En la triste década de los 90, un poder impresentable daba por tierra y de un plumazo con los ferrocarriles del país. Vale recordar que desde la creación del ferrocarril, en los recorridos de sus líneas, se establecieron verdaderos emporios que contribuyeron al desarrollo de pueblos, los que tiempo después se convirtieron en ciudades con una pujanza admirable. Pero luego, la nacionalización del sistema fue mal interpretada por los acólitos del primer mandatario de turno. Fue así que el 1º de marzo de 1951, sin prisa pero sin pausa, comenzó la debacle del sistema. Políticos y gremialistas se constituyeron en el arquetipo de la variable de ajuste. No respetaron en absoluto el decrecimiento vegetativo, acompañándolo con moderadas reposiciones de personal. Tampoco mejoraron sustancialmente el vetusto material rodante y el mantenimiento de la red en relación con las necesidades de los tiempos modernos. Lamentablemente, en los 80, con el apoyo deleznable del periodista Bernardo Neustad, se logró mentalizar a medio mundo de que los ferrocarriles generaban al país una millonaria cantidad de dólares de pérdida. Paradójicamente, luego esos millones fueron a subsidiar a los concesionarios. En suma, regalaron el patrimonio nacional. Y los obsequiados con parte de las joyas de la abuela mercaron impunemente y no mejoraron en nada el servicio. Pero lo más grave fue (y de eso fui protagonista) la eliminación sistemática de miles de empleados del servicio. No importaba la edad de cada uno, todos éramos elementos descartables. Fue así como una muy buena cantidad de ex-empleados muy mayores tuvimos que sortear severos inconvenientes para volver a insertarnos laboralmente. Ahora se plantea un nuevo desafío, y bienvenido sea. Independientemente del beneficio que otorgue el servicio ferroviario, es dable suponer que se creará una fuente de trabajo fundamental en estos tiempos y que el usuario y todos los opinadores de turno, incluso los de aquel entonces, apoyarán esta loable iniciativa. Asimismo, donde sea que esté la estación aquí en Rosario, ojalá pueda verse poblada de pasajeros y/o acompañantes como otrora lo fue nuestra histórica Rosario Norte. Ojalá pronto podamos ver concretado el sueño de la vuelta del ferrocarril. Muchos ya no la podrán ver, pero sus seres queridos en una mirada hacia el cielo, podrán decir: padre, a través de este logro, ya puedes descansar en paz. Dios habrá de querer que así sea.






























