Educación

La generación Mirko

Hay una decisión, consciente o no, de los padres de construir la identidad digital de sus hijos en las redes sociales.

Sábado 02 de Noviembre de 2019

Con tan solo seis meses de vida, Mirko, el hijo del conductor televisivo conocido como Marley, había conseguido más de un millón de seguidores en Instagram. Cual si fuese una persona adulta, empezó a mostrar en sus redes los viajes, los logros de su crecimiento y fundamentalmente su estelaridad. Día a día, miles de likes, shares y comentarios bellos alimentaron sus cuentas. El impacto fue tan notable que fue premiado con un Martín Fierro de Oro como el Rey de las Redes. Numerosos periodistas que se interrogaban sobre la híper mediatización del niño tuvieron en la sonrisa de su rostro una contundente respuesta: Mirko se muestra feliz.

Recientemente, el propio padre comenzó a notar la otra cara de la exposición. Las cuentas no oficiales se multiplicaron, las fotos del niño se volvieron vulnerables y llegaron a lugares o usos no pensados. Como declaró Marley, “comenzaron las estafas”, manipulando sin consentimiento la imagen y el nombre de su primogénito para promocionar viajes, sorteos y hasta causas benéficas.

La generación Mirko refiere a la decisión consciente o inconsciente de los padres de construir la identidad digital de sus hijos. Básicamente se trata de la exposición pública de los niños por parte de los adultos en diferentes redes sociales. Padres, tíos, abuelos posteamos inofensivamente la primera foto (ecografía), luego el nacimiento, su primer baño y el inicio de su escolaridad. Ya nadie duda que el álbum privado familiar tiene acceso libre y gratuito.

Este nuevo fenómeno de compartir la vida online de nuestros hijos, es conocido como sharenting. El término proviene de la conjunción de las palabras en inglés share que significa compartir, y parenting, crianza. Es el hábito de publicarlo todo. La vida de los niños es un continuum de fotografías, geolocalizaciones y de información otrora privada. Qué come, dónde estudia, dónde se divierte, qué deporte practica, son parte de una larga lista de datos en línea fácilmente alcanzables. Nuestras redes, o los perfiles que le creamos con sus propios nombres, no son más que un compendio de información detallada de su vida.

En otras palabras, lo que involuntariamente o no estamos haciendo es la construcción de la “identidad digital” de las y los menores. La misma se edifica con dos componentes: la huella digital y la reputación online. La huella es todo aquello que decimos de nosotros mismos en las redes: el nombre de usuario, el relato que elegimos para presentarnos en nuestros perfiles, la foto que muestra quienes somos, los me gusta que regalamos, los contenidos que compartimos. Del mismo modo, la identidad también se construye con las percepciones que los otros se hacen de nuestra información. Las marcas comerciales, que entienden bien este juego, viven pendientes de las críticas a sus servicios o productos y por eso les interesa trabajar su reputación. Nosotros en cambio, no tenemos una idea controlada de lo que otros piensan a partir de las cosas subidas en la red.

Los estudiosos del tema aseveran que la identidad digital es y será un punto condicionante de nuestro desarrollo social. Nuestra vida laboral, académica y hasta nuestra vida de relación, ya tienen la dosis de observación suficiente como para influir (positiva o negativamente) en la toma de decisiones de aquellos que nos requieran.

Entiéndase bien, no es alarmante compartir imágenes de los hijos, e incluso hacer comentarios cargados de sentimientos sobre sus logros o destrezas. Lo que debemos hacer es inyectar en nuestras acciones una actitud responsable. Estamos conformando una huella, que como la del DNI, resulta imborrable, acompañará su vida y definirá su ser en un mundo cada vez más virtual. De alguna manera, es importante pensar que lo que hoy publicamos sobre ellos, tal vez no sea de su agrado o no resulte conveniente el día de mañana.

El armado y cuidado de la identidad en línea es una de las competencias digitales de este tiempo. Los padres tenemos la sensación que la exposición en redes no afecta los derechos de los hijos. No solemos trasladar nuestra conciencia asumida sobre la privacidad, la integridad o la identidad al ecosistema digital. Así, se produce un divorcio entre la responsabilidad que asumimos en el mundo real y la pasividad a la hora de protegerlos en el mundo que nos ofrece la red.

Los padres necesitamos aprender nuevos modos de ejercicio de la responsabilidad como adultos. La familia, docentes y todos los sectores comprometidos con la niñez estamos obligados a saberlo. Hace falta una urgente formación personal para poder transferir a las niñas, niños y adolescentes la importancia que adquieren sus comportamientos en la red.

Es habitual escucharnos asustados por los peligros. El mundo está lleno de peligros y las redes forman parte de eso. Ya nos hemos enterado que las fotos son de dominio público y que pueden llegar a ser manipuladas, o pueden ser usadas en nuestra contra. Ya escuchamos que es difícil que desaparezcan imágenes de la “nube”. Hay riesgos, sí, pero es importante entender que el miedo no es un buen aliado. Las redes han llegado para quedarse y nos aportan innumerables beneficios. Son parte de la cotidianidad de los hijos. Solo hay que saber y transmitir que el paso por ellas, deja consecuencias, buenas o malas. Debemos acompañar no solo el inicio, sino todo el recorrido que los hijos atraviesan por sus redes. No nos quedemos solo en la queja de la cantidad de horas, de tantas fotos y posteos que hacen en sus cuentas. Quizá sea momento de detenernos a observar primero nuestros propios comportamientos.

Hagamos un ejercicio: contemos cuántas veces en el Facebook o Instagram personal mostramos como protagonistas a nuestros herederos. Tal vez no tengamos a un Mirko, pero si tenemos una invitación a pensar en nuestras propias conductas.

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