Lo que me moviliza a escribir estas líneas no es la actitud egoísta de sentirme propietaria de la vida de un sacerdote, como persona cercana a la Iglesia sé muy bien que en el momento de su consagración entregan su ser a la Iglesia y deben obediencia. Reconozco también la necesidad imperiosa que tiene esta comunidad a donde es enviado como sacerdote, y reconozco su capacidad, y sé que esta empresa debería tener su sello con la ayuda del Espíritu Santo. Nuestra comunidad está conformada por las iglesias de Bigand, Villa Mugueta, Arminda y Colonia Maizales. Quiero pensar que las autoridades eclesiásticas conocen parte de la vida de nuestras comunidades, de sus caídas y desaciertos, de sus encuentros y desencuentros. Y el padre Fabián es ese pastor con olor a oveja que necesita nuestra comunidad. Con su traslado, nuestra comunidad perdería no sólo a un ser extraordinario, sino a aquel que supo traer la armonía predicada en el Evangelio, quien nos enseñó a encontrar las cosas que nos unen, las que nos transforman en discípulos entregados a la comunidad. No estoy ajena al reconocer “la mies es mucha y los obreros pocos”. El padre Fabián es ese instrumento que Dios supo poner en nuestros caminos en el momento justo, no comprendo por qué en este momento que en nuestras parroquias están encontrando la paz y la unión tan anhelada se da este cambio tan rotundo, que perjudica la estabilidad de nuestras parroquias. ¿Por qué siempre volver a empezar? Como comunidad devota también merecemos una razón, no una decisión arrebatada que no tiene en cuenta a la comunidad. Pido, por favor, una pronta respuesta, es obvio que nuestras parroquias desean fervientemente que el presbítero Gabriel Fabián Monte siga en nuestra comunidad, y nos unimos en oración para que el arzobispo pueda comprender el por qué de la necesidad de que él siga a nuestro lado. Pero también aceptamos muy respetuosamente si otra fuera su decisión. Lo saludo muy atentamente y que Dios lo bendiga.






























