Los representantes del pueblo de Rosario declararon ciudadano ilustre a Rafael Ielpi en un acto de estricta justicia. Este honor que se dispensa a quienes han demostrado valores sobresalientes es un reconocimiento imprescindible para alentar a la ciudadanía a seguir los mejores ejemplos. Que lo diga yo –un viejo colaborador del distinguido– puede despertar algunas suspicacias. Al fin y al cabo vivimos en un mundo en el que la mezquindad intelectual y material domina la escena. Sin embargo, las pruebas objetivas me eximen de cualquier otra justificación: Rafael Ielpi es un ciudadano ilustre, mucho más allá de su obra artística y de su aporte a la cultura y a la historia de Rosario. Nació en el sur del país, pero sus mejores obras son netamente rosarinas. Aquí comenzó a conocer la vida literaria y a trabajar desde muy temprano. Rosario le brindó fieles amistades y amores. También alguna que otra desilusión, seguramente. Su familia es rosarina, desde su mujer, hasta sus hijas y sus nietos. En Rosario escribió "La Forestal", todas sus poesías, sus cuentos y sus canciones. Como historiador del devenir cotidiano investigó las historias menudas del día a día (que abonan las identidades firmes y definidas) de la ciudad, y la conoce como pocos. Sin embargo, más allá de sus logros desde la gestión en cultura o como edil y presidente del Concejo Municipal, su mayor conquista es la de haber transitado este tramo de la vida como un hombre honesto, respetable, íntegro y criterioso. Y un hombre que hoy mantiene esos valores merece el reconocimiento, porque enarbolarlos a diario significa marchar contra la corriente (como el autor bien lo define en un poema temprano y es lo que viene haciendo desde sus primeros años). Rafael no es conocido por lo que tiene, sino por lo que es: un hombre bueno. Y ése es su mayor y mejor legado. Salud y felicitaciones.




























