"Se supone que los cuerpos van a estar flotando mañana, debería ser mañana", dice Mitzy, una funcionaria de salud de Dichato, mientras atardece. A su lado están las carpas donde ella y su familia habitan estos días, junto a otras familias, en uno de los márgenes de la ruta de acceso al pueblo. Por el camino sólo circulan vehículos militares. Son las 20 horas del jueves, y desde las 18 rige el toque de queda. A partir de ese momento, la Infantería de Marina toma el control de las calles. La zona se ha convertido en un escenario de posguerra.
Al anochecer, cuando las tareas de procurar alimentos y asearse y mantener la vida en pie han finalizado, la tragedia se vuelve a colar en cada una de las conversaciones que nacen alrededor de las fogatas, en cada campamento: las personas reviven una y otra vez el momento en que despertaron temblando en medio de la madrugada y salieron corriendo hacia los cerros para salvar sus vidas, como si quisieran volver a dormir y despertar de nuevo, invertir la secuencia de los hechos. Porque la mañana del 27 de febrero, cuando los dichatinos hacinados en los cerros pudieron ver hacia abajo, descubrieron que lo habían perdido todo.
Dichato era una aldea costera de unos 5000 habitantes, ubicada 40 kilómetros al norte de Concepción, que fue destruida en un 80 por ciento por la que hoy se considera la mayor catástrofe natural en la historia moderna de Chile: el maremoto que siguió al sismo devastó el pueblo por completo. Sobre una bahía cerrada, de aguas tranquilas, se levantaba un pueblo pacífico y pujante, que recibía más de 10.000 turistas por temporada y en las últimas dos décadas había visto crecer el número de bares, discotecas y restaurantes en su costanera. El mar "se los llevo a todos, a todos, no quedó ninguno", dice ahora Gilda, otra funcionaria de salud. "Yo siempre vi las noticias de lo que pasó en Haití, pero nunca me imaginé que íbamos a estar igual que ellos".
A cinco días del sismo, sin pensar siquiera en cuantificar las pérdidas materiales, todavía no se sabe cuánta gente ha de-saparecido en Dichato. El grupo de rescate comenzará mañana la búsqueda de cuerpos, explica Mitzy, porque "ellos tienen una teoría, que supone que a determinados días un cuerpo hundido empieza a flotar. Entonces ahí se van a meter los ranas a buscar los que están en las casas hundidas, los que están en los autos. Debe haber unos 30 autos abajo, más otros tantos que están botados por ahí".
Luces y sombras. Durante la noche, las calles de Dichato están desiertas, y cualquier movimiento es sospechoso. El camino hacia Villa Fresia se realiza del mismo modo en que viajamos desde Santiago: en la cabina del camión viajan dos personas junto al chofer; detrás, en un espacio de dos metros de largo por un metro de ancho, con una distancia de unos 80 centímetros hasta el techo del acoplado, sobre dos colchones, viajamos cinco personas, rodeados de ropa y mercaderías. Un juego de walkie-talkies nos mantiene comunicados por cualquier emergencia. Ahora, adelante también viaja Gilda, que es la que sabe el camino hacia el cerro. Atrás somos seis, y vamos en silencio. Sólo se escucha el traqueteo del camión, hasta que se detiene y se abren las puertas.
Ya se han usado cientos de veces las mismas palabras para describir lo que se ve desde aquí: el adjetivo "dantesco" es preciso, porque supone que así debería verse uno de los círculos del infierno. A lo lejos se ve la playa, y más atrás unas pocas casas en pie, algunas desplazadas más de 700 metros de su ubicación original, y todo lo que las rodea es un desierto de destrucción, de maderas húmedas, electrodomésticos retorcidos y fragmentos de una vida pasada, imposible de imaginar desde este presente.
"Fueron tres marejadas: la tercera se llevó el pueblo completo, pero completo. No dejó nada parado. Mató gente. Nosotros vimos aquí abajo como la ola se llevaba una señora que trató de ir a sacar cosas a su casa. Aquí, después, cuando se fue la ola, encontrábamos personas enfermas y los cuerpos arriba de los techos de las multicanchas. La gente, los ancianos, estaban aquí botados, en esa placita, con hipotermia. Y no tuvimos ayuda de nadie, solamente Dichato con su ambulancia y 22 carabineros. Nosotros mismos mejoramos nuestros enfermos y se nos murió gente aquí, hasta que en la noche los vinieron a buscar. Y desde entonces está todo el mundo hacinado aquí", cuenta Cecilia en Villa Fresia, mientras una cadena humana descarga las donaciones que enviaron para ellos desde Santiago.
Risas. Una multitud rodea el camión, y con la llegada de la ayuda aparecen lentamente las risas, y la gente canta en la oscuridad para darse ánimos. "Vaaamos, vamos chilenos, lo vamos a lograr". Lady, Rodrigo, Exequiel, Bastián, Miguel Angel, Mauricio y Ricardo (el chofer), el grupo de voluntarios que decidieron que podían hacer algo por su cuenta, y que de un día para otro se pusieron en marcha y llenaron un camión y llegaron hasta donde casi nadie había llegado con su ayuda, se organizan para descargar la mercadería y la ropa. En medio de las sombras, alumbrados por los reflectores de un camión de bomberos, la tarea se hace con alegría. Una mujer grita de felicidad cuando ve pañales. Cecilia empieza a informar a la gente que se acerca que mañana al mediodía se empezarán a repartir dos cajas de mercaderías a todas las familias. "Hasta ahora no hemos tenido saqueos", dice, "pero esta noche, después de ver esto, es posible que quieran saquearnos", dice Cecilia. "Por eso vamos a hablar con los militares y los bomberos, para que se queden a cuidarnos".
En el camino de regreso, Gilda dice que tiene miedo de volver a circular por las calles durante la noche. "¿Por los saqueos?", pregunta el chofer. "No, por lo que sucedió", dice, "ustedes no vieron lo que vimos nosotros".
Cada tanto se ven fogatas en medio de la oscuridad, gente que hace guardia delante de sus casas semidestruidas para proteger lo poco que les quedó a salvo. Quizá estén hablando de lo mismo que habla la gente en las fogatas de los campamentos: del momento del tsunami, de todo lo que perdieron, pero también de lo mucho que va a costar reconstruir el pueblo. La gente ya habla de levantarse y de reconstruir. Entre la destrucción, en plena noche, todavía hay vida y hay fuego.