Quiero y no quiero. La verdad es que no sé si quiero de verdad. Porque uno de los valores más importantes que recibí de mi padre es el respeto al trabajo para la comunidad. Al trabajo productivo, al que de verdad sirve para que la comunidad crezca, se desarrolle y vuelque en un círculo virtuoso nuevamente sus deseos de servirse a si misma. Ahora, aquí el dilema: cómo puedo seguir adelante con esta cruzada loca que me transmitió mi viejo si en esta condición me siento un gil. Sí, leyeron bien. Un verdadero gil. Todos los fines de año el gobierno de todos (municipal, provincial y nacional) regala a los empleados públicos (que paradoja, son los primeros que tendrían que servir a la comunidad) dos, tres y hasta cuatro días de asueto, de feriado, para que no trabajen, no nos atiendan. Tienen estabilidad (no los pueden echar casi por nada del mundo), muy buenos sueldos, días hábiles de vacaciones, un sindicato que muerde en serio, bonos y premios en dinero a fin de año, horario fenomenal de trabajo, entre otras ventajas. A esta altura lo único que puedo hacer es reprocharle a mi viejo, ya fallecido, el hecho de no haberme aclarado que si elegía el camino de la productividad y el crecimiento de la comunidad, iba a ser un trabajador de segunda clase. Los buenos beneficios los tienen otros. Gracias intendenta Fein, gracias gobernador Bonfatti, gracias presidenta Fernández por hacerme sentir así, tan trabajador de segunda.




























