Hace algunas semanas, falleció el ingeniero Arquímedes Santiago Bolis, quien fuese, desde 1962 (no 1963), director del Instituto Politécnico General San Martín y, a partir de allí, produjese una extraordinaria revolución en la historia de la enseñanza, al menos en Rosario. Uso el término revolución porque puedo dar fe de ello, ya que viví esa revolución desde adentro. Apenas asumido, enfrentó una huelga docente de varios meses. Los días de clases perdidos se recuperaron casi en su totalidad, porque dimos clase hasta los últimos días de diciembre de ese año de 1962. No como ahora, dado que no se agregarán días de clase ante una huelga similar, por tanto el conocimiento que no se ha incorporado, ya no se va a adquirir en lo que les resta de vida académica a los alumnos involucrados. Nuestra promoción, que egresó en 1965 (y que por tanto, el año entrante celebra cincuenta años de ello), fue la primera en cursar bajo el nuevo régimen. Podría decirse que fuimos los “conejillos de indias” de Bolis. De las aproximadamente diez materias que se daban en cada año de la especialidad Química, Bolis y el Dr. Arturo Burlé (jefe de departamento), dejaron solamente cuatro en cuarto año, seis en quinto y seis en sexto. No por ello disminuyó el número de horas semanales de clase. Como consecuencia, aumentó considerablemente la profundidad y extensión con que se trató cada materia. Con el agregado de los sábados a la mañana en sexto año. Y destaco algo: ese horario no estaba permitido ni previsto, por lo cual la asistencia no era obligatoria. No obstante, la asistencia fue perfecta de nuestra parte. El resultado de esa actitud frente a la educación, fue que todos conseguimos trabajo rápidamente. Quisiera además, hacer una breve defensa del Dr. Arturo Burlé, profesor de química analítica y jefe de departamento. En primer lugar, debo reconocer que no era muy paciente con los estudiantes que no respondían rápido a los estímulos. Eso no le ganó el cariño de los chicos. Era muy exigente con la atención de los alumnos. No permitía desatenciones. Insistía obcecadamente con que debíamos siempre seguir “el hilo rojo de la continuidad razonada”. Aprendimos a razonar con él. Y no hay, ni habrá, buenos técnicos ni ingenieros que no sepan razonar. Hoy, ni Arturo Burlé, ni el Ing. Previgliano, ni el Ing. Remi, ni el Ing. Alvarez, ni muchos otros, podrían dar clases, por la multitud y variedad de derechos que esgrimen los alumnos. Yo no siento hoy, ni he sentido antes, que se haya vulnerado derecho alguno durante mi vida de estudiante. Aprendí todo lo que me enseñaron y cuando ingresé en la universidad, entendía perfectamente todo lo que leía. No es esa la situación actual de una gran parte de los chicos que ingresan en la universidad, según he leído. Me quedo con la educación anterior, que dicen que era mala, pero digo que fue mucho mejor que esta de hoy. Quiero con estas simples líneas homenajear el recuerdo de un verdadero revolucionario de la educación, como lo fue el Ing. Bolis, y a un extraordinario profesor como fue el Dr. Burlé.


































