Con profundo dolor, pero sin ningún asombro, leí en La Capital del domingo 31 de mayo la simultaneidad de dos tragedias automovilísticas en la descuidada y angostísima ruta 9. Y como para corroborar que las tragedias no son casualidades, sino causalidades determinadas por los gobiernos que se especializan en promesas incumplidas, en la página 45 de la misma edición está la recordatoria por la muerte de mi esposo, hace 12 años, en un espantoso choque en la misma curva cerrada, deficientemente demarcada en aquel tiempo. Después de la muerte de mi esposo pusieron unos triángulos de advertencia, pero ya era tarde. La obra del tan vapuleado tramo Rosario-Córdoba no sufre postergación de días sino de décadas. Mi esposo y yo, hace 40 años jóvenes y todavía crédulos con respecto a las obras viales y a las promesas políticas, con los hijos chiquitos ya calculábamos en Correa por dónde pasaría la ansiadísima autopista. Mis hijos crecieron, obtuvieron títulos universitarios, se casaron, me hicieron abuela de ocho nietos y ¡aún no está inaugurada! De muchas muertes violentas e injustas fue protagonista la ruta 9 en semejante lapso. Y lo seguirá siendo por el abandono en que se encuentra. Cuando Covicentro terminó su concesión sin haber cumplido la terminación del tramo que le correspondía por contrato, no tuvo sanciones ni obligatoriedades urgentes; simplemente la concesión se renovó con el nuevo nombre de Vial 5. Lo construído en aquellos tiempos hasta Carcarañá con indiscutible y pecaminoso "ahorro" de materiales nobles, hoy está decorado con innumerables parches negros y serpenteantes que pretenden cubrir el deterioro, y el tramo carece de demarcación, tan indispensables para el conductor que transita por esa inconclusa parte de la autopista. Sin responsabilidad, sin control y exigencia de quienes corresponda, las tragedias se seguirán sumando para que nos lamentemos después, cuando ya nada es remediable.






























