Estamos en el centenario de la Primera Guerra. Entre los recuerdos de los italianos resalta de inmediato que “el ejército marchaba para alcanzar la frontera”, canción conmemorativa de esa guerra. Y aparecen los principales actores del momento. También recordamos a Victor Emanuel III, rey de Italia, que subido al trono en el año 1900 por el asesinato de su padre, reinó por 46 años. Medía 1,54 m de altura (real). Pero cómo reinó. En 1911 firmó su primera guerra en contra de la decadente Turquía para apoderarse de Libia, un paseo militar, decía alegremente, que no pasaría de un mes. En cambio, oh sorpresa, fue un hueso muy duro y casi se pierde la guerra. Se descubrió que no era cierto que “el cajón de arena”, casi seis veces más grande que Italia, fuera cultivable, tal como lo decía un gran político y muchos repetían. En cambio había mares de petróleo, del bueno, que nunca se buscó, no obstante a los seguros indicios de esa época. Pero eso no fue nada, salvo los pobres soldados mandados a morir por ambas partes y mucho dinero tirado para nada. En 1913, Italia tenía una población de 25 millones de habitantes; unos 800 mil emigraron por la gran desocupación. No fue todo; en el fatal mes de julio de 1914, los estados más ricos, cultos y ¿civilizados? se arrojaron uno contra el otro, atrozmente. Se inauguraron las grandes alianzas, los bloques de estados, los servicios militares obligatorios. Las nuevas grandes industrias, las nuevas técnicas producían materiales, armas, productos e implementos para la guerra como nunca, en cantidades asombrosas. La concentración y la explotación de todas las fuerzas, de la economía, de las finanzas, del ahorro, ofrecían ingentes medios. Todo para la guerra, en un frenesí suicida que la humanidad nunca había experimentado; y eso por ambas partes en conflicto. La propaganda martillaba incesantemente barriendo cada vislumbre de razón. Italia era aliada de Austria y Alemania, para hacer un despecho a Francia, que había invadido Túnez, colonia que estaba en la mira italiana. Libia no alcanzaba con sus gastos militares. Caído Giovanni Gilotti, primer ministro, el único con un poco de cerebro para razonar y contrario a la intervención y después de casi un año de inútiles matanzas, el gobierno italiano todavía no había podido descubrir el lado atroz de la guerra. “Es cosa de pocos meses”, se repetía criminalmente. Olvidando la grave situación interior, salieron a buscar a quien ofrecía más. Austria, vista la inadvertencia, ofrecía Trento y Trieste por nuestra neutralidad. Dan ganas de llorar al pensarlo. La plaza en cambio _y no sería la última vez, lamentablemente_ quería la guerra, quería la gloria. El célebre poeta Gabriele D’Anunzio (¿célebre?), borracho de grandeza, de megalomanía, seguido por muchos otros, con su gritos daban la impresión de que su voluntad era la voluntad del país. ¿Y los demás? Las masas qué otra cosa podían hacer sino soportar atónitas y resignadas. Mi padre fue suboficial de caballería y un tío mío prisionero de guerra en Hungría. Y su majestad Victor Emanuel III firmó la guerra sin duda, sin preparar al ejército, sin siquiera informar a los mandos militares que recibieron la orden de guerra, desprevenidos. Y el 24 de mayo de 1915, “el ejército marchó para alcanzar la frontera”. Allí empezaron todas las desgracias de nuestra patria, Italia. Luigi Cadorna fue nombrado comandante supremo, fue la peor elección. Un militar firme en sus antiguos conceptos de la guerra, sordo a toda sugerencia, ciego a las matanzas inútiles. Lanzó once batallas al insonzo. El ejército italiano no poseía tijeras para cortar los alambrados defensivos enemigos y debían sobrepasarlos, mientras los austríacos ametrallaban a nuestros pobres soldados, que atacaban con la bayoneta calada, al estilo de Garibaldi de medio siglo atrás, ignorando las ametralladores. Por falta de fusiles, se hacían ejercitaciones con palos de escoba. No otorgaban licencias a los soldados para que no contaran las penurias vividas en las trincheras. Fueron más de tres años bajo el sol abrasador en verano, bajo la lluvia, en el barro y el frío gélido del invierno. No había sido un paseo militar de unos meses como habían anunciado. Y en 1917 se llegó a Caporetto, con el derrumbe catastrófico del ejército italiano. Detrás del Piave se recompuso la resistencia. ¿De qué manera? Diezmando. Todo soldado hallado lejos de su regimiento era fusilado en el momento y en el lugar. Si alguien llegaba tarde de una licencia, lo fusilaban. Cuando escapaba un soldado del regimiento, elegían a uno de cada diez que quedaban y lo fusilaban. Por fin Cadorna fue sustituido. Lo sustituyó Armando Diaz y la guerra terminó. Luego, la útlima tragedia vivida en primera persona, la Segunda Guerra, consecuencia de la primera, con millones de muertos, el país destruido y millones de emigrantes huyendo del hambre. De esa manera terminó la Casa Saboya con sus cuatro reyes de Italia, ninguno de los cuales fue “galantuomo” (hombre de bien), como nos enseñaban en la escuela. ¿Algo positivo? Nada, sólo miseria, sordidez moral en un hombrecillo que no había nacido para ser rey, con letra mayúscula.































