefonía móvil. Otro de los proyectos que menciona para hacerle frente a esta realidad es el proyecto de jornada ampliada, “del que fuimos precursores en el 2001, que fue presentado y se implementó parcialmente estos últimos años con docentes y equipos de alta calidad profesional, pero no alcanza, hace falta más”.

La escuela —reflexiona Aybar— no está para contener a los chicos en un modelo repetitivo de injusticia social sino para liberarlos. Hay un potencial enorme que se desperdicia y quizás sea el deporte el que marca eso en contadas pero conocidas situaciones”. Al respecto menciona los ejemplos de Ángel Correa, Hernán Encina, César Delgado y Erica Lonigro, todos futbolistas salidos del barrio. “Hay que romper este sistema que replica injusticia social generación tras generación y que vemos pasar por las aulas, con la impotencia de solo poder brindarles algunas armas para pelearla de la mejor manera y reafirmarles que no resignamos nuestros sueños y podemos hacerlos posibles también desde la escuela todos los días”, afirma.

El poder de las palabras

La educación me empuja a asumir una cierta responsabilidad y a ser coherente con el sueño que me exige que tenga”. La frase es de Paulo Freire y para la comunidad educativa de la Escuela Atahualpa Yupanqui es un lema que guía su práctica cotidiana. “Desde nuestra institución —dice la directora Coviello— siempre escuchamos las voces de las familias e intentamos ayudar en lo posible, aún tendiendo redes con organizaciones u otras instituciones barriales”. Afirma que no conciben la enseñanza sin tener en cuenta el contexto, y que por eso plantean propuestas institucionales que incluyan a la comunidad educativa en su conjunto, como el proyecto de alimentación como encuentro social. “Luego de atravesar todo el 2020 con las dificultades tecnológicas de la virtualidad —dice la docente de Las Delicias—, tenemos que pensar nuevas formas para esta semipresencialidad, donde se debe trabajar tanto con el protocolo sanitario como desde lo emocional, donde podamos establecer nuevos vínculos afectivos y solidarios”. Este año apuntan también a la educación ambiental como eje pedagógico e interdisciplinario.

Para Marcelo Vasquez, en este contexto es imprescindible “construir, repensar y llevar adelante un proyecto educativo con centralidad en el vínculo afectivo-pedagógico”. Afirma que para los pibes y las pibas del barrio la escuela sigue siendo un lugar de subjetividades, donde están felices con el reencuentro, tienen una conducta de cuidado por el otro y disfrutan cada momento en el aula o en el recreo. “La escuela, tal como lo hizo durante el año pasado, tiene que fortalecer el vínculo con su comunidad —familias, jóvenes, organizaciones sociales— para enfrentar un escenario muy difícil, en el cual para muchas infancias, como las de Nuevo Alberdi, Cristalería o Polledo, es el lugar de cuidados, de disfrutar la niñez en el jugar o escuchar un cuento, en ser escuchadas en sus deseos, sus sueños o preocupaciones”, reflexiona el maestro de la Gesta de Mayo.

La invisibilidad de estas infancias en situación de pobreza e indigencia es una de sus preocupaciones. Esos niños y niñas “que están allí desde mucho tiempo, no aparecen de la nada”, dice el educador. Una realidad ante la cual entiende que la escuela “tiene la responsabilidad ética-política de hacerla visible, ponerla en palabras, decirlo claramente y sin ambigüedades”. Por eso invita a hablar de la escuela “como lugar para las infancias en el cual sean alojadas desde el cuidado, los aprendizajes y la distribución de los bienes culturales y simbólicos”. Y agrega: “Así de difícil es nuestra tarea en escuelas como la 1.226, en la cual ni siquiera tenemos una biblioteca, pero seguimos creyendo en el poder de las palabras”.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario