Educación

El ajedrez, el juego y un espacio para aprender a mirarse a los ojos

Fabián Fontanella es antropólogo y enseña ajedrez en centros barriales y en la escuela Serrano de barrio Las Flores

Sábado 18 de Mayo de 2019

El pibe entra corriendo a clases después de un recreo furioso. Corrió, jugó a la pelota, transpiró y hasta se peleó con otro compañerito del curso. Pero en el aula lo espera la hora semanal de ajedrez. Entonces apenas entra al salón se sienta frente al tablero, donde del otro lado está su contrincante de turno. Baja las revoluciones, le da la mano a su oponente y comienza la partida. Y así pasa 10, 20, 30 o los 45 minutos de la clase. En calma y súper concentrado. Fabián Fontanella dice que esa escena la vive todo el tiempo. Es antropólogo, educador y da clases de ajedrez en la escuela Serrano de barrio Las Flores y en centros barriales de la ciudad. Para habilitar el juego con esos chicos y chicas, para democratizarlo y aprender juntos una forma distinta de relacionarse.

Fabián se asoma y recibe a La Capital con su mochila en el hombro. Acaba de terminar una reunión en el Centro de Convivencia Barrial (CCB) Las Flores Sur, de 5 agosto y Guardia Morada. Al aire libre el sol acompaña y se sienta en uno de los banquitos del patio de ingreso. Frente a él se arma un tablero de ajedrez, con sus piezas, cada una en su lugar. “Ah, ¿vamos a jugar?”, pregunta. Y ante la afirmativa, mueve el peón al centro del juego para la apertura. Que es también el comienzo de una charla sobre inclusión educativa y la gestación de proyectos desde y para las barriadas populares de la ciudad.

“Más allá de que ingresa a la escuela como herramienta pedagógica, donde se puede laburar matemática y otras materias, el ajedrez tiene el plus de que podemos jugar mirándonos a los ojos, dándonos la mano, esperando el turno y pudiendo pensar”, dice el docente.

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La propuesta no es menor. Sobre todo en contextos donde —afirma el docente— muchos chicos van a la escuela a comer. O con pibes de 9, 13 o 16 años que salen a cirujear de madrugada con sus padres o algún tío y a las pocas horas tienen que ir a la escuela: “Muchas veces esos chicos no vienen porque se quedan dormidos. Y ese mismo pibe que también tiene toda esa fuerza incontenible que le da la potencia de ser joven muchas veces no tiene otro juego para canalizarla que no sea pegarse en el recreo con otro o jugar al fútbol como fuere. Pero entró al aula medio peleándose con otro, armamos el juego en la mesa, le da la mano al otro y ahí como que cambia el comportamiento y no se mueve. Bueno, eso me pasa todo el tiempo”.

Primeros pasos

Fabián aprendió el movimiento de las piezas en su casa, en familia. Después llegó el tiempo de una biblioteca popular donde hizo sus primeros pasos como ajedrecista. Pero en la escuela nada. Por eso rescata que hoy chicos de 8 o 9 años tengan sus primeras experiencias en las aulas. Con un profesor o profesora que les enseñe la técnica del juego, pero tratando “de no dar nada digerido, sino que los chicos vayan construyendo ese saber”. Y agrega: “Todos los ajedrecistas estamos convencidos que si no pensamos nos piensan. Y eso se lo transmitimos a los chicos. De ahí también la potencia que tiene el ajedrez”.

Por eso, para el profe este tipo de espacios contribuye no solamente a darle a los chicos una opción más de juego, sino también a acercar el ajedrez “a lo popular y desmitificar que es para pocos, porque creemos en las bondades del juego”. Dentro de esas “bondades”, menciona al ajedrez como herramienta pedagógica, asociada a la matemática o a la lógica. Pero sobre todo rescata la creación de un espacio donde, desde lo lúdico, se puede acercar a dos chicos a que están jugando cara a cara. “Hoy en día —sostiene—a los niños les cuesta jugar de una manera que no sea mas o menos violenta o solipsista. Y en esto también tenemos que ver el mundo adulto y el mundo en el que nacieron, con los elementos tecnológicos casi incorporados como parte de sus cuerpos”.

“Entonces el ajedrez —dice— es un espacio pero también un tiempo que los pone en juego de una manera distinta. Y para eso no solo hay que enseñar la técnica del juego sino también una ética de las relaciones humanas. Porque como dicen algunos educadores y el Programa Provincial de Ajedrez Escolar, no se quiere crear campeones. Es más, no se incentiva la competencia sino que cuando se reúne a los chicos a jugar se les hace saber que una partida se gana, se pierde o se empata, pero siempre hay posibilidad de seguir jugando”.

Pero la inclusión también se da puertas adentro de los cursos, ya que el ajedrez es un espacio del que participan tanto chicos como chicas. “En relación a las niñas, era raro verlas en los ámbitos del ajedrez y hoy en día todos los equipos que juegan en las escuelas son mixtos y las nenas están teniendo otro protagonismo”, afirma.

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Desde abajo

Los martes y miércoles Fabián Fontanella tiene horas de ajedrez en la Escuela Serrano con los chicos y chicas de cuarto y quinto. En un momento se le escapa llamarla “La Pocho”, porque allí trabajó y fue asesinado Claudio “Pocho” Lepratti el diciembre negro de 2001. También está a cargo de talleres en el polideportivo de Las Flores, en Pajarito Remendado (Molino Blanco), en la vecinal de San Martín A y en la Biblioteca Pocho Lepratti. En el CCB de Las Flores Sur trabaja junto a un equipo interdisciplinario con chicos y jóvenes del barrio y sus familias, en espacios de capacitación laboral y formación.

“La elección de trabajar en los barrios tiene que ver con una de mis creencias profundas: que si la cosa no se hace desde abajo, con las masas, le sirven a unos pocos. Y por lo tanto no sirven”, afirma el docente. Entiende además que, como el ajedrez es un lenguaje, “su democratización le hace bien a toda la ciudadanía, ya que sólo así los recursos simbólicos —y lo simbólico— se hacen parte de la cultura de un pueblo”. Y porque la ciudadanía “necesita reaprender modos de relacionarse y jugar con los niños y niñas —y como ellos—, porque esta es una de las formas de hacer otra cultura y de crecer en ella”.

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>> Lo bueno y lo que está "en proceso"

Fontanella rescata muchas experiencias positivas que se han logrado desde la incorporación del ajedrez como parte del sistema educativo formal, aunque advierte que en otros aspectos aún se está “en proceso”, porque “muchos educadores y ajedrecistas de toda su vida están trabajando en condiciones que distan de ser óptimas, no solo en lo que respecta al modo de contratación sino al pago de la hora cátedra”.

Advierte que “esto tiene incidencia en los procesos de trabajo, más cuando queremos con el ajedrez transformar un poco la transmisión educativa, en el aula o fuera de ella”. “Sabemos que hay familias estalladas, con barrios cruzados por la violencia y el narcotráfico. Y los que hacemos el trabajo educativo y social lo hacemos en relación con la políticas que el Estado dispone, pero a veces con presupuestos bajos”, agrega

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