El señor José Simón Pericet, en su carta del pasado viernes, titulada "Entre el sofisma y la razón", haciendo gala de una elegante verónica, invierte los términos y me acusa de incurrir en sofismas y falta de lógica. Pero que recurra a la razón, la lógica y la verdad hablando de religión, raya el límite de lo admisible. Sin embargo, trataremos de afrontar el problema con tolerancia y una cuota de humor. En una carta anterior digo, rebatiendo el argumento más frecuentemente usado por ciertos católicos: si los homosexuales son poco menos que los causantes de las mayores catástrofes ecológicas conocidas, por no procrear, los sacerdotes se encuentran exactamente en la misma situación. Lo de que la no procreación sea voluntaria o involuntaria, como dice Don José, no cambia en nada el resultado. Me atengo al argumento, harto infantil por cierto, usado en contra de la homosexualidad, por algunos miembros de la Iglesia: "Si todo el mundo fuera homosexual se acabaría el mundo". Por mi parte, y con la misma dosis de infantilismo, replico: si todo el mundo fuera sacerdote se acabaría el mundo. Y siguiendo esa línea de "argumentación", agrego: en realidad, no se acabaría, sólo se habría extinguido la especie humana. Nada grave. Sería un mundo distinto, un mundo feliz, ya que el hombre, el mayor depredador conocido, habría, por fin, desaparecido, y con él, sus dioses y otras extravagantes fantasías, tradicionales fuentes de intolerancia. Pensándolo bien, no estaría nada mal. Los animales felices... no habría cazadores.
































