Para mí se equivocaron de acto. Me estoy refiriendo al Día de la Bandera. Y haciendo uso del derecho de expresión que otorga La Capital en esta sección aporto estas reflexiones. Quede claro que me llevó varios días procesar el desencanto de este fallido festejo popular, más reunión política que homenaje a la Bandera y a su creador, Manuel Belgrano. Comencemos la desafortunada ubicación de los palcos, dando la espalda al Monumento, al Concejo y a la ciudad, cuna de la Bandera, un premonitorio anticipo de la no participación popular ciudadana: el desfile. Cuando una ciudad logra instalar una fecha y todo se da, clima, feriado largo, para que visitantes de todo el país concurran a honrar la enseña patria en su día, ¿qué determinó la no realización del desfile? La televisión nos muestra y enseña cómo se celebran las fiestas patrias en países vecinos y lejanos. Recordemos que la tradición se basa en el mantenimiento de costumbres. Organizar un desfile, sabemos, no es cosa fácil. Pero aquí estaba dado todo, incluso había un buen clima popular ya que los dos clubes de fútbol de la ciudad, Newell’s y Rosario Central, resultaron campeones. Pero no hubo desfile y sin él quedaron decepcionados los chicos que montados en los hombros de sus padres llevaban la azul y blanca y no vieron nada. Los reservistas canosos de trajes lustrosos y ajustados que antes desfilaban con orgullo. Los ex combatientes de Malvinas, entre ellos siete que vinieron por primera vez a desfilar con sus compañeros de armas y que revelaron un secreto de la gesta de Malvinas, digno de una película (ver La Capital 23/6/13); las colectividades, representantes de los inmigrantes que hicieron la ciudad con sus vestimentas típicas; las Fuerzas Armadas, con sus uniformes y bandas, y paso marcial, quienes tradicionalmente pronuncian su juramento a la bandera en esta fecha; las instituciones de servicio como enfermeras, comunicaciones, bomberos. Pero hubieron más decepcionados. Mención especial quiero hacer de los gauchos. Ellos vienen de sus provincias, algunas lejanas, otros de pueblos vecinos, pagan de su bolsillo el traslado de sus pingos, con aperos y riendas de lujo. Son gauchos y chinas, jóvenes y chicos, desfilando orgullosos tras soportar las largas esperas de ser los últimos en saludar a la azul y blanca. Y no son pocos, son cientos. Ellos también se quedaron sin el desfile. Y nosotros sentimos con todo esto que la patria se achica y el amor a la tierra se pierde cuando no se cuida lo que más vale, el sentimiento de pertenencia, el ser argentino. Pero faltó algo más. La gran ausente, la convocante Alta en el Cielo, la bandera más larga del mundo. Pedazos de ella desfilaron en ciudades vecinas llevadas por el pueblo y los escolares. Julio Vacaflor, inspirado creador, para el 2014 te pedimos sólo unos 200 metros para pasearla en turnos si somos muchos, como hicimos durante 12 años. Un audiovisual de ella no alcanza. Que el desfile es largo, alguien dirá. Claro, ¿Y los discursos, no lo son? Hay que fijarles tiempo y tema. Y respetarlos. El público, agradecido. Y sobre la versión del Himno Nacional, un comentario. La creatividad es un don que hay que atesorar. ¿Por qué no volcarla de una manera más feliz que esta carnavalesca samba de enredo? Quiero terminar señalando lo bueno. Primero lo hermoso que luce Rosario embanderada, en especial su parque Independencia. Esas avenidas de banderas dobles son postales, fotos para almanaques de promoción de la ciudad. Felicitaciones al municipio. En segundo lugar, el patriotismo que siembran los jardines de infantes. El nivel inicial sale de sus sedes y cuelga de los árboles de las calles las banderas que hicieron los chiquitos con sus maestras. Vayan y admiren por ejemplo calle San Lorenzo, de Moreno a Corrientes. Un ejemplo a imitar por el ciclo secundario y el terciario en escuelas y colegios.
Cristina J. Goytia































