Para el mediodía del 8 de octubre de 2021 Iván Ariel “Lolo” G., de 18 años, ya sabía que esa noche iba a tener que acostarse temprano porque al día siguiente debía salir a trabajar con su padre en la construcción. El pibe de 18 años se lo hizo saber a Solange, una chica de 16 que a su vez le transmitía el dato a su hermano Alan Funes. Este joven de 23, a su vez, estaba organizando desde la cárcel de Ezeiza la jornada de trabajo en un punto de venta de drogas de calle Chacabuco al 4100, en el barrio Tablada. Un día antes Lolo había posado para la foto con dos pistolas en la mano, dos más en su regazo y diez cajas de municiones a su lado. Cinco días después fue quien, según un fiscal de de Homicidios, se bajó de una moto, entró a una casa de pasillo de Ayacucho al 4300 y asesinó de dos balazos a Mariel Lezcano, de 21 años.
Balear y tambalear
En estas historias puede verse cómo se precipitan las vidas de los jóvenes que están de un lado y del otro de las armas, que así como balean o matan, son asesinados o encarcelados, tal vez con el mismo valor por la vida propia o ajena. “Hay que mostrar a estos jóvenes que si eligen ese camino no tienen futuro: terminan muertos o presos, no hay otra”, aseguró Foppiani. Pero a su vez planteó un problema, que bien puede aparecer como una de las causas de este fenómeno: “No tienen manera de conseguir un buen trabajo, una buena educación”.
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En el marco de esta investigación contra una nueva banda liderada por Funes desde la cárcel —ya tiene una condena anterior por su asociación ilícita con René Ungaro, además de otras dos por homicidios— hubo hasta el momento en total 16 imputados. De estos sólo uno terminó la secundaria, ocho la abandonaron, cuatro sólo hicieron la primaria y tres ni siquiera esa etapa. En cuanto al trabajo, cinco dijeron estar desempleados, cuatro trabajaban en la construcción y el resto en changas informales. Sólo uno, el que terminó la escuela, aparece como empleado de una fábrica de cocinas industriales.
La investigación que ubicó a Funes como líder de una asociación ilícita plantea una problemática clave: desde la cárcel de Ezeiza diagramaba la venta de drogas, la compra de municiones y los ataques a balazos contra viviendas o personas. Así, el propio Alan está imputado también como instigador del homicidio de Mariel Lezcano que, según la investigación del fiscal Gastón Avila, ejecutaron Lolo G. y Fabián “Fabito” D.
Sobre la asociación ilícita recaen también seis balaceras, tentativas de extorsión y otros hechos. En las conversaciones que la fiscal Haurigot utilizó como evidencias para la imputación aparece en detalle cómo, a través de su hermana menor de edad, Alan Funes disponía de “tiratiros” a los que apenas conocía.
En una semana
“En una semana mi hijo se metió en todos estos problemas. El trabajaba todos los días con el padre. Ahora voy a la cárcel a verlo y le pregunto por qué, si le dimos todo, por qué tengo que ir a verlo allá”. Así se expresa Valeria, la madre de Lolo, quien coincide con lo que queda a la vista en la investigación de Haurigot: al menos en el caso de este chico, su vínculo con el grupo se dio en cuestión de días. Desde que apareció en las conversaciones entre Alan y su hermana hasta que lo detuvieron por el crimen de Lezcano.
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“Ese anda con vos. Ya me dijeron. Que active si quiere ser mi cuñado. Que se empiece a mover, a hacer cosas”, le escribió Alan a su hermana el 7 de octubre de 2021 por WhatsApp. Minutos después Lolo le dijo a Alan que podía andar en moto y quedaron en que en otro momento iban a “hacer alguna”.
homicidio
Mariel Lezcano fue asesinada en octubre de 2021 en un pasillo de Ayacucho al 4300.
Foto: Leonardo Vincenti / La Capital
El 13 de octubre fue asesinada Lezcano y una semana después cayó Lolo tras quedar apuntado como autor del homicidio de la chica, que cumplía prisión domiciliaria en una causa por venta de drogas.
Valeria reconoció un punto de inicio de uno de los últimos conflictos de su hijo: cuando en julio de 2021 recibió dos balazos de otro pibe del barrio. Al parecer la motivación de participar del grupo se dio por ese problema y no por una necesidad económica. “El no quiere ir por plata. Quiere ir si es alguna bronca”, fue uno de los mensajes que recibió Alan Funes de parte de su hermana.
“Los pibes se quieren hacer ver. Se quieren hacer los Pablo Escobar, quién es el que hace más cosas para tener más fama”, opinó la madre de Lolo. Contó que su hijo hizo parte de la primaria en la Escuela Normal 3 de Entre Ríos al 2300 y parte de la secundaria en el Nacional 1 de 9 de Julio y Necochea. “Un día dijo que no quería ir más, que no entendía nada. Yo me enojé porque quería que termine, pero mi marido le dijo que si no quería ir a la escuela iba a laburar con él, pero que en la calle no iba a andar porque la calle trae problemas”, contó la mujer.
“Estamos en un barrio bastante jodido. Él se crio acá y me arrepiento de eso. Se crio viendo cosas, que se tiroteaban acá, allá, en todos lados. Él salía a mirar y veía todo eso”, recordó la madre de Lolo. En ese sentido vale ubicar en tiempo y lugar esa secuencia: este chico, por ejemplo, tenía 10 años cuando en 2013 se registró la cifra de homicidios más alta en Rosario, con Tablada como uno de sus puntos más violentos. Hoy en el barrio se mantienen disputas con nuevos protagonistas y Lolo está preso en Piñero acusado de un homicidio y de participar en una asociación ilícita. “Si él lo hizo que pague su castigo, pero yo rezo todos los días para que ahí adentro no le pase nada”, dijo Valeria.
Oportunidades
“Este no es como Joel. Va al toque. Quiere seguir. Dice que se queda con nosotros. Apenas escuchó Funes dijo «yo voy». Dice que hace mucho estaba esperando esta oportunidad”. Así hablaban los hermanos Funes en octubre pasado, cuando buscaban pibes para el grupo.
“Estos jóvenes lo que necesitan es una identidad y la buscan de la manera en la que ven que la consiguen los demás: en este caso a través de erigirse en un tiratiros, de mostrarse en las redes sociales con armas de fuego y ganar ascendencia frente a los demás con lo único que tienen, que es eso”, analizó el juez Foppiani en diálogo con La Capital.
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El magistrado se refirió puntualmente a lo expuesto en este legajo en el cual constan fotos que los pibes y pibas se sacan mostrando sus armas y capturas de pantallas en las que exponen sus broncas en las redes sociales.
“Hay una exacerbación y banalización de la violencia. Cualquier tipo de conflicto se dirime a los tiros. Yo creo que, a diferencia de otros casos como los delitos contra la propiedad en los que el fin es patrimonial, acá más que dinero buscan identidad”, remarcó Foppiani, para agregar: “El Estado y la sociedad están perdiendo la batalla cultural contra la violencia. Las redes sociales magnifican un fenómeno que antes no existía. La combinación entre redes sociales y acceso fácil a armas de fuego es letal”.
Uno de los supuestos integrantes de la asociación ilícita comandada por Alan Funes que identificó la fiscal Haurigot es un menor de edad apodado “Candonga”. No es un sobrenombre casual, sino la referencia a uno de los personajes más populares de la serie “Pablo Escobar: el patrón del mal”. Tampoco es la primera vez que esto ocurre. En otra ocasión el fiscal Matías Edery remarcó que en sus investigaciones hay varios jóvenes que se hacen llamar “Berraco”, otro apodo que surge de esas producciones audiovisuales de temática narco. Así como suelen abundar las referencias al personaje Tony Montana, que personifica Al Pacino en la película Scarface.
Parecen detalles, pero en un contexto de “exacerbación y banalización de la violencia” son aspectos que atraviesan las subjetividades de los protagonistas de la violencia callejera. El consumo de este tipo de producciones es transversal a las clases sociales, pero como explicó un trabajador del Centro Especializado de Responsabilidad Juvenil (CERPJ, ex Irar) “la clase media tiene otra forma de asimilarlo, pero los pibes ven eso y después quieren hacerlo”.
Coworking del delito
La investigación de Haurigot deja a la vista que los integrantes del grupo de Funes eran conscientes de que el punto de venta de drogas de Chacabuco al 4100 podía ser allanado. Por ese motivo dejaban las drogas y las armas en otras casas del pasillo, lo que valió la imputación de las mujeres que viven ahí. Sin embargo, no reparaban en la manera en la que se exponían al sacarse fotos con armas de fuego o al filmarse baleando viviendas: generaban así parte de las evidencias por las que hoy están presos.
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Para Foppiani existe la posibilidad de que los jóvenes “no consideren un disvalor” el hecho de terminar presos. “Quizás en su lógica pasar por la experiencia de estar presos es un elemento más de validación”, analizó.
“La cárcel se convirtió en un coworking del delito”, sostuvo Foppiani. En ese sentido esta causa aparece como un ejemplo más de ese aspecto. Alan Funes llegó a la cárcel de Ezeiza al ser trasladado desde Piñero luego de la fuga de ocho reclusos en junio de 2021. Lo consideraron “preso de alto perfil” y lo llevaron a ese penal federal junto a otros tipos de renombre como Esteban Alvarado, Brandon Bay y René Ungaro. Sin embargo desde allá continuó, mediante el uso de un celular, organizando a su grupo bajando órdenes a su hermana menor de edad.
El propio Foppiani dijo en la audiencia imputativa de la semana pasada que “parece una paradoja” que se encarcele a personas en un lugar en el que se cometen delitos y que un juez tenga que ordenar al Servicio Penitenciario que garantice que no ocurra algo que está prohibido, como es el uso de celulares. “Hay algo que está fallando”, sostuvo.
Mientras tanto, las investigaciones fiscales bajo el amparo de la figura de la asociación ilícita continúan exponiendo el funcionamiento de una parte de los grupos violentos de Rosario. Son las mismas investigaciones las que a su vez demuestran que hay una mano de obra al alcance de quien puede disponer de armas de fuego, dinero y poder para poner en marcha un grupo que accione en el territorio donde se disputa, por ejemplo, la venta de drogas. Y de la misma manera, por esas características, se evidencia la capacidad de reproducción de esos entramados aun cuando se logra desarticular una banda. Una persona vinculada a esta investigación aseguró que a Alan Funes no le quedó gente en la calle, pero que tal vez “Ungaro, Guille o Alvarado les irán a salvar el búnker. En unos meses lo vamos a saber”, remarcó.