Opinión

¿Por qué no hay más aplausos para el personal de salud de los hospitales y vacunatorios?

A medida que la situación de emergencia en el mundo se alargó en el tiempo, valores como la solidaridad, la empatía y la gratitud parecen haberse diluido. "La pandemia nos hará mejores", decían algunos en marzo de 2020.

Lunes 21 de Junio de 2021

Cuando esta pandemia termine cada país hará un balance social y político de cómo gestionó el Covid-19. Allí habrá que tener en cuenta qué tipo de sociedades se encontraron con el virus y cuáles fueron las respuestas y estrategias que se implementaron. Será el momento en que Argentina deberá reflexionar, valorar y comparar con otros países y hacerse una imagen global. Todos deberán rendir cuentas de cómo actuaron ante esta situación extrema a la que se sigue enfrentando el mundo. En primera medida los oficialismos, tanto nacional, como provinciales y municipales. Pero también sus respectivas oposiciones. Y por qué no los medios de comunicación y los periodistas (ver acá). E incluso el conjunto de la sociedad, donde hay sectores que tienen una baja responsabilidad social y poco apego al cumplimiento de las normas. La llamada anomia de la que ya hablaba en los años 80 el jurista Carlos Nino. Pero ahora, en medio de tantas adversidades económicas, sociales y sanitarias, habría que resaltar algo que hasta ahora se está haciendo bien. No hay que dejarlo pasar como si fuera natural. Porque hay miles de trabajadores y profesionales que le están poniendo el cuerpo. Decenas de veces se machaca con justísima razón cuando en el Estado las cosas no funcionan, así que cuando sucede a la inversa también hay que destacarlo. Y es necesario el reconocimiento porque produce un círculo virtuoso, tan necesario para generar cambios. Este es el caso del operativo de vacunación masivo que están desarrollando en forma conjunta Nación, provincias y municipios –de distintos signos partidarios–, que experimentó estas últimas semanas un fuerte avance y que está funcionando a pleno y con mucha eficacia. Entonces, ¿por qué no hay aplausos para los trabajadores de la salud y voluntarios que día a día inoculan en los 336 centros de vacunación provinciales y municipales que funcionan en Santa Fe (el jueves pasado se logró en toda la provincia un récord de 39.667 inmunizados en el día y ya suman 1.444.486 las dosis aplicadas)? ¿Cómo se entiende que tampoco haya más aplausos para los médicos, enfermeros y camilleros de los hospitales públicos y sanatorios privados que atienden a los enfermos de Covid desde el primer día de la pandemia, incluso cuando no estaban vacunados?

“La pandemia nos hará mejores, como sociedad e individualmente”, decían muchos intelectuales allá por marzo y abril de 2020, cuando todo esto recién se iniciaba. Eran tiempos donde en la Argentina todos los días, a las 21 horas, muchos vecinos salían a las veredas y los balcones para aplaudir el trabajo que realizaba el personal de salud. Pero a medida que pasaron los meses y la situación de emergencia se alargó en el tiempo, valores como la solidaridad, la empatía y la gratitud parecen haberse diluido.

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Y a nivel global ni hablar. Si bien hubo muchos casos de colaboración y generosidad entre países, no se hizo ningún intento serio para poner en común todos los recursos disponibles, racionalizar la producción mundial y garantizar una distribución equitativa de los suministros contra el Covid-19. La tapa entera del último número de la prestigiosa revista científica británica The Lancet lo resume en esta frase: “Covax fue una idea hermosa, nacida de la solidaridad. Desgraciadamente no sucedió… los países ricos se comportaron peor que nuestra peor pesadilla” (ver acá). Covax iba a distribuir 2.000 millones de vacunas contra el Covid-19 en 2021. Hasta el mes pasado, apenas llegó a 68 millones en todo el mundo. Covax es una iniciativa dirigida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) cuya meta principal es la de promover la equidad de vacunas contra el coronavirus en todo el mundo. Fue lanzada en abril de 2020 por la OMS, la Comisión Europea y Francia.

Pero la realidad es otra. La propia OMS señaló que hasta ahora más del 75% de todas las vacunas se ha administrado en solo diez países: “Un pequeño grupo de países que fabrica y compra la mayoría de las vacunas controla el destino del resto del mundo”, sentenció.

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“El nacionalismo vacunal crea un nuevo tipo de desigualdad mundial entre los países que pueden vacunar a su población y los que no pueden hacerlo. Entristece ver que muchos no comprenden un sencillo hecho acerca de esta pandemia: mientras el virus siga propagándose por todas partes, ningún país puede sentirse verdaderamente seguro”, sostiene el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari (ver acá). ¿La pandemia nos hará mejores?

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En ese marco, se aceleró en las últimas semanas la llegada de vacunas a la Argentina. ¿Muchas? ¿Escasas? Al final de la película, y no en la fotografía del ahora, se podrá comparar con otros países que tengan las mismas características que la Argentina y hacer un sincero balance final.

Por de pronto, hoy el país está recibiendo a buen ritmo vacunas y está coproduciendo dos: AstraZeneca y Sputnik V. Esto posibilita que el operativo de vacunación adquiera un buen ritmo y muestre una luz al final del túnel. Y esto es también gracias al enorme trabajo que vienen realizando todo los agentes de la salud, de los sectores público y privado, durante toda la pandemia. Y el personal que trabaja en los vacunatorios es un ejemplo de eso. Quien ya haya sido inoculado en cualquier centro de vacunación de la provincia o de la Municipalidad de Rosario –gobernadas por distintas fuerzas políticas–- sabe de qué se trata. Nadie se lo tiene que contar.

Por ejemplo, en la ex Rural todo se realiza con celeridad y profesionalismo. Personal en los accesos recibe a las personas con turno, donde se mezclan empleados, obreros, comerciantes, empresarios, desocupados, cuentapropistas y profesionales. La vacunación iguala. A cada una se la registra, le colocan una pulsera de papel identificatoria y la derivan a algunos de los tres pabellones donde se inocula. Allí la reciben y la ordenan en alguna de las diez sillas que hay en cada uno de los puestos de vacunación. Un agente de la salud retira los DNI y otro carga los datos en una computadora y rellena los carnés de vacunación. Mientras tanto, comienza la inoculación no sin antes explicar de manera muy clara sobre los posibles efectos adversos en las primeras 48 horas, como ser algo de fiebre, dolor de cabeza y en el lugar de la inyección. “Se pueden tomar un paracetamol”, explica la vacunadora. Cuando termina la inoculación de todo el grupo, reparten los documentos y carnés, la gente se levanta y se retira.

En la ex Rural trabajan unos 500 agentes de la salud y voluntarios en dos turnos y se vienen vacunando unas 6.400 personas por día. A partir de este lunes el número se ampliará a 8 mil, de un total de 10.300 aplicaciones que se realizan en todos los centros de vacunación de Rosario. Y a este ritmo el gobierno provincial prevé que dentro de un mes y medio se alcanzará en Santa Fe la llamada inmunidad colectiva o de rebaño.

El fin de esta pandemia está en la vacunación masiva, pese al negacionismo de algunos, que en Argentina y el mundo asume diversas caras: relativización, minimización, falsas equivalencias, sobresimplificación y teorías conspirativas (el sociólogo Daniel Feierstein las detalla en su reciente libro “Pandemia. Un balance social y político de la crisis del Covid-19”). Es responsabilidad del Estado, entonces, garantizar que todas las personas se encuentren protegidas por igual ante el Covid-19 y de esta forma lograr la inmunidad colectiva. Cuando una persona se vacuna, no solo se protege a sí misma, sino que también protege al resto de la sociedad. Es un beneficio individual y un bien social. Vacunarse es un acto colectivo.

La semana pasada el gobierno nacional (peronista) y el de la Ciudad de Buenos Aires (Juntos por el Cambio) coincidieron en que hay que “dejar a la vacuna y la pandemia afuera de la disputa política”.

Y, efectivamente, es por ahí. El país necesita recuperar un mínimo de racionalidad y sentido común. Aunque ahora ya no haya ruido de palmas para el personal de la salud que atraviese las distintas grietas políticas.

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