He terminado mi actividad docente en el nivel secundario y una de las escuelas donde me fue más gratificante dar clases fue el Superior de Comercio. De los jóvenes me llevo el mejor de los recuerdos, lo mismo que de muchos colegas queridos. También debo agradecer a la dirección de este establecimiento, a la cual siempre sentí cerca para colaborar en ideas y en propuestas. No obstante, la mirada no es tan diáfana en lo que se refiere al ordenamiento que emana de los departamentos, en particular, en la elaboración de escalafones docentes para asignar horas de cátedra. Sobre esto existen cuestiones controvertidas y polisémicas que pertenecen al pasado y que es ya necesario superar. Ahora bien, al haber trabajado en dos departamentos distintos no me queda claro por qué en uno de ellos me fueron requeridos el título universitario y el de docencia y validados los de posgrado, mientras que el otro departamento no reparó en esas exigencias. Tanto es así que al día de hoy la mayor cantidad de horas de la sección de inglés quedaron bajo la égida de un título que no solamente tiene un escaso impacto académico sino que también carece de capacitación docente. Esta emancipación y atomización de los departamentos vulnera el aspecto fenomenológico del establecimiento y en lugar de promover un efecto sinérgico produce una suerte de entropía que se lee como "falta de principios comunes y consensuados de vida institucional". No obstante, se auguran vientos de cambio que se constituirán de aquí en más, en la confrontación a las pequeñas injusticias, miserias y omisiones cotidianas que son las que realmente quebrantan la grandeza de una institución.




























