Philip Roth es uno de esos tantos casos de escritores “prestigiosos” y de gran
difusión internacional a los cuales la prensa culturosa apela siempre a la hora de hacer la tapa de
alguna revista o suplemento literario.
Más allá de algún rictus ocasional que sus áridas páginas puedan arrancarme, confieso que en
general me parece aburridísimo. Está lejos de provocarme la alegría visceral de leer que me
despiertan compatriotas suyos como el inconmensurable Faulkner, el preciso e intenso Hemingway, el
sensacional (y olvidadísimo) Erskine Caldwell o, por qué no, los grandes prosistas de la novela
negra, como Hammett, Chandler, McCoy y el genial (y aún más olvidado) David Goodis.
En fin, creo que la literatura norteamericana es una de las más importantes del siglo veinte
y que Roth es, en ese poblado cielo, un pequeño asteroide rodeado de grandes estrellas. Pero
también pienso que, después de la muerte de Faulkner y Hemingway, salvo excepciones como Capote,
Kerouac (aunque sea tan desparejo), Carver, Bukowski y el maravilloso John Fante (hay más, claro
que hay más), los yanquis dejan de jugar en las grandes ligas.
Toda disputa de estas características puede sonar a un súbito ataque de chauvinismo, pero
sinceramente me molestó el título de una “Eñe” donde Roth, muy campante, sentencia: "La
mejor literatura de los últimos cincuenta años es la de Estados Unidos". No, Roth, no. La mejor
literatura de los últimos cincuenta años es la hispanoamericana.
Insisto: no se trata de ver quién la tiene más grande. Pero sí de poner las cosas en su
lugar. Y vamos, nombre por nombre, no pueden ni empezar a jugar el partido. ¿O Cortázar, Vargas
Llosa, Carpentier, Rulfo, Onetti, Lezama Lima y García Márquez (con esos nombres basta, pero si
quieren sigo: Bolaño, Arenas, Saer, Conti) no son una línea media impenetrable a todos los ataques
de las plumas del norte?
Pero no creo que Roth haya jugado jamás a la rayuela ni haya sentido nombrar a una brumosa
localidad llamada Santa María. Ni creo que sepa que los pasos perdidos pueden terminar en el llano
en llamas y que cien años de soledad son poco tiempo para una ciudad, pero mucho para los perros.
En fin, ¿quién vive en el paradiso?
Roth no sabe nada de todo esto. Hijo de una cultura ombliguista y de un país imperialista (a
rescatar esa palabra, por favor), el muchacho puede darse lujos que no cualquiera. Él vive en
“un departamento de una elegancia ascética e inesperadamente lleno de aparatos
tecnológicos” (así dice la benemérita nota). Y “acaba de llegar de su otra casa, en
Connecticut, donde pasó el verano terminando una nueva novela” (sic). Claro, es del Primer
Mundo. Al toque se lo traduce, se lo publica y se lo colma de elogios tan insípidos como sus
novelas.
Lo felicitamos, todo bien. Pero que no se la crea: nosotros escribimos mejor que él. Mucho
mejor. Aunque no tengamos una casa en Connecticut.
Y mucho menos, prensa.



























