Los corazones al viento desde el norte hasta el sur de nuestro país, recorriendo calles, abrazados, cantando en paz, riendo, saltando, haciendo flamear la celeste y blanca, todos juntos, hermanados. Parecía un verdadero cuento de hadas. ¿Cuánto tiempo hacía que no disfrutábamos de una fiesta popular de esta envergadura? Los que no pudieron salir a la calle, tampoco dejaron de sumarse. Desde el televisor o desde la radio. Todo fue posible, menos estar ajeno a la euforia reinante. ¡Gracias selección nacional! ¡Gracias a todos y cada uno de los responsables de este campeonato mundial que deja como saldo una enseñanza tan profunda! ¡Los argentinos estamos vivos! ¡La Argentina puede! No sólo gritar los goles, disfrazarse, pintar su rostro con colores patrios, sino que puede abrazar y brincar con el que tiene a su lado sin conocer sus ideales políticos o religiosos. Evidentemente que sólo faltaba el motivo disparador que agrupara los sentimientos de todos. ¡Qué lección nos dieron muchachos! Ya no lo dudo. El pueblo no está dormido. Nadie está dormido. Sólo falta encontrar, con la misma inteligencia que lo hizo la selección, el modo de aglutinar los ideales comunes a todos, entrenar hasta el cansancio, llevar el juego a la cancha y con sufrimientos, con alargues y si fuera necesario con penales, movilizar al pueblo que, sin duda una vez más, saldría a la calle agradecido y entusiasta haciendo flamear junto a su hermano, sólo la celeste y blanca. ¡Qué lindo sería verte entonces, Argentina!




























