La primera vez en Nueva York no se olvida. Francisco, el "Papa de los pobres", vivió ayer una jornada frenética en Manhattan, unas de las zonas más elitistas y en la que más caro se paga el metro cuadrado de todo el mundo.

La primera vez en Nueva York no se olvida. Francisco, el "Papa de los pobres", vivió ayer una jornada frenética en Manhattan, unas de las zonas más elitistas y en la que más caro se paga el metro cuadrado de todo el mundo.
La Gran Manzana recibió sin excesivo entusiasmo al pontífice, cuya visita generó simplemente un poco más del caos ya habitual.
"En cuanto usted traspasó esas puertas, se convirtió en un neoyorquino", le dijo la noche del jueves el cardenal Timothty Dolan al Papa en la catedral de San Patricio.
Pero el jesuita argentino no da el perfil de "newyorker". Su condena ayer de la "ambición de lucro" difícilmente resonó en Wall Street, epicentro del capitalismo mundial.
En la catedral de San Patricio, incrustada entre las tiendas más exclusivas en la Quinta Avenida, ayer seguía ondeando allí la bandera amarilla y blanca del Vaticano mientras los turistas iban y venían con bolsas de las mejores marcas.
Las palabras del Papa, que en Estados Unidos condenó la devoción al consumismo, tampoco parecieron haber llegado allí.
Y cerca de la catedral había una de las personas desfavorecidas a las que tanto se ha referido Francisco los últimos días. "Homeless, broken, hungry" (Sin techo, abatido, hambriento), se leía en su cartón.
Apenas unos minutos antes, el Papa, ante el aplauso de los líderes mundiales en Naciones Unidas, había exigido los derechos de "tierra, trabajo y vivienda".
Dos calles más adelante, una mujer sobre el suelo, apoyada en un semáforo, lloraba ante la indiferencia de los apresurados transeúntes.
El Papa a veces predica en un desierto, aunque sea de asfalto.
Pero hasta Francisco, que no había pisado Nueva York hasta ayer, sabe que la vibrante ciudad tiene también su lado amable. Lo demostró el 11 de septiembre de 2001 y lo reconoció ayer el pontífice al recordar en la Zona Cero a las víctimas de los atentados y a los héroes.
"En una metrópoli que puede parecer impersonal, anónima, de grandes soledades, fueron capaces de mostrar la potente solidaridad de la mutua ayuda, del amor y del sacrificio personal", elogió Francisco a Nueva York, mostrándole a la vez quizás su mayor pecado: la soledad entre la multitud que puede llegar a generar.
El alcalde, Bill de Blasio, había animado a los neoyorquinos evitar Manhattan y a trabajar, si era posible, desde sus hogares. La seguridad impuso cortar calles cuando el Papa se desplazó de la ONU a la Zona Cero y luego subió hasta Harlem. Finalmente bajó de nuevo hasta el Madison Square Garden tras un recorrido por el Central Park, parcialmente cercado por altas vallas desde horas antes.
Lejos de ellas, sin la entrada de acceso requerida, algunas personas esperaban al menos poder verlo, aunque fuera fugaz, rápidamente, como manda el ritmo de Manhattan.
"Quiero estar aquí, cerca. Queremos verlo, porque es el Papa de la gente. Es muy humilde, me gusta su imagen", dijo a la agencia DPA Elena Aguirre, argentina de 50 años residente en Nueva York y con camiseta albiceleste de fútbol.
"Es especial, muy especial para todo el mundo. Lo amo. Quiero estar aquí, aunque no pueda tocarlo, sólo verlo", dijo Jennifer, de Nueva Jersey y con camiseta papal y banderas amarillas y blancas. Uno de los numerosos agentes de la policía de Nueva York que integraban el operativo de custodia del pontífice les avisó, sin embargo, de que pronto cortarían toda la calle y que tendrían que abandonar la acera.
"No va a cambiar el mundo pero difunde mucha amistad, mucha paz", afirmó Juan, de Ecuador y de 39 años, mientras las bocinas y las sirenas de los vehículos atronaban y los helicópteros de las fuerzas de seguridad revoloteaban entre los rascacielos.
Pese al mensaje del Papa, no hubo rastro de paz ayer tampoco en Manhattan, donde incluso Francisco pasó una jornada frenética. Lo habitual en la Gran Manzana.


