Educación

El reencuentro en una escuela que sale a buscar a sus alumnos

Docentes de la Escuela Nº 1.027 cuentan las estrategias para estar cerca sus estudiantes. Una crónica del regreso

Sábado 20 de Febrero de 2021

Ellas y ellos están expectantes y con todos los dispositivos dispuestos. Alcohol en gel, barbijo y medidor de temperatura. Se nota en sus rostros que quieren que todo salga bien en este nuevo encuentro. Un encuentro que será diferente a otros años, porque es inédito y porque trabajaron mucho en la búsqueda de cada uno de sus alumnos para volver a verlos.

Quienes sostienen la expectativa y la ilusión en alto son las maestras y maestros de la Escuela Nº 1.027 Luisa Mora de Olguín, la primaria anclada en Ludueña a la que asisten la mayoría de los chicos del barrio. Muchos de sus alumnos provienen de la franja que que está sobre la vía del Mitre y la zona de la antigua villa de calle Gorriti y Vélez Sársfield. Un territorio sumamente golpeado por la crisis económica de los últimos años y que recibió un golpe de gracia con la irrupción de la pandemia. Este jueves, La Capital acompañó el reencuentro de sus docentes y alumnos en las aulas.

Claudia de Gottardi es una de las directoras del nivel primario desde hace once años y se define como alumna del padre Edgardo Montaldo. “Fue mi maestro”, dice con orgullo y admiración. Imposible no hablar de Pocho Lepratti y del padre Edgardo en este territorio. Ambos dejaron su impronta en cada calle y lograron que las paredes hablen a través de sus propios símbolos, que expresan no solo la identidad del barrio sino la gratitud de los vecinos del oeste hacia sus queridos referentes. La escuela no es ajena y exhibe sobre un caballete un retrato sonriente del cura salesiano a modo bienvenida a todo aquel que se acerque a la institución de Humberto Primo y Camilo Aldao.

77047787.jpg

Aunque el calendario provincial indicaba que las clases para los chicos de los séptimos grados de la primaria y 5º de secundaria comenzaban el miércoles 17 de febrero, la realidad de la escuela 1.027 cuenta otra historia. Aquí el ciclo lectivo comenzó mucho antes, precisamente el día que las maestras y maestros salieron a golpear las puertas de las casas de sus alumnos y alumnas para recordarles que los iban a esperar. “En esta escuela, como en tantas otras, los docentes tuvimos que hacer un trabajo de búsqueda previa. Salimos a recorrer el barrio para buscar especialmente a aquellos chicos que el año pasado no pudieron entregar sus trabajos, los que no tuvieron conectividad, los que están más solitos. Salimos a buscarlos para decirles que los estábamos esperando en la escuela”, cuenta la directora, quien relata una labor que las maestras de muchos barrios populares han incorporado como parte de su quehacer docente. Y que muchas veces la comunidad desconoce o no considera.

“Nosotros comenzamos a buscarlos en diciembre del 2020. Y esta búsqueda fue asumida y ejecutada en conjunto, los directivos y todos los docentes que integran el plantel de la escuela”, dice. Claudia De Gottardi explica el estado de situación que los condujo como equipo a tomar ciertas decisiones. En noviembre del año pasado detectaron que de los 51 chicos inscriptos en séptimo grado solo 25 habían logrado estar conectados durante el 2020, en principio a través de WhatsApp y luego acercándose a la escuela para buscar el material que las docentes preparaban para ellos. “El resto no pudo y no los podíamos contactar”, dice la docente con pesar. De este modo se decidió que había que salir a buscar a los 26 chicos que faltaban, salir a golpear puertas con el objetivo de revincularlos desde lo pedagógico.

La escuela primaria tiene 420 alumnos distribuidos en 25 grados, sumando los turnos mañana y tarde. En la primera mitad de 2020 se implementó la virtualidad y lograron que solo un 20 por ciento estén en contacto. Fue entonces que el equipo docente cambió la estrategia. La presencialidad es indispensable cuando se trabaja en estos contextos. Por eso en agosto tomaron la decisión de empezar a encontrarse en la escuela. Desde ese mes del año pasado, todos los maestros y maestras empezaron a ir a la escuela cada quince días a entregar fotocopias que les preparaban a sus alumnos y alumnas. “De ese modo —recuerda la directora— veíamos a las familias y tratábamos de estar al tanto de la situación de cada una de ellas, y se establecía el compromiso de que los chicos debían entregar esos trabajos asignados”. Desde ese momento pasaron del 20 al 60 por ciento de los chicos que respondieron a las propuestas y se pusieron en contacto.

“El vínculo afectivo lo tenemos, pero teníamos y tenemos que lograr que vuelvan a la escuela. Un año sin vínculo pedagógico hace que dispongan de su tiempo en otros lugares”, explica De Gottardi, e introduce una problemática que afecta a muchos niños, niñas y adolescentes del barrio: “Que muchos chicos te digan «yo prefiero estar en la calle y no en mi casa», o que alumnos que hoy están en situación de encierro me digan «acá estoy mejor» plantea otro tipo de complejidad”. La directora suma al relato una serie de acontecimientos que ilustran la gravedad de la situación: “Tres alumnas de séptimo quedaron embarazadas y tratamos de acompañarlas en ese proceso. Además hay dos chicos que actualmente están en el Irar (hoy Centro Especializado de Responsabilidad Penal Juvenil) porque sumaron causas”. De este modo, los docentes también hacen referencia a la situación de violencia social que se palpa a diario en barrios populares como Ludueña. “Vemos mucho movimiento interno en el barrio. Y esto —dice— tiene que ver con la inseguridad y con las amenazas, que provoca que muchas familias por temor vengan de otros barrios a instalarse en la zona”.

  

77047791.jpg

El arte de lo posible

Los protocolos para el comienzo de las clases están bien establecidos, aunque quienes trabajan con niños y adolescentes saben que ese tipo de reglamentos formales se transforman para los adultos a cargo en el arte de los posible.

“A la escuela la preparamos la semana pasada y está a punto, tenemos 15 salones distribuidos en tres pisos que corresponden a la primaria y 8 salones que son del secundario. Vamos a hacer todo lo posible para acomodarnos”, explica la directora.

Hoy la escuela del padre Montaldo, como la llaman en el barrio, recibe a los chicos de los séptimos grados y a todos los que necesitan de un mayor acompañamiento y ayuda porque durante el 2020 no pudieron estar en contacto. “Nosotros estamos y vamos a estar acá para atenderlos”, dice De Gottardi.

Las maestras saben que en el barrio hubo muchos casos de Covid positivo e incluso algunas de ellas se han visto afectadas por la enfermedad. “El miedo existe pero tratamos de que no nos paralice”, dice la señorita Zulma, una de las docentes que transitó la enfermedad.

Para subsanar estas situaciones complejas, la directora cuenta que el diálogo en el equipo docente es continuo: “Tratamos de hablar del miedo, de las inseguridades y de los discursos muchas veces incompletos que llegan desde las autoridades y que impactan en el trabajo organizativo de las escuelas”.

Mientras la directora cuenta cómo se van organizando, los chicos y chicas comienzan a llegar a la escuela. Aunque el barbijo oculta la expresividad de sus rostros, a simple vista puede divisarse que muchos sonríen. Se les nota por los ojitos achinados y porque en el movimiento de sus cuerpos no pueden disimular el entusiasmo de volver a verse. Algunos se abrazan. Las maestras van estableciendo grupos a modo de burbujas. Algunos ingresan en las aulas y tratan de tomar distancia. Un grupo se dispone en círculo en el patio y la conversación entre ellos y las maestras comienza a fluir. Están en casa, todos se conocen y no hay hielo que romper.

Andrés Del Paso, psicólogo de la escuela, se acerca al patio y observa la escena de bienvenida que ofrecen las maestras y la charla que se produce con los alumnos. “Había que hacerlo de alguna u otra manera, con todos los recaudos posibles, porque si no lo hacíamos, los perdíamos”, reflexiona.

  

77047786.jpg

Los días por venir

Los docentes no ocultan que hay una gran incertidumbre sobre cómo van a transcurrir estos días. La directora se pregunta cuántos llegarán, cuántos se reincorporarán con el correr del tiempo y si deberá volver a atrás. A pesar de los múltiples interrogantes hay una convicción compartida por este grupo de docentes: los chicos y las familias necesiten que la escuela esté abierta.

Claudia muestra las cajas apiladas en la dirección con los trabajos que los chicos fueron acercando desde el año pasado. “Ellos necesitan de la corrección, de una devolución y de la mirada de sus maestras”, sostiene.

Sobre lo planificado para estos días, las maestras cuentan que tienen que repasar todo lo trabajado durante año pasado, sobre todo porque muchos de los chicos no contaban con el recurso de que sus familias pudieran acompañarlos durante el proceso. “Tenemos que trabajar en el incentivo, la motivación y los hábitos de los chicos, sin este aspecto no es posible pensar en avanzar en contenidos curriculares”, afirma De Gottardi.

Finalizada la jornada los docentes se propusieron hacer un rastreo de los alumnos presentes y los ausentes. entrecruzarán datos con el otro turno de la primaria para comenzar nuevamente con la realización de visitas a las familias. “Realizaremos un monitoreo día a día”, afirman.

En esa tarea de salir a golpear puertas, la directora cuenta que siempre fueron muy bien recibidos por las familias. Cuentan que la evaluación es permanente. “Estamos acostumbrados a trabajar así”, destaca la directora, cuando el contexto es movedizo y obliga a buscar diferentes estrategias. “Además —dice la maestra María Laura Alí— nunca perdemos las esperanzas, si la perderíamos no estaríamos acá”.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS