La ciclópea obra del cura cordobés José Gabriel del Rosario Brochero transformó de tal manera estos valles sin tiempo que el caserío Villa del Tránsito, que en 1869 apenas tenía unas mil almas, ahora hasta lleva el nombre del futuro santo argentino.

La ciclópea obra del cura cordobés José Gabriel del Rosario Brochero transformó de tal manera estos valles sin tiempo que el caserío Villa del Tránsito, que en 1869 apenas tenía unas mil almas, ahora hasta lleva el nombre del futuro santo argentino.
Villa Cura Brochero, un encantador pueblito de ocho mil almas, casi todas brocherianas, es una pequeña localidad enclavada en la pampa de Achala, en el valle de Traslasierra, a 172 kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba.
Después de la ciudad de Alta Gracia, la ruta serpentea entre valles verdes tapizados de pinos a la altura de Falda del Carmen, recordada en la historia argentina por el incipiente desarrollo de la energía nuclear del primero y segundo gobiernos del peronismo.
El clima de esta zona de las sierras cordobesas es tan cambiante que puede variar desde los 34 grados del jueves hasta las 17.45, cuando sorprendió con una abrupta tormenta eléctrica con granizo, hasta el frío de esa noche y de los dos días siguientes.
La Parroquia Nuestra Señora del Tránsito (por asunción de la Virgen) es una típica iglesia de pueblo, de paredes tan anchas como blanquísimas, con una nave central y dos laterales, que en el lado izquierdo atesora el relicario, una pequeña urna de algarrobo tallada por un artesano local, que guarda los pocos restos que se conservan del cura Brochero, cuyo cuerpo fue quemado con cal por temor al contagio de lepra. Otra joya de la iglesia es la enorme campana de bronce niquelado, el primer regalo del Papa Francisco a una institución del país, que envió para celebrar la beatificación del cura Brochero. “Pastor con olor a oveja”, rezan las letras en relieve, apenas uno entra, a la derecha.
Además, los brocherianos exhiben allí, orgullosos, el solideo de Francisco, el gorrito blanco del Papa que les envió especialmente para celebrar la beatificación. “Solideo quiere decir sólo para Dios”, según explica el cartel.
El otro punto imperdible del pueblo es el Museo Cura Brochero, la antiquísima casa donde vivió sus dos últimos años y murió el futuro santo argentino, que se contagió de lepra por curar, abrazar y hasta compartir el mate con los enfermos, en los últimos años del siglo XIX. Situada en Moreno 185, a una cuadra de la plaza, la casa decimonónica conserva pisos rojos, paredes anchísimas, aberturas originales de madera, rejas de hierro, faroles de la época y hasta un aljibe en el fondo. Una estatua en tamaño real del cura Brochero con poncho, sentado en el living, sorprende al visitante, casi tanto como el conocimiento del santo que despliega la directora del museo, María Rosa Figueroa, la popular y carismática Rosita, una habitante del pueblo, de 54 años, con una actitud y una sonrisa tan evangélicas como conmovedoras. Rosita se sienta en su escritorio, al lado de la estatua del santo, y parece la virtual secretaria del cura Brochero. “Rosita sabe todo del cura Brochero y, además, es una santa”, resume el padre David Silva, el cura del pueblo.


