El viernes 24 de mayo salió en la página 2 de este diario una foto de tres pibes que, según el enunciado, se tocan unas zambas y hacen acrobacias. Detrás de ese enunciado que los paraliza en una sospecha de buenas intenciones queda un reflejo de una tarde de sol de la cual poco se conoce. Conocidos se entusiasman por ver a un conocido en un diario de renombre, cuando lo que circula en tanto sentido de lo informativo es más o menos lo mismo: esos de siempre haciendo lo de siempre ante otros visto. No es nada, no se endurece el sentimiento de haber intentado amar el sol, pero figurar tomándolo. No es nada, tocar una zamba que no sea escuchada. No es nada, una acrobacia sin el teatro que al instante arma. Ahí mismo somos partícipes de un anonimato diario, aquellos que de periódicos no tenemos tanto. Aquellos que con palabras hablamos entre los retazos, jirones de suspiro, y por poéticos no asentimos algo, intuimos que hay ahí otro olvido, y otro diálogo que sentimos en vano. Esperamos que una imagen sea un revuelco por el lado del encuentro, un avistamiento de ojos jamás vistos, no un muerto más en el océano, o un Monsanto entre la herida de un suelo, o ingenieros en minerías a cielo abierto, o indolentes del frío trasnochado de niño callejero. Eso esperamos a diario en los diarios los que nos buscamos al sol, en poesía o en algún lugar de los ojos de un cuerpo recién asomando sus truncos deseos: una comunicación que tolere los sueños que parecen haber quedado lejos, entre lectores aburridos y escritores sin suspenso.


































