Cuando la remisera María Esther Morlivo apareció muerta en su auto con un tiro
en la cabeza el caso era un misterio. Una bala de origen incierto la había inmovilizado tras dejar
a un pasajero en el barrio Azcuénaga Sur. El enigma comenzó a aclararse cuando una vecina de la
cuadra reveló que a ella la habían asaltado dos jóvenes, minutos antes de escuchar el disparo. Fue
la punta del ovillo: dos adolescentes detenidos por el robo confesaron que, al huir del lugar, pasó
la remisera y le tiraron porque creyeron que el auto iba a chocarlos. Uno de esos jóvenes, de 17
años, ahora fue declarado coautor responsable del crimen bajo la figura de homicidio en ocasión de
robo.
De la resolución de la jueza de Menores Gabriela Sansó surge que la muerte de
Morlivo derivó de una fatal casualidad: pasó por un lugar donde acababa de ocurrir un robo y
recibió un disparo de ladrones en fuga. Hay dos rasgos singulares. Uno, que el homicidio se
consideró conectado con el robo pese a que las dos secuencias no fueron simultáneas. Otro, que no
se aclaró qué chico disparó.
Pese a eso Julio G., de 17 años, fue declarado responsable: la jueza entendió
que al cometer un robo con un arma apta para disparar pudo prever las trágicas consecuencias. Al
chico que lo acompañó en el hecho, Federico S., no le iniciaron causa penal porque tenía 15 años y
no es punible. La jueza pidió a la Dirección Provincial de la Niñez un informe de la intervención
hacia este chico.
María Ester Morlivo tenía 51 años. La noche del 7 de noviembre de 2008 retiró a
un cliente del Gigante de Arroyito, tras el partido de Rosario Central y Lanús, y lo llevó a su
casa de calle Río de Janeiro. Había acordado con su hija María Cecilia que pasaría a buscarla por
la seccional 9ª. La joven es policía y esa noche había trabajado en el operativo de la cancha.
Cuando avanzaba por Río de Janeiro, al llegar a Cerrito, un disparo le dio
directo en el rostro, a la altura del ojo izquierdo. La mujer murió en el lugar.
La conexión. Hubo gran incertidumbre inicial: nadie sabía quién le había
disparado a Morlivo y por qué. Pero enseguida la policía conectó la muerte con el robo que
instantes previos al disparo había sufrido María C., una vecina de 25 años a la que dos jóvenes en
bicicleta le habían sacado una cartera.
El robo fue a las 22 cuando la chica volvía a su casa y un joven armado le sacó
sus pertenencias. El chico se fue corriendo. El que lo acompañaba salió en bicicleta. La mujer,
asustada, le hizo señas al conductor de una Ford F 100 que pasó por el lugar y le pidió que
permaneciera allí hasta que ella entrara a la casa. Por eso advirtió el paso del VW Gacel en el que
Morlivo iba a baja velocidad. Cuando la mujer rodeaba la camioneta por atrás para cruzar la calle
escuchó el disparo. Se refugió en su casa y minutos después supo que habían matado a Morlivo.
En base a ese relato la policía allanó cuatro días después la humilde casa de
Julio G., en Ituzaingó y Pasaje 1. El chico no estaba pero se hallaron elementos de María C. El
mismo día Federico fue apresado en su casa, donde se encontraron los lentes de contacto de la chica
y un documento a su nombre. Julio, a quien le dicen Colo, se presentó en Tribunales y quedó alojado
en el Irar.
Los dos reconocieron el robo. Julio le pasó a su amigo un revólver calibre 32
cuando vieron a María C. que se acercaba por Cerrito. "Federicó se baja de la bici y la encara con
el arma. Le saca una cartera grande y sale corriendo por Cerrito de contramano y una señora que
venía en auto por Río de Janeiro lo quiso chocar, él se dio vuelta y le tiró con el arma", relató
Julio.
El chico de 15 años dio un relato parecido: "Cuando llegamos a la esquina el
Colo me pasó el fierro, que era de él, y me dijo: Tomá, dale vos. Yo me bajé de la bicicleta,
encaré a la piba y me la dio al toque". sólo que acusó a Julio de haber sido el autor del disparo.
"El Colo me llevaba media cuadra cuando disparó", dijo.
La bala extraída de la cabeza de la víctima es del mismo calibre que el arma que
portaban los dos jóvenes. El arma fue secuestrada en poder del hermano de Julio, procesado por la
tenencia del revólver.
El Colo contó que se fueron juntos en la bici y esa noche le vendieron el
celular "a unos paraguayos que viven en las vías" que corren paralelas a Felipe Moré. Luego se
enteraron que la mujer del remís había muerto.
Consecuencia. Aunque no está claro si Julio C. fue quien tiró, la jueza Sansó lo
encontró responsable del homicidio porque "ambos estuvieron de acuerdo en cometer un hecho con arma
de fuego", lo que a su criterio define que estaban dispuestos a usarla.
La declaración de responsabilidad penal implica que, al ser mayor de edad,
pueden imponerle pena por ese delito.
Julio G., un joven marginal y con antecedentes por robo, está detenido desde el
momento del hecho. Entonces pidió ayuda por su adicción a las drogas. No quiso que lo internaran en
una granja de puertas abiertas porque tenía miedo de escaparse y no quería "seguir con esa vida".
Tras su paso por el Irar, a partir de una beca de la provincia, fue internado en una institución de
puertas cerradas de la provincia de Buenos Aires. Desde allí sus informes son favorables.