En relación a la telefonía, los italianos se sienten mal cuando se habla sobre la invención del teléfono reconocida al escocés sir Alexander Graham Bell. Los itálicos aseguran que Antonio Meucci, oriundo de Florencia, inventó el aparato en 1854, pero nunca tuvo dinero para poder patentarlo; cosa que sí hizo Bell en 1876. Hasta el célebre inventor estadounidense Thomas Alva Edison apoyó en su momento a su colega florentino, en el juicio que el italiano sostuvo con Graham Bell. Desde los experimentos realizados por el alemán Johann Philipp Reis; el desarrollo concreto de Meucci y el oportunismo del señor Bell, por usar una adjetivación benévola; pasando por aquel aparato de baquelita negra con una manivela a un costado (para accionar el magneto), hasta los celulares y teléfonos fijos con memoria y contestador de hoy, la telefonía alcanzó un progreso espectacular. Algo similar ocurrió con las emisiones de radiodifusión; desde las que se realizaban mediante cables submarinos hasta las actuales vía satélite con sistema digital. Sin embargo, se plantea un contrasentido comprobable cotidianamente: si por ejemplo, para un programa de radio se realiza un reportaje a un jugador de fútbol antes o al finalizar un entrenamiento, frecuentemente la voz del entrevistado aparece "adornada" con la más simpática gama de imperfecciones que puede contener el sonido; como zumbidos, chillidos varios, ruidos no menos varios, tonos de ocupado y de llamada, tableteos, la popular "fritura" y la indeseable distorsión. Lo mismo sucede cuando un movilero entrevista a una personalidad de la política, del arte o de cualquier actividad de la vida cotidiana; entrevista que suele finalizar abruptamente en lo mejor de la exposición por un problema de comunicación. Cuando no es por falta de señal, es por falta de batería o de calidad del equipo; siempre es por falta de algo. En el mejor de los casos, el reporteado parece estar hablando desde una cabina de lata. Al parecer, se requiere equipamiento de alta tecnología que permita una comunicación que no sea una falta de respeto para el oyente y para el propio interlocutor. Sea porque las empresas no adquieren tal equipamiento, o porque éste aún no está disponible, lo cierto es que en estos días cuando es posible oír perfectamente a una persona ubicada en otro continente, resulta extraño que no pueda escucharse con fidelidad a alguien que se halla a 20 kilómetros de distancia.




























