Educación

La inquietante soledad del director

Una reflexión sobre las distintas soledades que suelen encontrar los directivos en su tarea cotidiana en las escuelas.

Sábado 17 de Agosto de 2019

Pocos pondrán en duda la importancia que tiene la buena dirección de las instituciones escolares para conseguir los objetivos que se proponen en su proyecto educativo. Los fines compartidos y las actitudes cooperativas serán adecuadamente impulsadas desde una forma rica de entender la función directiva.

No me gustan mucho los siguientes verbos de la dirección: mandar, controlar, exigir, castigar, imponer, ordenar someter, silenciar, advertir… Me gustan más estos verbos: coordinar, dialogar, escuchar, aprender, estimular, pensar, aceptar, innovar, sugerir, investigar, proponer, crear, motivar, amar, hacer crecer…

No voy a plantear ahora cuestiones que considero importantes: por qué motivos quieren acceder algunas personas a la dirección, cómo se forman, qué tipo de tareas realizan, qué estilo de dirección asumen, qué sentimientos viven, qué conflictos tienen que afrontar, que signo (positivo o negativo) tiene su evolución… Voy a centrarme en una cuestión muy concreta y enseguida diré el motivo que me ha llevado a plantearla.

Mi entrañable amigo argentino Horacio Muros me ha sugerido varias veces la idea de hacer algunas reflexiones sobre la soledad que viven quienes dirigen las escuelas. Estoy seguro de que uno de los motivos por los que me ha hecho esa invitación es la vivencia de ese sentimiento en los más de veinte años que viene desempeñando el cargo.

La soledad tiene muchas caras, muchas dimensiones. Decía María Zambrano que "solo en soledad se siente la sed de verdad". También es cierto lo que decía Ralph J. Bunche: "Me encuentro solitario cuando busco una mano y solo encuentro puños". Cara y cruz. Haz y envés de la soledad. Habrá que reflexionar sobre el contenido psicológico y moral de esa singular vivencia.

Hay, a mi juicio, varios tipos de soledad en el ejercicio de la profesión directiva. El primero es la soledad física. El director (siempre que hable de director me estaré refiriendo a directores y directoras, a sabiendas de que el género es una cuestión fundamental en la consideración del poder en educación) está más solo físicamente que los profesores y las profesoras. Tiene un despacho en el que suele estar aislado (qué hermosa palabra). En la sala de profesorado están o pueden estar todos los docentes.

En mi libro Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección hay un capítulo titulado "La imagen en el espejo. El equipo directivo visto por el alumnado". En él recojo varios testimonios de alumnos y alumnas:

—"Durante mi paso por el colegio no recuerdo la figura del director y después en el Instituto recuerdo al director del centro, pero nunca he llegado a hablar con él. Lo recuerdo como una persona distante, siempre sentado en su despacho. Mi relación con los dos directores durante mi experiencia ha sido casi inexistente, llegando al punto de que en bachillerato me enteré de quién era el director cuando se jubiló y fue entonces cuando me enteré de quién era el viejo y el nuevo".

—"Al pedirme que relate mi historia acerca del director y la relación que haya tenido conmigo me quedo en blanco, ya que en mi vida académica ninguno de los directores o directoras que he tenido en los centros donde yo estaba matriculada han tenido ninguna relación conmigo. Se puede decir que para mí la figura del director tal y como me han hecho conocerla es aquella persona que sabías que existía por lo mucho que hablaban de ella, pero que permanecía en el despacho a puerta cerrada".

—"Lo significativo de la figura del director en el colegio es que ni siquiera sabía quién era. Solo era una persona a la que teníamos miedo, pero sin rostro y te la imaginabas como un monstruo".

Soledades

Hay otro tipo de soledad que es la soledad emocional. El director puede sentirse aislado. Unos se alejan de él por temor y otros por no ser tildados de sumisos, aduladores o interesados. Hay quien practica la crítica más cruel de manera virulenta. Se ensaña con todo tipo de discursos y comportamientos. Sea quien sea el director. Haga lo que haga. Qué decir cuando en el seno de la comunidad hay una persona que aspiraba al cargo y fue relegado por quien hizo la elección o perdió en un concurso de méritos. Qué decir también de los grupos que ejercen una oposición sistemática.

Hay un tercer tipo de soledad a la que llamaré soledad decisoria. Me refiero a la necesidad de tomar decisiones en solitario. En España tenemos equipos directivos, de modo que muchas decisiones tienen carácter colegiado. Pero hay ocasiones en las que, por la urgencia o por las condiciones, el director, como órgano unipersonal de gobierno, tiene que decidir sin poder realizar consultas ni llegar a una decisión compartida. Toda la responsabilidad descansa entonces sobre las espaldas del director. Nadie le puede ayudar. Se encuentra solo ante el deber de elegir, ante la necesidad de decidir. Con todos los riesgos y la angustia que eso conlleva.

Existe también, a mi juicio, una soledad orgánica. El director pertenece a la comunidad, pero es una parte distinta y visible. El director tiene poder pero se trata de un poder institucional delegado. Está situado, en solitario, entre el poder y la comunidad. Puede decantarse hacia un lado o hacia otro. Puede sentirse más del poder o más de la comunidad. Puede querer agradar, sobre todo, al poder o a la comunidad. Pero está solo en el medio de ambas instancias.

Finalmente podríamos hablar de una soledad ontológica. Es decir, una soledad que tiene que ver con la naturaleza misma de la función directiva. El director está solo, es uno, es un cargo orgánico unipersonal. Puede tener equipo, puede evacuar consultas, pertenece a una comunidad pero, en última instancia, hay un director que representa, se responsabiliza y ejerce su función en estricta soledad. Decía Schopenhauer que nadie puede salir de su individualidad. Joseph Conrad afirmaba: "Vivimos como soñamos: solos".

Estas realidades producen estados de soledad, pero ninguno es igual que otro. Nunca se está solo de la misma manera. Es preciso recordar, por otra parte, que no es igual estar solo que sentirse solo.

Parte de la diferencia entre vivir soledad como un sentimiento destructivo o constructivo reside en la voluntariedad. Una cosa es estar solo por elección, como fruto de una decisión elaborada y otra estar condenado a una soledad que no se desea ni se ama.

Otra parte de la diferencia reside en el uso que se hace de la soledad. Un cuchillo puede utilizarse para herir o matar, pero también para liberarse de ataduras inmovilizadoras. Importa mucho la finalidad a la que conduce, lo que a la postre se hace con ella.

Finalmente, es decisiva la vivencia de la soledad. El hecho de que en ella nos sintamos felices o desgraciados. Lo que importa es cómo vivimos la soledad. El mismo hecho de estar solos o de sentirse solos a unos les reconforta y a otros les destruye.

La soledad puede estar teñida de muchos sentimientos: tristeza, angustia, temor, dolor, pesadumbre. Pero también de paz, seguridad, fortaleza, serenidad… Es muy importante reconocerla, sentirla, compartirla y trabajarla para ponerla al servicio del crecimiento personal y de la mejora de la comunidad. Decía Baudelaire: "Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada".

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